Military history

SEGUNDA PARTE

Okinawa: el triunfo final

PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE

Peleliu pasó factura. Como segundo oficial en la cadena de mando y después jefe de la Compañía K del 3.er Batallón del 5. de marines, en los ojos de cada superviviente pude ver el precio que la unidad había pagado por treinta días de implacable combate cuerpo a cuerpo en aquel trozo de coral.

Para aquellos hombres agotados que regresaron a Pavuvu en noviembre de 1944, la guerra aún no había terminado ni mucho menos. Pavuvu nos pareció un lugar mejor la segunda vez que estuvimos allí. Pero no fueron días de descanso. A los supervivientes de Peleliu no se les permitió tal lujo. Hubo poco tiempo para lamerse las heridas. Tuvimos que integrar a muchos hombres nuevos para reemplazar a aquellos que habíamos perdido en Peleliu y debido a la vuelta a casa de los veteranos de Guadalcanal, que para entonces ya habían librado tres campañas.

Peleliu fue algo especial para los marines del K/3/5; para toda la 1.ª División de marines. Ha seguido siéndolo a lo largo de los años. Sin embargo, Okinawa tuvo su propio carácter, más imponente en muchos sentidos que su predecesora. Allí, la 1.ª División de marines luchó una guerra diferente con nuevas normas, pues se aplicó una táctica desconocida hasta entonces para los marines que combatían en las islas.

Okinawa es una isla más grande, unos noventa y seis kilómetros de largo y de tres a treinta kilómetros de ancho. Inició por primera vez a los marines en la guerra «terrestre». Ya en 1945 contaba con una ciudad, pueblos y aldeas, varios aeródromos grandes, una intrincada red de carreteras y una abundante población civil. Lo que es más importante, los japoneses la defendieron con más de 100 000 de sus mejores tropas. Okinawa era territorio nipón. Sabían que se trataba de nuestro último peldaño hacia las islas principales de Japón.

Los marines habíamos aprendido mucho de camino a Okinawa. Habíamos mejorado la estructura, tácticas y técnicas para el combate de nuestra fuerza. Los japoneses también. En Okinawa nos enfrentamos a un grupo de defensas y tácticas defensivas que los nipones habían perfeccionado mediante la aplicación de las lecciones que les habían enseñado todas sus pérdidas anteriores. Además lucharon con la intensidad que les daba la certeza de que si fracasaban no quedaba nada que pudiera impedir nuestro asalto a su patria.

Independientemente de los nuevos elementos, la batalla por Okinawa se libró y, a la larga, se decidió del mismo modo que todas las batallas se han librado y ganado o perdido. Los hombres de ambos bandos, enfrentándose unos a otros día tras día, a través de las miras de un fusil, determinaron el resultado. El soldado de primera Eugene B. Sledge fue uno de esos hombres. En este libro nos ofrece una experiencia única para ver y sentir la guerra a su nivel más importante, el de los soldados rasos de combate. Sus palabras son convincentes, están libres de análisis de acontecimientos del pasado. Simplemente reflejan lo que le ocurrió a él y, por lo tanto, a todos los marines que combatieron allí. Lo sé, porque yo luché con ellos.

Para los hombres de la «vieja guardia» que lucharon, murieron y al final ganaron en Peleliu y Okinawa, Mazo es su portavoz más elocuente. Me enorgullezco de haber servido con ellos… y con él.

Capitán Thomas J. Stanley Reserva del cuerpo de marines de EE. UU., Houston, Tejas.

CAPÍTULO SIETE

Reposo y recuperación

A la mañana siguiente, a primera hora, el Sea Runner, en convoy con otros buques que llevaban a los supervivientes del 7. de marines, zarpó hacia Pavuvu. Me alegré de encontrarme de nuevo a bordo, aunque fuera en un barco de transporte de tropas. Me bebí litros de agua helada de los scuttlebutts[39] refrigerados con electricidad.

La mayoría de mis viejos amigos de las compañías de fusileros habían resultado heridos o muertos. Era muy deprimente. Sentí el aplastante peso de la realidad de nuestras pérdidas mientras hacíamos averiguaciones. Los supervivientes de a bordo nos ofrecieron todos los detalles en lo referente a los amigos que no habían sobrevivido. Les dimos las gracias y seguimos adelante. Tras unas cuantas visitas y malas noticias acerca de amigos perdidos, comencé a sentir que yo no sólo había tenido suerte sino que había sobrevivido a una grave tragedia.

Un día después del almuerzo, un amigo y yo estábamos sentados en nuestras camas hablando de todo un poco. La conversación empezó a irse por las ramas y nos quedamos callados. De repente me miró con una expresión vehemente y afligida pintada en el rostro y dijo:

Mazo, ¿por qué diablos teníamos que tomar Peleliu?

Debí de haberle dirigido una mirada de desconcierto porque empezó a argumentar que nuestras pérdidas en Peleliu habían sido inútiles, que no habían ayudado al esfuerzo bélico en absoluto y que se podía haber sorteado la isla.

—Maldita sea, el ejército desembarcó tropas en Morotai [Indias Orientales holandesas] con escasa oposición el mismo día que nosotros desembarcamos en Peleliu, y nosotros las pasamos canutas y el maldito lugar aún no está asegurado. Y mientras nosotros todavía seguíamos en Peleliu, MacArthur atacó Leyte [en Filipinas, el 20 de octubre] y llegó a la orilla sin mojarse. No veo de qué sirvió lo que hicimos —continuó.

—No lo sé —respondí con pesimismo.

Él simplemente se quedó mirando el mamparo y negó con la cabeza. Se trataba del mismo amigo que me acompañaba cuando vimos a los tres marines muertos terriblemente mutilados. Podía imaginarme en qué estaba pensando.

A pesar de estos lapsos momentáneos, los veteranos de Peleliu sabían que habían logrado algo especial. El que estos marines hubieran conseguido sobrevivir al intenso esfuerzo físico de semanas de combate en Peleliu bajo aquel calor increíblemente bochornoso demuestra de sobra su resistencia física.

El que hubiéramos sobrevivido emocionalmente —al menos de momento— me demostró, y me demuestra, que nuestro adiestramiento y disciplina fueron los mejores. Nos prepararon para lo peor, que es lo que experimentamos en Peleliu.

El 7 de noviembre de 1944 (tres días después de mi vigesimoprimer cumpleaños), el Sea Runner entró en la bahía de Macquitti. Después de dejar atrás los conocidos islotes, echó el ancla lejos del muelle de acero de Pavuvu. Me sorprendió el buen aspecto que tenía Pavuvu tras la desolación de Peleliu.

Recogimos nuestro equipo y desembarcamos enseguida. Una vez en la playa nos dirigimos a una de las varias mesas que habían montado. Allí vi —a quién se le ocurre— a una chica estadounidense de la Cruz Roja. Servía zumo de pomelo en pequeñas tazas de papel. Algunos de mis amigos miraron a la mujer de la Cruz Roja con resentimiento, se sentaron en sus cascos y aguardaron órdenes. Yo, sin embargo, junto con otros cuantos hombres, me acerqué a la mesa donde la señorita me pasó una taza de zumo, sonrió y dijo que esperaba que me gustara. Le dirigí una mirada de confusión mientras cogía la taza y le daba las gracias. La impresión y la violencia de Peleliu me habían embotado tanto la mente que la presencia de una chica americana en Pavuvu parecía completamente fuera de contexto. Estaba perplejo.

«¿Qué diablos está haciendo aquí? —pensé—. No le corresponde estar aquí más que a un maldito político».

Mientras pasábamos en fila para subir a los camiones, sentí un profundo rencor hacia ella.

Junto a la mesa, numerando a los hombres para subir a los camiones, se encontraba un flamante alférez. Era tan evidente que estaba recién llegado de Estados Unidos y la escuela de candidatos a oficiales que su caqui lucía nuevo y ni siquiera estaba moreno. Mientras pasaba despacio junto a la mesa, me dijo:

—Vamos, nene, muévase.

Desde que me había alistado en el cuerpo de marines me habían llamado casi todo lo imaginable, publicable y no publicable. Pero recién salido de Peleliu no estaba preparado para «nene». Me giré hacia el oficial y me lo quedé mirando sin expresión en el rostro. Él me devolvió la mirada y pareció darse cuenta de su error. Apartó la vista rápidamente. Los ojos de mis amigos aún presentaban esa mirada ausente y vacía característica de los hombres que acaban de escapar de la impresión de la batalla. Quizá fuera eso lo que el joven alférez vio en la mía, y lo hizo sentir incómodo.

Los camiones pasaron a toda velocidad junto a cuidadas zonas de tiendas de campaña, que habían mejorado mucho desde la última vez que habíamos visto Pavuvu. Llegamos a nuestra conocida zona de campamento y nos encontramos numerosos reemplazos sentados y de pie dentro y alrededor de las tiendas. Ahora nosotros éramos los «viejos». Parecían tan tranquilos y ajenos a lo que teníamos por delante que me dieron lástima. Nos quitamos las mochilas y nos instalamos en nuestras tiendas. Tratamos de distendernos y relajarnos lo mejor que pudimos.

Poco después de que regresáramos a Pavuvu y en una ocasión en la que todos los reemplazos se encontraban fuera de la zona de la compañía en destacamentos de trabajo, el sargento primero David P. Bailey gritó:

—Compañía K, formen.

Mientras los supervivientes de Peleliu salían poco a poco de sus tiendas a la calle de la compañía, pensé en los pocos que quedábamos de los 235 hombres con los que empezamos.

Vestido con un caqui limpio y con la calva reluciendo, Bailey se acercó a nosotros y ordenó:

—Descansen.

Era un auténtico e incisivo marine de la vieja escuela que imponía una estricta disciplina, pero también un hombre afable al que respetábamos mucho. Bailey tenía algo que decir y no se trataba sólo de levantarnos el ánimo. Por desgracia no recuerdo sus palabras exactas, así que no intentaré citarlo, pero nos dijo que deberíamos estar orgullosos. Aseguró que habíamos luchado bien en la batalla más dura en la que había participado el cuerpo de marines y que habíamos mantenido el honor del cuerpo. Terminó proclamando:

—Han demostrado que son buenos marines.

Luego nos dijo que podíamos retirarnos.

Regresamos en silencio y pensativos a nuestras tiendas. No oí comentarios cínicos acerca de las breves alabanzas de Bailey. Era raro que surgieran palabras de felicitación del corazón de un veterano tan severo, que esperaba que todo el mundo pusiera todo su empeño y que no toleraba nada menos. La naturaleza directa y sincera de sus elogios y su declaración de respeto y admiración por lo que había llevado a cabo nuestra unidad me hizo sentir como si hubiera ganado una medalla. Sus palabras no fueron la arenga a viva voz de un político ni el discurso salpicado de clichés de algún oficial de retaguardia o de un periodista. Fue la sosegada declaración de alabanza de alguien que había aguantado los padecimientos de Peleliu con nosotros. En cuanto a ser un juez competente de nuestra labor, no había nadie más capacitado que un viejo marine de combate y un suboficial superior como Bailey, que nos había observado y había soportado la lucha en persona. Sus palabras fueron muy importantes para mí, y al parecer también para mis camaradas.

Una de las primeras actividades que emprendimos después de instalarnos en las tiendas de Pavuvu fue renovar nuestra vieja contienda con las ratas y los cangrejos de tierra. Los petates, catres y otro equipo se habían amontonado alrededor del palo central de la tienda mientras estuvimos fuera. Los cangrejos de tierra se habían mudado y se habían puesto cómodos. Cuando varios de mis compañeros de tienda y yo comenzamos a quitar de la pila los artículos que rodeaban el palo de la tienda, salió un enjambre de cangrejos. Los hombres empezaron a gritar, a la vez que maldecían a los cangrejos y los aplastaban con bayonetas y herramientas para hacer trincheras. Alguien roció un cangrejo con líquido para encendedores mientras salía corriendo a la calle de la compañía y luego le lanzó una cerilla. El llameante cangrejo avanzó medio metro antes de que las llamas lo mataran.

—Eh, chicos, ¿habéis visto eso? Ese cangrejo era igualito que un tanque japo ardiendo.

—Genial —chilló otro mientras los marines corrían de un lado a otro tratando de encontrar más latas de ese líquido con el que rociar a los odiados cangrejos de tierra.

Los hombres comenzaron a encargar latas de líquido para encendedores y fueron corriendo a la tienda del PX del 5. de marines para comprarse todo el que pudieran encontrar. Matamos más de un centenar de cangrejos sólo en mi tienda.

Una tarde, después de comer, mientras estaba tumbado despatarrado en mi catre deseando encontrarme en casa, me fijé que uno de los dos oficiales de la Compañía K que habían sobrevivido venía por la calle de la compañía en medio del ocaso cargando unos libros y documentos. Pasó por delante de mi tienda y se dirigió al bidón de aceite de cincuenta y cinco galones que servía de cubo de basura. El teniente tiró unos mapas y papeles dentro del bidón. Sostuvo un grueso libro y con manifiesta furia lo lanzó dentro del cubo de basura. A continuación se dio media vuelta y se alejó despacio por la calle.

Curioso, salí a echar un vistazo. Los mapas eran mapas de combate de Peleliu. Los dejé caer de nuevo en la basura (y desde entonces me he arrepentido de no haberlos salvado para futuras consultas). Entonces encontré el libro. Se trataba de un tomo grande de tapa dura de unas mil páginas y encuadernado en azul oscuro. Estaba claro que no era un manual de campaña ni un libro de reglamento.

Como siempre estaba buscando buen material de lectura, miré el lomo del libro y leí el título: Hombres en guerra de Ernest Hemingway. Pensé que era una historia interesante y me desconcertó el por qué el teniente los había arrojado con tanta violencia a la basura. Abrí la tapa. A la luz del anochecer vi escrito con una mano enérgica y fuerte: A. A. Haldane. Se me formó un nudo en la garganta mientras me preguntaba a mí mismo por qué querría leer sobre la guerra cuando Peleliu nos había costado nuestro jefe de compañía y tantos buenos amigos. Yo también tiré el libro en el cubo de basura en un gesto de dolor e indignación por las tristes pérdidas que supone toda guerra, pérdidas que había conocido de primera mano.

Después de que lleváramos en Pavuvu cerca de una semana, disfruté de una de las experiencias más gratificantes de todo mi período de servicio en el cuerpo de marines. Ya había sonado el toque de silencio, todas las lámparas estaban apagadas y todos mis compañeros de tienda se encontraban en sus camas con las mosquiteras colocadas. Todos estábamos muy cansados, seguíamos intentando relajarnos de la tensión y la terrible experiencia que supuso Peleliu.

Todo permanecía en silencio salvo por alguien que había empezado a roncar bajo cuando uno de los hombres, un veterano de Gloucester al que habían herido en Peleliu, dijo en voz firme y mesurada:

—¿Sabes una cosa, Mazo?

—¿Qué? —contesté.

—Tenía mis dudas sobre ti —continuó— y sobre cómo te comportarías cuando entráramos en combate y las cosas se pusieran feas. Quiero decir que como tu viejo era médico y tú habías ido a la universidad y eras una especie de niño bien comparado con algunos… Pero no te quité el ojo de encima en Peleliu y te aseguro que te portaste bien, te portaste bien.

—Gracias, amigo —respondí, casi reventando de orgullo.

Se condecoró a muchos hombres con medallas que se ganaron con toda justicia por sus valerosas acciones en combate, medallas para llevar en las guerreras para que todo el mundo las viera. A mí nunca me otorgaron una condecoración, pero las sencillas y sinceras frases de aprobación de mi camarada veterano esa noche fueron como una medalla para mí. Las he llevado en el corazón con gran orgullo y satisfacción desde entonces.

En los días previos a Navidad, corrió el rumor de que íbamos a tener un banquete con pavo de verdad. Había varios días al año en los que el cuerpo de marines intentaba proporcionarnos buena comida: el 10 de noviembre (el aniversario del cuerpo de marines), Acción de Gracias, Navidad y Año Nuevo. El resto del tiempo en la guerra del Pacífico, la comida era enlatada o deshidratada. No se disponía de medios para refrigerar grandes cantidades de comida, al menos para una unidad con tanta movilidad y tan carente de todo lujo como una división de combate en la fuerza de marines de la flota. No obstante, según los rumores había pavos congelados para nosotros en los grandes frigoríficos de Banika.

Celebramos unos oficios religiosos especiales de Nochebuena en la capilla con techo de palma del regimiento, que habían construido hábilmente los nativos de las islas Russell. Después hubo un programa especial en el teatro del regimiento, donde nos sentamos en troncos de cocoteros y cantamos villancicos. Me lo pasé muy bien pero sentí mucha nostalgia. A continuación tomamos nuestro pavo asado, y estaba excelente.

La fiesta de Año Nuevo fue aún más memorable para mí. El día de Fin de Año después de comer, oí unos gritos y otro alboroto en el comedor del batallón. Los encargados del comedor acababan de terminar de ordenar la cocina para la noche cuando un centinela gritó:

—¡Cabo de guardia, fuego en el puesto número tres!

Vi cómo los cocineros y encargados de comedor que estaban limpiando a la luz de las lámparas salían corriendo en dirección a un incendio que ardía en una arboleda cerca de la cocina. Pensé que se había incendiado uno de los calentadores a gasolina que hervían agua en cubas donde limpiábamos nuestros utensilios de comida. A la luz de las llamas pude ver hombres corriendo alrededor de la cocina entre gritos y oír al sargento del comedor maldiciendo y gritando órdenes. También vi cómo dos figuras se deslizaban entre las sombras hacia la calle de nuestra compañía, pero no les presté mucha atención. Apagaron el incendio en unos minutos; alguien comentó que sólo se había tratado de una lata de gasolina situada a cierta distancia del comedor que se había prendido fuego.

Un amigo mío apareció en mi tienda y nos llamó en voz baja:

—Eh, chicos, Howard dice que bajemos a su tienda. ¡Hay pavo para todos!

Lo seguimos a paso ligero. Cuando entré en la tienda, allí estaba Howard Nease sentado en su catre, con una linterna titilando a su lado y una toalla en el regazo bajo un enorme y gordo pavo asado.

—Feliz Año Nuevo, chicos —anunció Howard con su acostumbrada sonrisa de oreja a oreja.

Desfilamos ante él mientras cortaba con destreza enormes trozos de pavo con su afilado Ka-Bar y las colocaba en nuestras manos abiertas. Llegaron otros y abrimos las dos latas de cerveza que nos habían suministrado a cada uno. Alguien sacó una lata de matarratas que había estado «elaborando». Una guitarra, un violín y una mandolina empezaron a tocar el Spanish fandango mientras Howard cortaba tajadas de pavo hasta que los huesos quedaron limpios. Luego dirigió la música, utilizando su cuchillo de batuta. Howard nos contó que la lata de gasolina ardiendo no había sido más que una diversión para distraer al sargento del comedor mientras él y otro par de temerarios entraban en la cocina y requisaban dos pavos a la luz de la luna.

Los supervivientes de aquel reciente baño de sangre en Peleliu olvidamos nuestras preocupaciones y estallamos de risa al oír la historia. Mientras disfrutábamos de la camaradería forjada por el combate, tuvimos la mejor fiesta de Fin de Año a la que he asistido. El 11. de marines disparó una salva de artillería a medianoche.

Era algo típico de Howard llevar a cabo su requisa de pavo tan hábilmente e igual de típico compartirlo con tantos compañeros como pudiera. Era una de esas almas maravillosamente optimistas, siempre simpático y bromista, sereno en el combate y, aunque muy admirado, muy modesto. Cuando una ametralladora nipona mató a Howard en los primeros días de la batalla de Okinawa (su tercera campaña), todos los que lo conocían se sintieron profundamente apenados. Con su ejemplo, me enseñó más que ninguna otra persona el valor de la alegría ante la adversidad.

Uno de mis recuerdos más preciados es la imagen de Howard Nease sentado en su cama, trinchando un pavo enorme que tenía en el regazo con su Ka-Bar a la luz de una antorcha en su tienda bajo las palmeras de Pavuvu la Nochevieja de 1944, sonriendo y diciéndome:

—Feliz Año Nuevo, Mazo.

Aprendí mucho de él.

Nuestro nuevo jefe de división, el general de división Pedro del Valle, antiguo jefe del 11. de marines, ordenó frecuentes instrucciones en formación cerrada, desfiles y revistas. Era mejor que los destacamentos de trabajo para recoger cocos podridos, y añadía una «pulcritud» a nuestra rutina que ayudaba a mantener la moral. Una ración habitual de cerveza de dos latas por hombre a la semana también ayudaba. Durante la instrucción en formación cerrada nos vestíamos con caquis limpios que cada uno planchaba bajo el colchón de su cama de lona. Mientras marchábamos de acá para allá en la cuidada plaza de armas cubierta de polvo de coral, yo pensaba en casa y en algún libro que estaba leyendo y no me aburría en absoluto.

Un día tuvimos una parada del 5. Regimiento. Se les otorgaron condecoraciones y medallas a aquellos que habían recibido una mención por su destacada actuación en Peleliu. Para entonces muchos de nuestros heridos habían regresado de los hospitales. Cuando se les concedió el Corazón Púrpura a los que habían resultado heridos, no hubo muchos de nosotros a los que no les correspondiera.

Durante aquellos desfiles nos enorgullecía mucho ver que la bandera de nuestro regimiento nos acompañaba. Como todas las banderas de regimiento, tenía un gran emblema del cuerpo de marines con las palabras «Cuerpo de marines de Estados Unidos» estampadas en la parte superior. Debajo del emblema se leía «Quinto Regimiento de marines».

Sin embargo, lo que hacía única a nuestra bandera era el número de banderines de batalla atados a la parte superior del asta. Estos banderines (cintas de aproximadamente treinta centímetros de largo con los nombres de las batallas estampados encima) representaban las batallas en las que había luchado el 5. de marines y las condecoraciones que había ganado el regimiento, que se remontaban hasta el bosque de Belleau (primera guerra mundial) y la guerra del banano (en América del Sur). Acabábamos de añadir Peleliu a la colección de la segunda guerra mundial. Aquellos banderines representaban más batallas de las que había librado ningún otro regimiento de marines. Un amigo comentó que nuestra bandera tenía tantos banderines de batalla, condecoraciones y cintas que parecía una fregona; ¡un resumen sencillo pero sin rodeos de una orgullosa tradición!

Cuando ya hacía varias semanas que habíamos regresado a Pavuvu, un día me dijeron que me pusiera un caqui limpio y que me presentara en la tienda del cuartel general de la compañía puntualmente a la una. Hubo una vaga alusión a una entrevista que podría conducir a la escuela de candidatos a oficiales, en Estados Unidos.

—Eh, Mazo, tendrás la vida resuelta, siendo un oficial y todo eso, andando en tejemanejes en Estados Unidos —dijo un amigo mientras me preparaba para la entrevista.

—Si tienes suerte tal vez pesques un trabajo de oficina —apuntó otro.

Resultaba evidente que algunos de mis compañeros me envidiaban cuando me marché y comencé a caminar por la calle con nerviosismo. En lo que yo pensaba era en que no quería ni iba a dejar a la Compañía K (a menos que me hirieran o me devolvieran a casa definitivamente) y en por qué diablos me habían elegido a mí para esa entrevista.

Cuando llegué al cuartel general de la compañía me enviaron a una tienda que se encontraba a poca distancia, cerca del cuartel general del batallón. Me presenté en la tienda y un teniente me recibió con cordialidad. Se trataba de un hombre sumamente apuesto y, por su compostura y modesta confianza en sí mismo, deduje que un veterano de combate.

Me preguntó en profundidad por mi formación y educación. Se mostró sincero y simpático. Me dio la impresión de que estaba intentando decidir con cuidado si los hombres a los que entrevistaba eran adecuados para convertirse en oficiales de la infantería de marina. Congeniamos y fui totalmente sincero con él. Me preguntó por qué no había superado el programa de candidatos a oficiales V-12 y le conté lo que opinaba de alistarme en el cuerpo de marines y que me enviaran a un colegio.

—¿Qué opina ahora que ha estado en combate? —me interrogó.

Le contesté que me alegraría volver al colegio. Le dije que ya había visto suficiente en Peleliu para satisfacer mi curiosidad y mi pasión por la lucha.

—De hecho, estoy listo para volver a casa —afirmé.

El teniente se rio de manera afable y cómplice. Me preguntó qué opinaba del cuerpo de marines y de mi unidad. Le respondí que me sentía orgulloso de pertenecer a ellos. Inquirió qué me parecía ser miembro de la dotación de un mortero de 60 mm y le expliqué que era lo primero que había elegido. Entonces se puso muy serio y me preguntó:

—¿Qué le parecería enviar hombres a una situación en la que supiera que los matarían?

—No podría hacerlo, señor —contesté sin vacilar.

El teniente me miró larga y detenidamente de un modo amable y analítico. Me planteó unas cuantas preguntas más y luego inquirió:

—¿Le gustaría ser oficial?

—Sí, señor, si significara regresar a Estados Unidos —aseguré.

Soltó una carcajada y con unos pocos comentarios amistosos más me dijo que eso era todo.

Mis amigos me pidieron todos los detalles de la entrevista. Cuando se lo conté todo, uno exclamó:

Mazo, tienes que estar tan asiático como Haney. ¿Por qué demonios no te camelaste a ese teniente?

Contesté que el teniente tenía experiencia y que era demasiado sensato para tragase un cuento chino. Eso era cierto, desde luego, pero la verdad era que no quería irme de la Compañía K. Era mi casa y estaba convencido de que mi sitio estaba en la compañía, por muy deprimentes o peligrosas que pudieran ser las condiciones. Además me gustaba ser servidor de un mortero. Me interesaban mucho el arma y su utilización, y si tenía que volver a luchar, tenía plena confianza de ocasionarles mucho más daño a los japoneses como servidor de mortero que alférez. No deseaba ser oficial ni darle órdenes a nadie; sólo quería ser el mejor servidor de mortero que pudiera… y sobrevivir a la guerra.

No había nada de heroico ni excepcional en mi actitud. Otros hombres opinaban lo mismo. En realidad, en combate, nuestros oficiales lo pasaban tan mal como los soldados rasos. Pero además tenían que soportar la carga de la responsabilidad. Como dijo un amigo (un soldado raso):

—Cuando las cosas se ponen feas, lo único que tengo que hacer es lo que mandan, y puedo preocuparme sólo por mí mismo y por mi compañero. Los oficiales tienen que estar todo el tiempo comprobando mapas y organizando gente.

Comenzamos a asimilar a los nuevos reemplazos en la compañía y añadimos un tercer mortero a mi sección. La sección de artillería del batallón comprobó todas las armas y nos suministraron nuevas unidades por aquellas que se habían desgastado en la lucha por Peleliu.

Había varios marines llamados a filas entre los nuevos reemplazos y también algunos suboficiales que habían estado en arsenales y otros puestos en Estados Unidos. La presencia de los suboficiales ocasionó cierto resentimiento entre unos cuantos veteranos de Gloucester y Peleliu, que para entonces eran los superiores en sus pelotones, debido a las cuantiosas bajas sufridas en Peleliu. Estos últimos no recibirían un ascenso habida cuenta de la entrada de nuevos suboficiales en la compañía. No obstante, por lo que vi, los nuevos suboficiales eran en su mayor parte hombres con muchos años de servicio, aunque no veteranos de combate. Se las arreglaron bien para asumir su autoridad a la vez que nos respetaban a los veteranos de combate por nuestra experiencia.

Los marines llamados a filas tuvieron que aguantar bastantes bromas por lo de ser «voluntarios esposados» por parte de aquellos de nosotros que nos habíamos alistado en el cuerpo de marines. Algunos de los reclutados insistían con vehemencia en que eran voluntarios que se habían alistado como la mayoría de nosotros. Sin embargo, procuraban ocultar su historial e identificación, porque las siglas «SO» (de servicio obligatorio) aparecían después del número de serie si un hombre había sido llamado a filas.

Aunque a veces los reclutados se reían a nuestra costa. Si refunfuñábamos y protestábamos, ellos sonreían y decían:

—¿De qué os quejáis? Os lo buscasteis, ¿no?

Simplemente les gruñíamos; nadie se enfadaba por ello. Los reemplazos eran buena gente en general, y la compañía mantuvo su espíritu de lucha.

Nuestro adiestramiento se intensificó y comenzaron a correr rumores respecto a la siguiente «carga» (un término muy extendido para referirse a una campaña). Oímos que iban a incluir a la 1.ª División de marines en un ejército para invadir la costa de China o Formosa (Taiwán). Muchos de mis compañeros se temían que perderíamos nuestra identidad como marines y que el ejército de Estados Unidos al final absorbería al cuerpo de marines (un destino que ha preocupado a los marines de Estados Unidos de muchas generaciones, como la historia documenta). Nuestro entrenamiento hizo hincapié en el combate callejero y la cooperación con carros de combate en campo abierto. Pero aún no conocíamos el nombre de nuestro objetivo. Después de que nos mostraran mapas (sin nombres) de una isla larga y estrecha, seguíamos sin saberlo.

Un día Tom F. Martin, un amigo mío de la Compañía L que también había estado en el programa V-12 y era un veterano de Peleliu, llegó entusiasmado a mi tienda y me mostró un mapa del Pacífico Norte del National Geographic. En él vimos la misma isla de forma extraña. Estaba localizada a 325 millas al sur de la punta meridional de la isla nipona de Kyushu y se llamaba Okinawa Shima. Su proximidad a Japón nos garantizaba una cosa fuera de toda duda: pasara lo que pasase, seguro que la batalla por Okinawa sería implacable y sangrienta. Los japoneses nunca habían vendido barata ninguna isla y el patrón de la guerra hasta entonces había demostrado que las batallas se volvían más feroces cuanto más nos acercábamos a Japón.

Realizamos desembarcos de prácticas, disparamos diferentes armas ligeras y nos sometieron a un intensivo entrenamiento con morteros. Con la incorporación de una tercera arma a nuestra sección de morteros, me sentía como si fuéramos la batería de artillería de la Compañía K.

En esa época la hepatitis hizo su aparición entre nuestras tropas. La llamábamos «ictericia amarilla» y yo sufrí un caso grave. Podíamos mirar a un hombre y saber si tenía la enfermedad por el tono amarillento del blanco de los ojos. Incluso nuestras pieles muy bronceadas adquirieron un aspecto cetrino. Me sentía muy mal, estaba cansado y el olor de la comida me producía náuseas. El bochornoso calor de Pavuvu tampoco ayudaba. Una mañana me puse a la cola para visitar la enfermería, como hacían otros marines en un número cada vez mayor. El médico militar me entregó un «certificado de obligaciones ligeras», un trozo de papel que me relevaba oficialmente del intenso esfuerzo del adiestramiento de rutina, pero que seguía haciéndome susceptible de participar en destacamentos de trabajo de poca importancia como recoger basura, enderezar las cuerdas de las tiendas de campaña y cosas por el estilo. Fue la única vez durante todo mi servicio en el cuerpo de marines en la que me libré de las obligaciones habituales debido a una enfermedad.

Si hubiéramos sido civiles, estoy absolutamente seguro de que nos habrían hospitalizado. En cambio, un sanitario nos entregó pastillas de APC[40]. Este medicamento era el remedio estándar para todo, salvo las heridas de bayoneta, bala o metralla. Después de varios días se dictaminó que me había repuesto lo suficiente para reanudar las obligaciones habituales y le entregué mi apreciado certificado de obligaciones ligeras a un oficial de la enfermería.

El adiestramiento se intensificó. En enero de 1945, la compañía subió a bordo de un LCI[41] y, en convoy con otras naves del mismo tipo, fuimos a Guadalcanal de maniobras. Tras un ejercicio de campaña con toda la división, regresamos a Pavuvu el 25 de enero.

Entonces empezamos a escuchar a diario, con comprensivo interés, las noticias acerca de los espantosos enfrentamientos con los que se estaban encontrando las 3.ª, 4.ª y 5.ª divisiones de marines durante la batalla por Iwo Jima, que comenzó el 19 de febrero.

—Parece una versión a mayor escala de Peleliu —comentó un día un amigo mío.

No se dio cuenta de la razón que tenía. El nuevo patrón de defensa en profundidad y sin cargas banzai que los japoneses habían practicado con la 1.ª División de marines en Peleliu se repitió en Iwo Jima. Cuando aquella isla se declaró «segura» el 16 de marzo, el precio para las tres divisiones de marines que combatieron allí fue como si multiplicaran por tres nuestras bajas de Peleliu.

Durante el adiestramiento nos informaron de que tendríamos que trepar por un malecón o acantilado (del que se desconocía la altura exacta) para dirigirnos tierra adentro durante la batalla que se avecinaba. Practicamos escalando varias veces un escarpado acantilado de coral (de unos doce metros de altura) situado al otro lado de la bahía frente al campamento de la división en Pavuvu. Sólo contábamos con dos cuerdas para que toda la compañía subiera y cruzara el acantilado. Se suponía que nos suministrarían escalas de cuerda antes del día D, pero yo no vi ninguna.

Mientras nos encontrábamos al pie del acantilado durante esos ejercicios, aguardando nuestro turno y observando cómo los otros hombres subían penosamente por las cuerdas hasta la cima del acantilado con todo su equipo de combate, oí algunas perlitas de boca de mis compañeros sobre los mismos. Los oficiales de la compañía (todos eran nuevos salvo el teniente Stanley, el oficial al mando) corrían de un lado para otro con gran entusiasmo instando a las tropas a que subieran por el acantilado como si se tratara de un rutina de entrenamiento de fútbol americano en el campus de alguna universidad.

—Menuda panda de alféreces novatos tan desastrosa. ¿Qué diablos piensan que van a hacer los malditos japos mientras nosotros trepamos por ese acantilado de uno en uno? —refunfuñó un veterano servidor de ametralladora.

—A mí me parece una estupidez. Si esa playa se parece en algo a Peleliu, nos liquidarán antes de que nadie suba por ningún acantilado —apunté.

—Y que lo digas, Mazo, y los japos no van a quedarse sentados tocándose las narices. Van a cubrir esa playa con morteros y artillería, y las ametralladoras van a barrer la cima de ese acantilado —añadió con triste resignación.

El nuevo jefe de nuestra sección de morteros era un tipo de Nueva Inglaterra de una universidad de prestigio. Mac tenía el pelo rubio, no era alto, pero sí fornido, estaba lleno de energía y era hablador, con un cerrado acento de Nueva Inglaterra. Se trataba de un oficial concienzudo, pero a los veteranos les irritaba que hablara frecuente y profusamente de lo que les iba a hacer a los japoneses cuando volviéramos a entrar en combate. A veces escuchábamos tales fanfarronadas de boca de los reemplazos de menor rango que intentaban impresionar a alguien (sobre todo a ellos mismos) con lo valientes que serían bajo el fuego enemigo, pero Mac fue prácticamente el único oficial al que oí esas bravuconadas.

Cada vez que empezaba con: «La primera que le den a uno de nuestros chicos, me va a cabrear tanto que voy a coger el Ka-Bar entre los dientes y la 45 en la mano, y voy a cargar contra todos los japos», todos los veteranos se recostaban y sonreían con sorna. Nos lanzábamos miradas de complicidad unos a otros y poníamos los ojos en blanco como indignados colegiales escuchando a un entrenador jactarse de que podía darle una paliza al equipo contrario él solo.

Yo sentía vergüenza ajena, porque era muy evidente que Mac consideraba el combate una mezcla de fútbol americano y una acampada de boy scouts. No quiso escuchar las palabras de prudencia de algunos de nosotros que le sugerimos que le esperaba una sorpresa. Estuve de acuerdo con un amigo de Tejas que dijo:

—Dios quiera que ese teniente yanqui y bocazas se tenga que tragar todas y cada una de sus palabras cuando las cosas se pongan feas.

El deseo del tejano se hizo realidad en Okinawa y fue una de las cosas más divertidas que he visto en la línea de fuego.

Antes de la siguiente campaña tuvimos que ponernos las inoculaciones habituales más algunas adicionales. Teníamos los brazos doloridos y a muchos hombres les dio fiebre. Los soldados odiaban ponerse inyecciones y el gran número que nos administraron (algunos dijeron que fueron siete) antes de Okinawa nos puso de mal humor. La de la peste ardía como el fuego y era la peor.

La mayoría de nuestros sanitarios se las arreglaron para hacer que las inyecciones dolieran lo menos posible, y esto ayudó. Pero teníamos un sanitario arrogante que no sentía compasión por el dolor de los demás. No gozaba de popularidad, por no decir otra cosa. (Me apresuro a añadir que fue el primer —y único— sanitario de la armada de Estados Unidos que conocí en el cuerpo de marines que no se comportó de un modo ejemplar. A todos los demás que vi los marines probablemente los respetaran más —como grupo y a título personal— que a ningún otro grupo de personas con el que tuviéramos relación).

Justo delante de mí en la fila para recibir las vacunas se encontraba un amigo veterano de Peleliu. Por delante de él había varios reemplazos nuevos. A medida que Doc Arrogante les iba clavando la aguja a más de los nuevos, sus modales empeoraban. Para cuando llegó a mi amigo estaba siendo directamente cruel. Doc Arrogante tenía prisa y no levantó la mirada para identificar a mi compañero cuando este se acercó a la mesa. A Doc casi le costó caro. Sostuvo la aguja como si fuera un dardo, la hundió en el brazo de mi amigo, apretó el émbolo y soltó:

—¡Fuera!

Mi amigo no se estremeció ante la dolorosa inyección. Se giró despacio, agitó el puño ante la cara del sanitario y dijo:

—Hijo de puta, si quieres hacer prácticas de bayoneta, nos encontraremos en el campo con las bayonetas caladas y sin vainas en las hojas, y entonces veremos qué puedes hacer.

Doc Arrogante parecía asombrado. Se quedó sin habla cuando comprendió que el brazo que había pinchado con tanta rudeza no estaba pegado a un manso reemplazo sino a un avezado veterano.

A continuación, mi amigo añadió:

—Si me vuelves a poner otra inyección como esta, te agarraré por el pescuezo y te haré papilla. Te daré tal paliza que ni siquiera podrás estar en la siguiente carga porque tendrán que concederte el Corazón Púrpura cuanto termine contigo, chulazo.

Doc Arrogante se transformó al instante en Doc Manso. Cuando me acerqué para recibir mi inyección, me la administró con una delicadeza que hasta habría hecho enorgullecerse a Florence Nightingale, la famosa enfermera ejemplar.

Comenzamos a recoger nuestro equipo. Poco después nos avisaron de que llevaríamos a cabo más maniobras en Guadalcanal y después zarparíamos hacia nuestro siguiente combate: Okinawa.

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