Military history

CAPÍTULO CATORCE

Más allá del Shuri

Nos abrimos paso dejando Shuri atrás por unas colinas cubiertas de barro situadas en la zona de acción del ejército y nos encontramos con un grupo de unos veinte prisioneros japoneses. Todos iban desnudos salvo por una especie de taparrabos. Permanecían con los pies descalzos en el barro junto a un sendero que serpenteaba por la ladera de una árida colina. Varios soldados de infantería del ejército, sucios y agotados por el combate, los custodiaban. Un intérprete (un teniente del ejército) les había ordenado a los prisioneros que salieran del sendero para que la columna de la Compañía K pudiera pasar.

Nos dirigíamos con paso cansino hacia el punto donde se oían disparos. Un fusilero entrecano que avanzaba por delante de mí y yo habíamos estado maldiciendo el barro y cruzando comentarios sobre lo que nos alegrábamos de dejar Shuri atrás. De pronto, un prisionero japonés se situó delante de mi amigo, bloqueándole el paso.

—Quítate de en medio, loco de mierda —gruñó el marine.

El soldado cruzó los brazos con calma, alzó el mentón e hizo gala de toda su arrogancia. Mi compañero y yo nos enardecimos. Él empujó hacia atrás al japonés y lo tumbó de espaldas en el barro. El enemigo se puso rápidamente en pie de un salto y adoptó su anterior postura.

—¿Qué está haciendo ese chalado? —grité mientras dejaba caer la bolsa de munición de mortero y alargaba la mano para coger mi pistola del 45.

Mi compañero se descolgó el fusil, lo agarró por la culata con la mano izquierda y por la empuñadura con la derecha. Plantó los pies embarrados en el sendero, flexionó las rodillas y gruñó:

—Quítate de mi camino, cabrón.

Otros marines que iban detrás de nosotros se habían detenido. Al ver lo que estaba ocurriendo, comenzaron a insultar al japonés.

—¿Por qué os paráis? Moveos —exclamó alguien por detrás.

El teniente del ejército (llevaba los galones de plata en el cuello), bien afeitado e impecable, salvo por las botas de combate embarradas, recorrió la columna para ver cuál era el problema. Al ver la postura de mi amigo y darse cuenta de que pronto podría tener un prisionero menos, dijo:

—No puede maltratar a estos hombres. Son prisioneros de guerra. Según la Convención de Ginebra, se debe tratar a los prisioneros de guerra de manera humanitaria.

Parecía desesperado. Toda la columna de marines harapientos y llenos de barro fulminaba con la mirada e insultaba a los prisioneros desplegados a nuestro lado en el sendero.

—A la mierda la Convención de Ginebra. Si ese hijo de puta de ojos rasgados no se quita de mi camino, le daré un culatazo en la bocaza y le sacaré todos y cada uno de esos malditos dientes de conejo.

Mi compañero movió su fusil para atrás y para delante despacio, y la expresión arrogante del soldado enemigo comenzó a desvanecerse. El teniente del ejército sabía que tenía un problema entre manos y se notaba que no sabía cómo solucionarlo. (Se solía decir que los marines rara vez hacían prisioneros). Un par de fusileros del ejército pertenecientes al destacamento de vigilancia de prisioneros se mantenían al margen, relajados, y sonreían, mostrando su apoyo. Era evidente que habían estado en la «picadora de carne» el tiempo suficiente para no tenerles más amor a los japoneses que nosotros. Estaba claro que el teniente no era uno de sus oficiales sino de alguna unidad de retaguardia.

Justo entonces, uno de nuestros oficiales subió rápidamente desde la retaguardia de la columna. El teniente del ejército se sintió muy aliviado al verlo y le explicó la situación. Nuestros oficiales se acercaron y le dijeron tranquilamente a mi amigo que regresara a las filas. Entonces le indicó al oficial traductor del ejército que si no sacaba a sus prisioneros de en medio, él (nuestro oficial) no podía garantizar que algunos de ellos no resultaran heridos. El oficial del ejército les habló a los prisioneros con amabilidad en japonés, y todos retrocedieron alejándose más del sendero, dejándonos mucho espacio. El comportamiento y la voz del oficial traductor se parecían más a los de un maestro de primaria repartiéndoles instrucciones a niños pequeños que a un oficial dándole órdenes a un grupo de duros soldados japoneses.

Durante todo el episodio, la mayoría de los japoneses no dio nunca la impresión de sentir miedo, sólo disgusto o vergüenza porque habían actuado de manera deshonrosa al rendirse. Tal vez el que se comportaba de forma tan arrogante pensara que un último acto de desafío le aliviaría un tanto la conciencia. En aquel entonces, la mayor parte de los estadounidenses no podía comprender la determinación nipona a ganar o luchar hasta la muerte. Para los japoneses, la rendición suponía la máxima deshonra.

Nosotros no pensábamos que hubiera que tratar mal ni de manera violenta a los prisioneros de guerra, pero tampoco creíamos que se le debiera permitir a uno bloquearnos el paso y salirse con la suya. Otros soldados de infantería que estaban en la «picadora de carne» compartían mi opinión de que algunos oficiales traductores a menudo se preocupaban demasiado por la comodidad de los prisioneros y se mostraban excesivamente corteses con ellos. Estábamos demasiado familiarizados con la imagen de indefensos estadounidenses heridos, tendidos en camillas, recibiendo disparos de francotiradores japoneses mientras luchábamos por evacuarlos.

Luego, atravesamos rápidamente áreas en las que la oposición era leve o inexistente. A nuestras líneas de suministros, comunicaciones y evacuación de bajas les resultaba difícil seguirnos el ritmo debido a que el barro seguía siendo un problema serio. Aunque la lluvia caía con menos frecuencia, no había cesado.

En cierta ocasión, mientras nuestra columna avanzaba por la base del terraplén de una carretera, un marine que caminaba por la carretera, por encima de nosotros, llevando un teléfono de campaña y un pequeño rollo de cable nos gritó y nos preguntó cuál era nuestra unidad. Su compañero lo seguía por la carretera a corta distancia cargando rollo de cable. Estos hombres estaban bien afeitados y arreglados. Nos pareció que tenían toda la pinta de ser gente de retaguardia.

—Eh, ¿en qué unidad estáis? —gritó el primero.

—K/3/5 —respondí con un grito.

Su compañero que iba detrás de él le preguntó:

—¿En qué unidad ha dicho?

—K/3/5, sea lo que sea que signifique eso.

El efecto sobre nosotros fue instantáneo y espectacular. Hombres que no le habían prestado mucha atención a lo que parecía una solicitud de información de rutina levantaron la mirada furiosos hacia el infractor. Yo me puse rojo de ira. Nos habían insultado a mi unidad y a mí. El servidor de mortero que se encontraba a mi lado soltó su bolsa de munición y comenzó a subir por el terraplén.

—¡Yo te enseñaré qué rayos significa, hijo de puta de retaguardia! Te voy a partir la cara.

Yo no era persona de pelearme. Los japoneses me proporcionaban todas las peleas que quería. Pero perdí la cabeza. Tiré mi bolsa de munición y comencé a trepar por el terraplén. Otros servidores de mortero también emprendieron el ascenso.

—¿Qué ocurre? —oí que gritaba un hombre más atrás en la columna.

—Ese imbécil de retaguardia de ahí arriba ha insultado a la Compañía K —respondió alguien.

De inmediato, otros hombres de la Compañía K empezaron a subir por el talud. Los dos hombres que estaban en la carretera parecían perplejos mientras veían cómo marines barbudos y cubiertos de barro soltaban reniegos, dejaban en el suelo sus armas, dejaban caer sus cargas y se lanzaban en tropel terraplén arriba. Uno de nuestros oficiales y un par de suboficiales se dieron cuenta de lo que había ocurrido y corrieron delante de nosotros.

El oficial se giró y gritó:

—¡Vuelvan a formar a paso ligero! ¡Muévanse! ¡Muévanse!

Nos detuvimos, todos nosotros sabíamos que desobedecer órdenes era buscarse una acción disciplinaria grave. Los dos hombres de la carretera se habían asustado y los vimos dirigirse precipitadamente por la carretera hacia la retaguardia. Volvieron la vista atrás varias veces para comprobar si los seguían. Debíamos haberles parecido un grupo furioso y de aspecto amenazador. Me imagino que esos dos marines conocieron el auténtico significado y esencia del espíritu de equipo tras esa experiencia.

Recogimos nuestras armas y equipo, y nos pusimos de nuevo en marcha por debajo de la carretera sólo para detenernos poco después. Los oficiales consultaron sus mapas, debatieron y decidieron que ese lugar era tan bueno como cualquier otro para que la compañía abandonara el terreno bajo y lleno de barro, ascendiera por el talud y aprovechara la carretera revestida de polvo de coral (probablemente se tratara de la carretera este-oeste de Naha a Yonabaru, de la que nuestro regimiento capturó un segmento más o menos entonces). Subimos a la carretera, nos quitamos el equipo y nos instalamos en la ladera de un gran cerro con una amplia cima cubierta de hierba y árboles. Por toda la ladera de la loma había criptas y emplazamientos funerarios de los habitantes de Okinawa, pero los japoneses no habían dejado muchos hombres para defenderlos. Sin embargo, dieron lo mejor de sí antes de que los aniquilaran.

Hacia el anochecer, yo estaba examinando un cañón nipón de 75 mm que habían abandonado en perfecto estado. Varios de nosotros nos divertimos mucho girando los cigüeñales y las ruedas, que no comprendíamos pero que movían el gran tubo arriba y abajo, a derecha e izquierda. Nuestro juego se vio interrumpido por el chillido de varios proyectiles de artillería enemigos que hicieron explosión en la cima del cerro, cerca de un grupo de hombres de la Compañía K.

—¡Sanitario!

Subimos corriendo por el cerro, esperando que no llegaran más obuses pero preguntándonos a quién le habrían dado y sabiendo que podrían necesitarnos para ayudar con las bajas. Pudimos ver el humo de los proyectiles y los marines que corrían de allá para acá para asistir a los heridos y para dispersarse.

En la penumbra en aumento, ascendí a toda prisa hasta un pequeño puñado de marines que estaban inclinados sobre una baja. Para mi consternación, el marine herido era Joe Lambert, un experto en demoliciones de buen carácter que siempre llevaba un puro en la boca y al que había conocido mucho tiempo atrás. Me arrodillé a su lado y me afligí al comprobar que tenía múltiples heridas de fragmentos de proyectil en el cuerpo.

Los hombres habían colocado con cuidado un capote debajo de Lambert y se estaban preparando para bajar por el cerro para evacuarlo. Le deseé suerte, hice las bromas de costumbre sobre no ponerse demasiado romántico con las enfermeras en el barco hospital y le pedí que se bebiera una cerveza y pensara en mí cuando llegara a Estados Unidos: los comentarios habituales que uno le hacía a un amigo herido de gravedad que tenía pocas posibilidades.

Lambert me miró en medio de la creciente oscuridad. Apretando la colilla de un puro sin encender entre los dientes, dijo con ironía en la voz:

Mazo, ¿no es una putada que un hombre lleve tanto tiempo como yo en la compañía y tengan que sacarlo en un capote?

Hice algunos pobres intentos por consolarlo. Yo sabía que se iba a morir, y tenía ganas de llorar.

—Ojalá pudiera encenderte ese puro, amigo, pero no podemos encender luces.

—No hay problema, Mazo.

—Una de esas guapas enfermeras te lo encenderá —le aseguré mientras levantaban el capote y emprendían el descenso por la ladera del cerro con él.

Me puse en pie y clavé la mirada en un cercano grupo de preciosos pinos recortados contra el cielo cada vez más oscuro. El viento me lanzó su fresco aroma a la cara y pensé en lo mucho que se parecía al olor del pino sureño. Pero el pobre y valiente Lambert nunca volvería a casa. Le di gracias a Dios por el hecho de que cuando se le acabó la suerte y lo hirieron mortalmente ocurriera en la alta cima de un cerro limpio y cubierto de hierba, cerca de un grupo de fragantes pinos y no allá, en la fétida mugre del lodazal que rodeaba Shuri.

El cabo Lambert era uno de los más populares en la Compañía K. Cualquiera de los que habíamos combatido en el cerro Bloody Nose de Peleliu lo habíamos visto muchísimas veces de pie sobre alguna cueva japonesa, balanceando una carga en una cuerda hasta que la tenía en el lugar perfecto, luego soltar la cuerda y gritar: «Fuego en el hoyo»… justo antes de la nueva explosión. Sonreía, después descendía y se volvía a unir a nosotros empapado de sudor de la cabeza a los pies. Encendía de nuevo su puro (que le servía de encendedor para las mechas de sus cargas) y comentaba el daño que había sufrido la cueva. Era fornido, de cara redonda y jovial. Se decía que estaba previsto que regresara a Estados Unidos tras Peleliu, pero que se había negado porque quería quedarse con la Compañía K. Poco después de que se lo llevaran, nos enteramos de que Lambert había fallecido. Fue una de las muchas tragedias personales de la guerra que lo mataran después de haber servido durante tanto tiempo y con tanto valor.

Al día siguiente nos adentramos en un amplio valle que se extendía por debajo del cerro. Vimos equipo y cadáveres japoneses en varias pistas destruidas a consecuencia del gran bombardeo estadounidense durante la última semana de mayo, cuando el enemigo había evacuado Shuri. También nos encontramos con numerosos depósitos de suministros nipones. La mayor parte de la comida y las raciones no nos gustó. Las raciones de hierro japonesas, que había visto por primera vez en bolsas de gasa en Peleliu, sabían a galletas para perro. Sin embargo, encontré varias latas de vieiras japonesas en conserva que estaban deliciosas. Varias latas de este producto que guardé en mi mochila supusieron un grato cambio entre tantas raciones C y K.

Un día llevamos a cabo un rápido avance a través de un valle amplio y cubierto de hierba sólo para que nos detuvieran unos francotiradores apostados en unas rocas en la cima del cerro de enfrente. Montamos los morteros, los alineamos sobre las áreas en las que se encontraban los francotiradores y comenzamos a disparar. Llegaron equipos de camilleros y comenzaron a subir y a bajar por la ladera del cerro. A cuatro de nosotros nos enviaron a formar un equipo de camilleros para recoger a un sanitario al que le habían alcanzado los disparos de los francotiradores.

Subimos por el cerro poco empinado y cubierto de hierba, y llegamos hasta el doc. Nos cruzamos con otro equipo de camilleros que transportaba al marine del que se estaba ocupando el sanitario cuando él mismo había resultado herido. Un francotirador le había disparado al marine y el sanitario había ido a administrarle ayuda médica. Mientras trabajaba sobre el marine herido, un japonés le disparó en el muslo. Aunque sufría una herida dolorosa, siguió trabajando con su paciente. Entonces el francotirador le había disparado a Doc en el otro muslo. Cuando llegamos, nos indicó que tuviéramos cuidado o también nos darían.

Lo colocamos rápidamente en una camilla y nos marchamos lo más deprisa que pudimos. El sanitario era un hombre bastante alto y fornido, más grande que cualquiera de nosotros. Lo transportamos una larga distancia: cerro abajo y a través del amplio valle hasta una zanja sobre la que se extendía una pasarela. Un jeep ambulancia estaba aguardando en el otro extremo de la pasarela. Todos estábamos prácticamente agotados debido a los esfuerzos y a la falta de sueño de las dos últimas semanas, y nos costó bastante. Aunque había recibido dos heridas, el sanitario no dejaba de insistir en que nos detuviéramos y descansáramos un rato. Pero los cuatro nos sentíamos obligados a llevarlo al jeep y evacuarlo lo antes posible.

Al final, aceptamos parar para tomar un respiro. Dejamos la camilla en el suelo y caímos de espaldas sobre la hierba, tratando de recobrar el aliento. El sanitario nos hablaba con tono tranquilo, advirtiéndonos que nos lo tomáramos con calma y no hiciéramos un esfuerzo excesivo. Sentí vergüenza. A aquel generoso y entregado sanitario le preocupaba más que estuviéramos tan cansados por cargar con él que sus propias heridas.

Levantamos la camilla y llegamos a la zanja. Allí vi un arbusto con tomatitos. Logré agarrar tres o cuatro y dejarlos sobre la camilla mientras llevábamos al sanitario al otro lado de la estrecha pasarela. Le dije que se los comiera, que harían que se sintiera mejor. Me dio las gracias, pero repuso que deberíamos comérnoslos nosotros porque a él le darían buena comida en el hospital.

¿Y quién rodeó el jeep justo cuando estábamos cargando a nuestro sanitario? Doc Arrogante, conocido por sus inyecciones dolorosas en Pavuvu.

—Me los quedo —dijo a la vez que alargaba la mano para coger los tomates.

—¡Y una mierda! —exclamé, quitándoselos de las manos. Uno de mis amigos se acercó a él y soltó—: Serías capaz de quitarle un caramelo a un niño, ¿verdad, cabrón?

Arrogante puso una cara hosca, dio medio vuelta y volvió a rodear el jeep. Nuestro sanitario me pasó los tomates e insistió en que nos los comiéramos. Le aseguramos que lo haríamos y le deseamos suerte mientras el jeep se alejaba dando tumbos hacia la retaguardia.

Cruzamos la pasarela de nuevo y caímos exhaustos sobre la hierba. Nos fumamos un cigarrillo, repartimos los jugosos tomatitos, despotricamos contra Arrogante y expresamos nuestra admiración por todos los demás sanitarios.

El 4 de junio nos desplazamos rápidamente en dirección sur campo a través bajo una lluvia torrencial. Aunque la oposición era esporádica, aun así teníamos que revisar todas las casas, cabañas y antiguos emplazamientos japoneses. Mientras registrábamos una pequeña cabaña, me encontré con una anciana de Okinawa que estaba sentada en el suelo justo en la entrada. Para no correr riesgos, sostuve mi Tommy y le hice señas para que se levantara y saliera. La mujer permaneció en el suelo pero inclinó la cabeza y alzó las manos nudosas hacia mí, con las palmas hacia abajo, para mostrarme los tatuajes que llevaba en los dorsos de las manos y que indicaban que era de Okinawa.

No Nippon —dijo despacio, negando con la cabeza mientras levantaba la mirada hacia mí con una expresión de cansancio que denotaba mucho dolor físico.

A continuación, se abrió el harapiento kimono azul y señaló una herida en el lado inferior izquierdo de su abdomen. Se trataba de una herida antigua, probablemente causada por un obús o fragmentos de bomba. Era algo espantoso. Una gran zona alrededor del tajo lleno de costras estaba descolorida y terriblemente infectada. Ahogué un grito. Supuse que una infección tan grave en la región abdominal tenía que ser mortal.

La anciana se cerró el kimono. Estiró las manos con delicadeza, cogió la boca de mi Tommy y la desplazó despacio para situarla directamente entre sus ojos. Entonces soltó el cañón del arma y me hizo señas enérgicamente para que apretara el gatillo.

«Oh, no, a esta pobre le duele tanto que hasta quiere que acabe con su sufrimiento», pensé. Levanté mi Tommy, me la colgué al hombro, negué con la cabeza y le dije:

—No.

A continuación, retrocedí y grité pidiendo un sanitario.

—¿Qué pasa, Mazo?

—Hay una vieja asiática ahí dentro con una herida muy fea en el costado.

—Veré lo que puedo hacer por ella —aseguró. Estábamos a unos cincuenta metros de la choza.

En ese preciso momento, un disparo resonó desde la choza.

Me volví.

El sanitario y yo nos pusimos de cuclillas.

—Eso ha sido un M1 —afirmé.

—Sin duda. ¿Qué diablos…? —dijo el sanitario.

Justo entonces un marine salió con aire despreocupado de la choza mientras comprobaba el seguro de su fusil. Yo lo conocía bien. En ese momento estaba asignado al cuartel general de la compañía. Lo llamé por su nombre y le pregunté:

—¿Había un japo en esa choza? Acabo de comprobarla.

—No —respondió mientras nos acercábamos a él—, sólo una vieja asiática que quería que le pusiera fin a su sufrimiento. Así que le hice el favor.

El sanitario y yo nos miramos uno al otro y luego al marine. Aquel joven tranquilo y de modales suaves no era de los que mataban a un civil a sangre fría.

Cuando vi la forma arrugada bajo el desteñido kimono azul en la puerta de la cabaña, exploté:

—¡Imbécil! Intentó que yo le pegara un tiro y llamé al doc para que viniera a ayudarla.

El verdugo me miró con expresión de desconcierto.

—Hijo de puta —grité—. Si tienes tantas ganas de disparar a alguien, ¿por qué no le cambias el sitio al servidor de una ametralladora y sales de ese maldito puesto de mando y le disparas a los japos? ¡Ellos devuelven los disparos!

Balbució una disculpa y el sanitario lo insultó.

—¡Se supone que tenemos que matar japos, no ancianas! —exclamé.

El rostro del verdugo enrojeció. Un suboficial llegó y preguntó qué ocurría. El sanitario y yo se lo contamos. El suboficial fulminó al marine con la mirada y soltó:

—Desgraciado.

—Vamos, Mazo. Nos ponemos en marcha —gritó alguien.

—Ustedes lárguense, que yo me ocupo de esto —nos indicó el suboficial.

Salimos corriendo para alcanzar la sección de morteros mientras el suboficial continuaba reprendiendo al verdugo. Nunca supe si lo sancionaron por su acto despiadado o no.

A la derecha de la 1.ª División de marines, el 7. de marines extendió sus líneas hacia la costa oeste y cerró la península de Oroku. A continuación, la 6.ª División de marines llegó y libró una batalla de desgaste de diez días para aniquilar a los defensores nipones de la zona. La división mató a cerca de 5000 japoneses (sólo hizo 200 prisioneros), con unas pérdidas de 1608 marines muertos y heridos.

El 4 de junio, el 1. de marines relevó al 5. de marines como regimiento de asalto para la ofensiva de la 1.ª División de marines hacia el sur. El 5. de marines pasó a la reserva para apoyar al III Cuerpo anfibio de marines, una posición que siguió entrañando mucho peligro para sus agotados marines, pues significaba patrullar y limpiar la retaguardia del avance.

Nos atrincheramos como segunda línea a lo largo de un cerro bajo; teníamos algunas ruinas de casas de habitantes de Okinawa detrás de nosotros y un valle amplio se extendía hacia el sur hasta donde alcanzaba la vista. La lluvia se detuvo la noche del 5 al 6 de junio. Nunca olvidaré la sensación de profundo alivio físico cuando me quité las botas empapadas y cubiertas de barro por primera vez en aproximadamente dos semanas. Cuando me quité los calcetines chorreantes y apestosos, se me desprendieron trozos y tiras de carne muerta de las plantas de los pies. Un amigo, Myron Tesreau, hizo un comentario sobre el fortísimo olor, sólo para descubrir que sus pies estaban igual de mal. Mis calcetines, un par de lana del ejército, de color caqui (más gruesos y pesados que los blancos que nos suministraba el cuerpo de marines), estaban tan viscosos y asquerosos que no pude soportar lavarlos en el casco. Se los había cambiado a un soldado por una barra de caramelo en abril. Suponían un bien muy preciado para mí por lo cómodos que eran cuando estaban mojados. Con pesar, tiré mis maravillosos calcetines y eché una palada de tierra encima como si cubriera un fétido cadáver.

Fue estupendo lavarme los pies y sostenerlos en alto sobre una caja de munición para dejar que les diera el sol mientras movía los dedos. Todo el mundo se limpió y secó los pies en cuanto pudo. Los míos estaban sumamente irritados por toda la planta, casi como si estuvieran a punto de sangrar. Todos los callos de fricción de la piel se habían desprendido y las plantas de mis pies estaban surcadas de estrías profundas y rojizas. Pero después de secarlos al sol y ponerme calcetines y botas secos, enseguida estuvieron mejor. No obstante, pasaron meses antes de que las plantas volvieran a tener su aspecto normal.

Montamos nuestros morteros en fosos al pie del cerro bajo, a lo largo del que se había atrincherado la línea de la Compañía K. George Sarrett y yo ocupábamos una trinchera para dos personas en el cerro junto a la pista que atravesaba el cerro en ángulo recto. Durante las noches que permanecimos allí, los servidores de mortero nos turnamos en las armas y disparamos bengalas periódicamente sobre la zona de nuestra compañía.

Entre las patrullas y las guardias de todas las noches, comenzamos a descansar y a secarnos. Los aviones nos lanzaron suministros, comida, agua y munición. Pudimos hacer fogatas y calentar raciones durante el día, cosa que supuso un placer. Allí dispusimos de raciones «diez en uno», lo que siempre era de agradecer tras tantas raciones C y K. En aquel entonces aún no habían perfeccionado el método para suministrar agua por avión. El agua venía en grandes bolsas de plástico. Cuatro de estas bolsas se metían en un cilindro de metal sujeto a un paracaídas. Bastante a menudo el impacto del cilindro de metal al chocar contra suelo hacía que una o más bolsas se rompieran y parte o toda el agua se perdía.

Siempre nos divertíamos mucho cuando nos lanzaban suministros, incluso aunque correr por el barro para reunir la munición, las raciones y otros suministros atados a los paracaídas de vivos colores suponía un trabajo duro. La mayoría de las veces los lanzamientos los efectuaban torpederos de la infantería de marina que volaban bajo sobre nuestras cabezas. Su precisión era excepcional. A lo largo de los períodos en los que el profundo barro cubría gran parte del campo de batalla, siempre agradecíamos un día despejado; no sólo porque detestáramos la lluvia, sino porque eso significaba que nuestros aviones podrían despegar y lanzarnos suministros. Si no había que mover los suministros a pulso durante kilómetros a través del barro.

Mientras nos mantuvieron de reserva, a otro servidor de mortero y a mí nos enviaron en una misión de rutina para llevar un mensaje a la costa occidental. Era el tipo de cosas que a todo soldado de infantería se le pedía que hiciera muchas veces. Por lo general se trataba de una buena misión porque escapábamos temporalmente del ojo de lince del sargento de artillería de la compañía, podíamos movernos a nuestro propio ritmo y hacer un poco de turismo por el camino a través de zonas por las que ya se había luchado y que se habían asegurado. No se consideraba peligroso.

Nuestras instrucciones eran sencillas. El sargento de artillería de nuestra compañía, Hank Boyes, nos dijo que siguiéramos por la pista este-oeste hasta llegar a la playa y que regresáramos. Nos indicó con quién ponernos en contacto y qué suministros pedir. Luego nos aconsejó que no nos pusiéramos a tontear buscando souvenires y nos advirtió de la posibilidad de encontrar enemigos rezagados.

Emprendimos el camino muy animados por lo que pensábamos que iba a ser una interesante excursión por el sur de la península de Oroku. Para entonces ya nos habíamos limpiado. Habíamos lavado los pantalones, y las polainas y botas estaban secas, y les habíamos quitado el barro. Llevábamos las dos cantimploras de agua habituales. También teníamos chocolatinas de las raciones porque estaríamos fuera varias horas. Mi compañero iba armado con una carabina. Yo portaba la Tommy y mi pistola del 45. El tiempo se había secado y era un día ideal para un poco de inofensiva diversión, lejos de las patrullas que habíamos estado llevando a cabo.

Tras salir del área de nuestro batallón y pasar a la pista, no vimos prácticamente a nadie. Mientras caminábamos por la silenciosa pista, los únicos sonidos que oíamos en las inmediaciones eran nuestras propias voces, el crujido que provocaban nuestras botas en la carretera, el chapoteo sordo del agua en las cantimploras y de vez en cuando el golpeteo de las culatas de nuestras armas contra las cantimploras o las fundas de los Ka-Bar. Avanzamos por aquel mundo silencioso que caracterizaba la estela de la batalla.

La zona estaba repleta de los desechos de la guerra. El frente tormentoso había pasado, pero había dejado atrás los restos. Nuestros ojos expertos interpretaron las señales mudas y reconstruyeron el drama y el patetismo de las diferentes luchas a vida o muerte que habían tenido lugar. Nos encontramos con numerosos cadáveres enemigos, junto a los que pasábamos siempre por el lado de barlovento. No vimos ningún marine muerto. Pero una chaqueta de tela manchada de sangre aquí, una bota rota allá, un casco con la funda de tela de camuflaje y el acero de debajo rasgados por las balas, botellas de plasma desechadas y apósitos de campaña ensangrentados daban mudo testimonio del destino de sus antiguos propietarios.

Cruzamos el terraplén de una vía férrea y entramos en las afueras de un pueblo. Todos los edificios estaban muy dañados, pero algunos seguían en pie. Nos detuvimos un momento a explorar una extraña tiendecita. En el escaparate había varios productos de belleza. En la calle, en frente de la tienda, yacía un cadáver vestido con un kimono azul. Alguien había colocado una puerta rota sobre el lastimoso cuerpo. Hicimos conjeturas sobre si habría sido el dueño de la tienda. Pasamos por una terminal de autobuses quemada con la taquilla aún en pie. A nuestra derecha y a los lejos, la batalla retumbaba mientras la 6.ª División de marines se enfrentaba al enemigo en la península de Oroku.

Seguimos adelante a través de las ruinas sin incidentes, en dirección a la playa, cuando un carro anfibio se acercó traqueteando. El conductor era la primera persona que habíamos visto. Le hicimos señas y resultó que el conductor estaba esperándonos en la playa pero que se había puesto en marcha con la esperanza de localizarnos. Tras recibir la información sobre nuestra unidad, hizo girar su carro y se dirigió de nuevo a la playa. Una vez completada nuestra misión, mi amigo y yo emprendimos el regreso a través de las ruinas.

Dejamos atrás la tienda de productos de belleza y el cadáver cubierto con la puerta, y nos aproximamos a la terminal de autobuses. Soplaba una suave brisa. Lo único que rompía el silencio era el repiqueteo de un trozo de hojalata suelto en el tejado en ruinas de la terminal. Si me olvidaba del lejano estruendo de la batalla, nuestro entorno me recordaba a cuando cruzaba caminando una granja desierta en una tranquila tarde de primavera en casa. Parecía un lugar adecuado para tomarnos un descanso, explorar la terminal de autobuses y comernos nuestras chocolatinas. Habíamos ahorrado tiempo al encontrarnos con el carro anfibio, así que podíamos parar un rato.

El violento chasquido y estallido de una larga ráfaga de una ametralladora japonesa que pasó a toda velocidad, a la altura del pecho, por delante de nosotros hizo que mi compañero y yo corriéramos a ponernos a cubierto. Nos lanzamos detrás de la taquilla de hormigón y nos tumbamos sobre el cemento cubierto de escombros, jadeando.

—¡Dios, ha estado cerca, Mazo!

—¡Demasiado cerca!

El artillero enemigo había apuntado perfectamente desde su posición elevada, pero se había adelantado. Las balas rebotaron y aullaron en el interior de la terminal incendiada. Oímos el tintineo del cristal cuando las balas rompieron unas ventanas.

—¿Dónde diablos está ese cabrón? —preguntó mi compañero.

—No lo sé, pero probablemente se encuentre a unos doscientos metros.

Nos quedamos inmóviles un momento, el silencio sólo se veía interrumpido por los tranquilos y perezosos chasquidos de la hojalata mecida por la brisa. Atisbé con cautela desde detrás de la taquilla. Otra ráfaga por poco me alcanza en la cabeza y atravesó el edificio repiqueteando tras chocar contra el hormigón que había a nuestro lado.

—No hay duda de que ese cabrón nos está apuntando directamente —gimió mi amigo.

La taquilla estaba rodeada de una extensión abierta de hormigón. El artillero nos tenía inmovilizados. Mi amigo echó un vistazo por su lado de la estrecha taquilla y obtuvo el mismo recibimiento que yo. A continuación, el servidor de la ametralladora enemiga disparó una ráfaga por la parte de arriba de la zona de hormigón de la taquilla, haciendo añicos lo que quedaba de las ventanas de la parte superior. Estábamos seguros de que el artillero de la Nambu se encontraba arriba, en la sección sur del terraplén del ferrocarril.

—Tal vez podamos retroceder entre los arbustos para que no nos vea y luego escapar por la parte posterior del edificio —sugirió mi amigo.

Se movió un poco a un lado para mirar detrás de nosotros, pero otra ráfaga demostró que su plan era inviable.

—Supongo que tendremos que esperar a que oscurezca y después salir sin que nos vea —apunté.

—Creo que tienes razón. Está claro que no vamos a poder salir de aquí de día sin que nos dé. Nos tiene bien inmovilizados. Mazo, después de toda la mierda por la que hemos pasado, ahora resulta que estamos entre la espada y la pared. ¡Maldita sea!

Los minutos se transformaron en solitarias horas mientras el tiempo transcurría lentamente. Mantuvimos los ojos bien abiertos en todas direcciones por si otros japoneses se nos acercaban sigilosamente por detrás mientras la ametralladora nos mantenía ocupados.

Hacia última hora de la tarde oímos una ráfaga de disparos de un fusil M1 allí donde estaba situado el artillero enemigo. Después de unos minutos, echamos un vistazo. Para nuestra gran alegría, vimos que un grupo de cuatro o cinco marines de la Compañía K se acercaba a grandes zancadas por la pista.

—¡Cuidado con esa Nambu! —gritamos, señalando hacia el lugar del que habían estado llegando los disparos.

Un sonriente marine sostuvo la ametralladora en alto y respondió a gritos:

—Les dimos una paliza. ¿Estáis bien? El sargento supuso que os habíais topado con problemas cuando no regresasteis y nos envió a buscaros.

A mediados de junio, los rostros conocidos escaseaban en la Compañía K en todas las unidades de infantería de la 1.ª División de marines. El 1 de junio, la compañía perdió treinta y seis hombres en una acción enemiga. Diez días después, veintidós se marcharon con pie de inmersión y otras dolencias graves. A pesar de los reemplazos de mediados de mes, la Compañía K se dirigió a su último combate importante con aproximadamente cien hombres y dos o tres oficiales. Sólo la mitad de los que habían desembarcado en Hagushi dos meses y medio antes.

La matanza del cerro Kunishi

Hacia mediados de junio comenzamos a oír inquietantes rumores sobre un lugar situado al sur de nosotros llamado cerro Kunishi. Se decía que los otros regimientos de infantería de nuestra división, el 7. de marines y después el 1., mantenían encarnizados enfrentamientos allí y que necesitarían nuestra ayuda. Nuestras esperanzas de que no volvieran a enviar al 5. de marines a las primeras líneas comenzaron a desvanecerse.

Continuamos patrullando. Disfruté de mis vieiras japonesas en lata y deseé que no existiera el cerro Kunishi. Pero el día inevitable llegó:

—Guarden el equipo, nos vamos.

El tiempo se volvió seco y cálido mientras nos desplazábamos hacia el sur. Cuanto más avanzábamos, más aumentaba el sonido de los disparos: el golpeteo de la artillería, el ruido sordo de los morteros, el incesante traqueteo de las ametralladoras y el estallido de los fusiles. Se trataba de una conocida combinación de sonidos que engendraba las viejas sensaciones de terror acerca de tus propias posibilidades, además de las espantosas imágenes de los heridos, los conmocionados y los muertos: la inevitable cosecha.

Tras el repliegue de Shuri, los defensores japoneses de Okinawa se retiraron a sus últimas líneas defensivas a lo largo de una serie de cerros que había cerca del extremo meridional de la isla. El extremo occidental era el cerro Kunishi. En el centro se encontraba Yuza-Dake. Más al este, Yaeju-Dake[60].

El cerro Kunishi tenía unos 1500 metros de altura y era una escarpadura de coral cortada a pique. Los japoneses se atrincheraron en cuevas y emplazamientos en las laderas. Los accesos frontales a Kunishi desde el norte se encontraban completamente expuestos: praderas y arrozales que ofrecían a los nipones ángulos de tiro perfectos.

El 12 de junio, el 7. de marines llevó a cabo un ataque antes del amanecer y tomó una parte de Kunishi. Los marines estaban sobre el cerro, pero el enemigo estaba dentro de él. Durante cuatro días, los marines del 7. Regimiento se vieron aislados encima del cerro. Se les proporcionó suministros por medio de aviones y carros de combate, y los vehículos blindados se llevaron a sus muertos y heridos.

El 14 de junio, el 1. de marines atacó algunos sectores de Kunishi y sufrió cuantiosas bajas en el intento. El mismo día, el 1.er Batallón —a las órdenes del teniente coronel Austin Shofner (antiguo oficial al mando del 3/5 en Peleliu)— atacó y tomó Yuza-Dake pero soportó un número atroz de bajas debido a los defensores japoneses de la zona y a los intensos disparos que les enviaron desde Yaeju-Dake.

Mientras nos adentrábamos en la infernal confusión del 14 de junio, aún nos resonaban en la cabeza las palabras: «Quizá no vuelvan a asignar al 5. de marines». Caminamos lenta y pesadamente por los lados de una pista polvorienta, junto a tractores de combate y tractores anfibios que avanzaban y un continuo tráfico de jeeps ambulancia que regresaban cargados con los juveniles restos humanos de la batalla por el cerro Kunishi.

Aquella tarde, nuestra compañía se desplegó por un bosquecillo de árboles y arbustos en el lado sur de la carretera. Vimos y oímos intensos disparos en el cerro Kunishi más adelante, al otro lado del terreno abierto. Mi sección de morteros se atrincheró cerca de la pista y ajustamos las armas para lanzar bengalas sobre un pintoresco puente que permanecía intacto sobre la alta ribera de un río.

Un par de nosotros nos acercamos a echarle un vistazo al puente antes de que oscureciera. Bajamos hasta el río por un sendero que salía de la pista. El agua era cristalina y producía un relajante rumor sobre un limpio fondo de guijarros. Los helechos crecían en las riberas cubiertas de musgo y entre las rocas. Sentí el impulso de buscar salamandras y cangrejos. Era un lugar precioso, fresco y tranquilo, completamente ajeno al atronador infierno que se desarrollaba justo encima.

A la mañana siguiente relevamos al 1/1 en Yuza-Dake. Mientras subíamos por la pista, pasamos junto a un arbolito al que le habían arrancado todas las ramas. Le colgaban tantos cables de comunicación que parecía una gran fregona del revés. El rebote de una bala pasó silbando entre el hombre que iba por delante de mí y yo. Levantó una pequeña nube de polvo al estrellarse contra una pila de maleza seca que había al borde de la pista. «De nuevo en la picadora de carne», pensé, mientras ascendíamos hacia los encarnizados disparos.

Me pareció que Yuza-Dake tenía un aspecto espantoso. Se asemejaba a uno de los infernales cerros coralinos de Peleliu. Podíamos ver el cerro Kunishi a nuestra derecha y la elevación de Yaeju-Dake a la izquierda. Los carros de combate del ejército atacaban esta última con ametralladoras y cañones de 75 mm.

Por primera vez en combate, oí el gemido de unas sirenas. Nos dijeron que el ejército había colocado sirenas en sus carros de combate por el efecto psicológico que podrían tener en los japoneses. Para mí, las sirenas simplemente hacían que toda la sangrienta lucha resultara más extraña y me pusiera más nervioso. Los japoneses rara vez se rendían al verse ante lanzallamas, artillería, bombas ni otra cosa; así que no comprendí cómo iban a molestarles unas inofensivas sirenas. Nos hartamos de oírlas gemir contra el repiqueteo constante de las armas ligeras y el estrépito del fuego de artillería.

Mientras nos encontrábamos en Yuza-Dake sufriendo los disparos esporádicos del enemigo, el 2/5 se unió al 7. de marines en el duro combate para tomar el resto del cerro Kunishi. Los emplazamientos y cuevas de los japoneses recibieron un aterrador bombardeo por medio de morteros, artillería, cañoneo naval pesado y ataques aéreos compuestos de veinticinco o treinta aviones. Cada vez me recordaba más al cerro Bloody Nose de Peleliu.

El 2. Batallón del 5. de marines ganó algo de terreno en Kunishi pero precisó ayuda. La Compañía K se unió al 2/5 y llegó justo a tiempo para ayudar a ese batallón a rechazar un contraataque nocturno del tamaño de una compañía el 17 de junio. Algo más tarde aquella noche oímos que nuestra compañía atacaría a la mañana siguiente para hacerse con el resto del cerro Kunishi en la zona de acción del 5. de marines. Libraríamos un combate cuerpo a cuerpo una vez más.

Nos enteramos de que partiríamos bastante antes del amanecer y que nos desplegaríamos para el ataque, pues teníamos que atravesar una amplia zona abierta para llegar al cerro. Un oficial llegó ofreciéndonos lo que parecía un discurso para animarnos sobre que el 5. de marines podría concluir el trabajo en el cerro Kunishi. (Todos sabíamos que al 1. y 7. de marines ya los habían ametrallado terriblemente al tomar la mayor parte del cerro).

Desplazarse en la oscuridad era algo que a los veteranos de Gloucester y Peleliu no nos gustaba en absoluto. Estábamos convencidos de que nadie, salvo los japoneses, o los imbéciles, andaban por ahí de noche. Los nuevos reemplazos que habían llegado a la compañía un par de días antes parecían confundidos de un modo tan lastimoso que no veían la diferencia. Sin embargo, avanzar al amparo de la oscuridad era el único modo sensato de aproximarse al cerro Kunishi. El 1. y el 7. de marines ya habían tenido que desplazarse de ese modo para cruzar el terreno abierto sin que los masacrasen.

Avanzamos despacio y con cautela por los arrozales y campos de caña de azúcar. Más adelante vimos que los proyectiles estallaban encima y alrededor del cerro mientras nuestra artillería silbaba en lo alto. Oímos el conocido estallido de los fusiles, el golpeteo de las ametralladoras y las explosiones de las granadas. Los proyectiles enemigos también hacían explosión en el cerro. Todos sabíamos que era probable que esta fuera la última batalla importante antes de que los japoneses fueran aniquilados y la campaña finalizase. A medida que atravesaba pesadamente la oscuridad, el corazón me palpitaba con fuerza, tenía la garganta seca y casi demasiado cerrada para tragar, una sensación que bordeaba el pánico. Tras haber llegado tan lejos en la guerra, sabía que se me acabaría la suerte. Comencé a sudar y a rezar para que cuando me alcanzaran no me mataran ni me dejaran lisiado. Quería darme la vuelta y salir corriendo.

Nos acercamos al cerro, que se recortaba contra el horizonte. La cima se parecía tanto a Bloody Nose que por poco se me doblan las rodillas. Me sentí como si estuviera en Peleliu y tuviera que volver a pasar por todo aquello.

Los fusileros subieron por el cerro. A los servidores de morteros nos apostaron para vigilar por si los japoneses intentaban infiltrarse desde la zona izquierda de la retaguardia. No montamos nuestras armas. Como el enemigo se encontraba en la ladera opuesta y en el cerro, el enfrentamiento sería tan de cerca que no podíamos lanzar explosivos de gran potencia.

Nuestra artillería de 105 mm disparaba contra el cerro Kunishi mientras nosotros nos situamos en posición en medio de la oscuridad. Para nuestra consternación, un obús se quedó corto y estalló en la línea de nuestra compañía. El puesto de mando de la compañía alertó a los observadores de artillería de que habíamos recibido disparos cortos. Otro 105 hizo explosión con un espantoso fogonazo y un estallido.

—¡Sanitario! —gritó alguien.

—¡Maldita sea, estamos sufriendo bajas por disparos cortos! —exclamó un oficial en su walkie-talkie.

—¿Qué dicen de esos disparos cortos? —preguntó el segundo oficial de la compañía.

—Que lo comprobarán.

Nuestra artillería estaba disparando por encima del cerro, hacia el pueblo de Kunishi, para impedir que el enemigo trasladara más tropas hacia la loma. Sin embargo, cada vez que abrían fuego, daba la impresión de que un cañón lanzaba sus proyectiles siguiendo un patrón de cruce que bordeaba el cerro hacia las líneas de la Compañía K. Aquello bastaba para llevar a cualquiera a la desesperación.

Los japoneses arrojaban granadas por todo el frente y se producían algunos disparos de fusil y ametralladora. Por la derecha comenzamos a oír cómo estallaban granadas estadounidenses dentro de nuestras líneas.

—Eh, chicos, los japos deben haber conseguido una caja de nuestras granadas. ¿Escucháis eso?

—Sí, esos cabrones usarán todo a lo que puedan echarle mano.

Durante la siguiente ráfaga de granadas, no oímos explotar más modelos americanos dentro de nuestra área. Luego se transmitió la orden de que nos asegurásemos de que todos los nuevos reemplazos sabían usar debidamente las granadas. Se habían dado cuenta de que uno de los nuevos sacaba cada bote de granada de una caja de granadas, arrancaba el precinto del bote y luego lanzaba el bote sin abrir al enemigo. Los japoneses abrían cada bote, sacaban la granada, tiraban de la anilla y nos devolvían la mortífera «piña». Los veteranos que me rodeaban se quedaron atónitos al oír lo que había ocurrido. El incidente, sin embargo, fue sólo uno de muchos ejemplos de la pésima preparación para el combate de los últimos reemplazos.

Con la llegada del amanecer pude ver bien los alrededores. Sólo entonces pude comprender la batalla tan desesperada y enconada que había sido —y continuaba siendo— el combate por el cerro Kunishi. La loma estaba compuesta de roca coralina y se parecía tristemente a los cerros de Peleliu. No obstante, Kunishi no era tan alto ni las formaciones de coral tan recortadas como las de Peleliu. Los habituales desechos de la batalla estaban desparramados por nuestras inmediaciones, lo que incluía a unos treinta marines muertos en camillas cubiertos con capotes.

Algunos de nuestros fusileros se desplazaron hacia el este, mientras otros ascendieron por las laderas. Seguimos sin montar los morteros: era un combate de fusileros exclusivamente. Los servidores de mortero nos mantuvimos alerta para servir de camilleros o fusileros.

Había francotiradores por todo el cerro y resultaba casi imposible localizarlos. Uno tras otro, los nuestros comenzaron a recibir disparos, y los equipos de camilleros no paraban. Bajábamos a los heridos hasta el pie del cerro, hasta un punto en el que los carros de combate podían acercarse marcha atrás sin que los vieran los francotiradores apostados en la cima del cerro. Atábamos a los heridos a las camillas y luego amarrábamos las camillas sobre la parte posterior de los vehículos. Los heridos que podían caminar iban dentro. A continuación, los blindados se alejaban en medio de una nube de polvo por una pista de coral hacia el puesto de socorro. El mayor número posible de hombres disparaba contra el cerro para inmovilizar a los francotiradores, de forma que no pudieran atacar a los heridos que viajaban sobre los carros de combate.

Poco antes de que la compañía llegara al extremo este del cerro, vimos que un equipo de camilleros se abría paso ladera arriba para bajar a un herido. De pronto, cuatro o cinco proyectiles de mortero estallaron en rápida sucesión cerca de ellos, hiriendo levemente a tres de los cuatro camilleros. Se ayudaron unos a otros a volver a descender por el cerro y otro equipo de camilleros, del que yo formaba parte, emprendió el ascenso para recoger al herido. Subimos por una ruta un poco diferente para esquivar al observador del mortero enemigo. Llegamos a lo alto del cerro y localizamos a la víctima, tendida sobre un escarpado saliente de coral, a un metro y medio de altura aproximadamente. El marine, Leonard E. Vargo, nos dijo que no podía moverse mucho porque le habían disparado en ambos pies. Por lo tanto, no podía bajarse del saliente.

—Tened cuidado, chicos. El japo que me disparó dos veces sigue escondido ahí mismo en esas rocas.

Hizo un gesto hacia un amasijo de rocas a no más de veinte metros de distancia.

Razonamos que, si el francotirador había podido alcanzar a Vargo en ambos pies, inmovilizándolo, probablemente estuviera esperando para dispararle a cualquiera que acudieran al rescate. Eso significaba que quienquiera que escalara para ayudar a Vargo recibiría un tiro de inmediato. Nos apoyamos contra la roca de coral con las cabezas al mismo nivel que la de Vargo, pero fuera de la línea de fuego del francotirador, y nos miramos unos a otros. El silencio me resultó violento. Vargo yacía pacientemente, confiando en que lo ayudaríamos.

—Alguien tiene que subir ahí y bajarlo —apunté.

Mis tres compañeros asintieron con la cabeza con aire de gravedad e hicieron comentarios en voz baja, coincidiendo. Me dije a mí mismo que si seguíamos haciendo el tonto mucho más, el francotirador podría matar al indefenso marine, que ya sufría una herida dolorosa. Entonces oímos el estruendo de otro disparo corto de 105 mm algo más allá… y luego otro. Un lúgubre fatalismo se adueñó de mí: era que nos disparase un francotirador o que nuestra propia artillería nos hiciera pedazos. Avergonzándome de vacilar tanto tiempo, trepé como pude junto a Vargo.

—Cuidado con ese japo —repitió.

Mientras le colocaba las manos en los flancos, eché una mirada y descubrí la entrada a la pequeña cueva del francotirador. Se trataba de un espacio negro de cerca de un metro de diámetro. Esperaba ver cómo la boca del arma escupía un fogonazo en cualquier momento. Por extraño que parezca, me sentí en paz conmigo mismo; curiosamente, no tenía demasiado miedo. Sin embargo, no vi ni oí al francotirador.

Mis compañeros ya tenían a Vargo bien agarrado para entonces, así que me puse en pie un breve instante y miré hacia el sur. Experimenté una sensación de desbordante júbilo. Más allá del humo de nuestra artillería, al sur, se encontraban el extremo de la isla y el fin de la agonía.

—Vamos, Mazo. ¡Salgamos de aquí!

Con otro rápido vistazo a la entrada de la pequeña cueva —desconcertado por saber dónde estaba el francotirador y por qué no me había disparado—, volví a descender por la roca hasta el equipo de camilleros. Logramos bajar a Vargo del cerro Kunishi sin más contratiempos.

Tras bajar a otro herido, pasé por delante del puesto de mando de nuestra compañía, que estaba situado entre unas rocas, al pie del cerro, y oí a uno de nuestros oficiales conversando de manera confidencial con Hank Boyes. El oficial dijo que tenía los nervios casi destrozados debido a la constante tensión y que no creía que pudiera seguir adelante mucho más. El veterano Boyes le habló con voz suave, intentando calmarlo. El oficial estaba sentado sobre el casco y se pasaba las manos por el pelo de forma frenética. Prácticamente estaba sollozando.

Sentí compasión por el oficial. Yo me había visto en la misma tesitura más de una vez, cuando los horrores se apilaban unos sobre otros y parecían demasiados para poder soportarlos. Además, el oficial cargaba con una pesada responsabilidad, que yo no tenía.

Mientras pasaba de largo, el oficial soltó con desesperación:

—¿Qué les pasa a esos tipos del cerro? ¿Por qué diablos no avanzan más rápido y acaban con esto de una vez?

Aparte de que podía sentir compasión, mi propio estado emocional y físico no era bueno ni mucho menos para ese entonces. Olvidando por completo mi humilde rango, entré directamente en el puesto de mando y le contesté al oficial:

—Yo le diré lo que les pasa a esos tipos del cerro. ¡Que les están disparando a derecha e izquierda y no pueden ir más rápido!

El oficial levantó la mirada con una expresión aturdida. Boyes se giró, probablemente esperando ver al jefe del batallón o del regimiento. Pareció sorprenderse cuando se encontró conmigo. Luego me fulminó con la mirada, igual que lo había hecho aquella vez en la que le había dicho demasiado a Sombra en Half Moon. Entré en razón rápidamente y recordé que el hecho de que un soldado raso les diera consejos a tenientes y sargentos de artillería no se consideraba un procedimiento habitual en el cuerpo de marines; entonces retrocedí discretamente y salí de allí.

Hacia la tarde varios de nosotros estábamos descansando entre unas rocas cerca de la cima del cerro. Les habíamos estado pasando munición y agua a unos hombres que se encontraban justo debajo de la cima. Una ametralladora japonesa seguía cubriendo la cima y nadie se atrevía a levantar la cabeza. Las balas restallaban por encima de la loma y rebotaban en el aire silbando tras chocar contra las rocas. El hombre que se encontraba a mi lado era un fusilero y un magnífico veterano de Peleliu al que conocía bien. Se había vuelto taciturno durante la última hora, lo cual era insólito en él, pero supuse que simplemente estaba tan cansado y tan harto del miedo y la fatiga como yo. De pronto comenzó a farfullar de manera incoherente, aferró su fusil y chilló:

—Esos cabrones amarillos de ojos rasgados ya han matado a suficientes amigos míos. Voy a ir a por ellos.

Se puso en pie de un salto y emprendió el camino hacia la cima del cerro.

—¡Para! —exclamé y traté de agarrarlo por la pernera del pantalón. Se soltó.

Un sargento que se encontraba a su lado gritó:

—¡Pare, idiota!

El sargento también quiso coger las piernas del frenético fusilero, pero se le resbalaron las manos. Sin embargo, logró agarrar la puntera de una bota y le dio un tirón. Eso hizo que el hombre perdiera el equilibrio y quedara despatarrado, de espaldas, sollozando con un bebé. Tenía la parte delantera de los pantalones oscurecidos. Se había orinado al perder el dominio de sí mismo. El sargento y yo intentamos calmarlo pero también nos aseguramos de que no pudiera volver a ponerse en pie.

—Cálmese, amigo. Vamos a sacarlo de aquí —le aseguró el suboficial.

Llamamos a un sanitario que se llevó al tembloroso y sollozante hombre de la picadora de carne a un puesto de socorro.

—Es un marine estupendo, Mazo. Me las veré con cualquiera que diga lo contrario. Pero ya no puede soportarlo más. Eso es todo. Ya no puede soportarlo más.

La voz del sargento se fue apagando con tristeza. Acabábamos de presenciar cómo un hombre valiente sucumbía por completo a la presión y perdía todo el control de sí mismo, incluso hasta renunciar al deseo de vivir.

—Si no le hubiera agarrado el pie y lo hubiera hecho caer antes de que llegara a la cima, no hay duda de que ahora estaría muerto —comenté.

—Sí, esa maldita ametralladora le habría dado, eso no tiene vuelta de hoja —asintió el sargento.

Antes de que terminara el día, la Compañía K llegó al extremo oriental del cerro Kunishi y se puso en contacto con las unidades del ejército que se habían hecho con el terreno elevado en Yuza-Dake y Yaeju-Dake. Nos llegó el correo junto con raciones, agua y munición. Entre mis cartas había una de un conocido de Mobile de hacía muchos años. Se había alistado en el cuerpo de marines y formaba parte de una unidad de retaguardia de tropas de servicio que estaba emplazada al norte de Okinawa. Insistía en que le escribiera de inmediato contándole dónde estaba situada mi unidad. Decía que cuando averiguara dónde estaba, vendría a visitarme enseguida. Leí sus palabras a unos amigos y estos se partieron de risa.

—¿Ese tipo no sabe que hay una guerra en marcha? ¿Pero qué rayos se cree que está haciendo la 1.ª División de marines aquí abajo?

Otro sugirió que no sólo le insistiera en que viniera a verme inmediatamente, sino que se quedara y me reemplazara si quería ser un auténtico amigo. Nunca contesté a la carta.

Una pequeña patrulla del 7. de marines vino y hablamos con un viejo amigo. Nos contó que su regimiento se había visto envuelto en atroces enfrentamientos todos los días que había permanecido en el cerro Kunishi. Luego nos quedamos sentados en silencio, observando compungidos cómo la artillería japonesa de gran calibre bombardeaba a un grupo de marines a la derecha. Se corrió la noticia por la línea de la muerte del jefe del 10. Ejército estadounidense, el general Buckner[61].

Poco después de que nos relevaran en el cerro Kunishi (la tarde del 18 de junio), le pregunté al sargento de artillería Hank Boyes cuántos hombres habíamos perdido combatiendo en Yuza-Dake y Kunishi. Me contestó que la Compañía K había perdido cuarenta y nueve soldados rasos y un oficial, la mitad de los que éramos el día anterior. Casi todos los reemplazos recién llegados se contaban entre las bajas. Ahora la compañía constaba de un mero remanente, el veintiuno por ciento de sus efectivos normales, doscientos treinta y cinco hombres. Habíamos permanecido unidos al 2/5 sólo veintidós horas y habíamos estado en el cerro Kunishi menos tiempo aún.

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