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OCTAVA JORNADA

Comienza la octava jornada del Decameron, en la cual, bajo el gobierno de Laureta, se razona sobre cualquier burla que o la mujer al hombre o el hombre a la mujer o un hombre a otro se hacen con frecuencia.

YA en la cumbre de los más altos montes aparecían, el domingo por la mañana, los rayos de la surgiente luz y, partidas todas las sombras, manifiestamente las cosas se conocían, cuando la reina, levantándose, con su compañía primeramente un tanto sobre las hierbecillas llenas de rocío anduvieron, y luego hacia la mitad de tercia, visitando una iglesia vecina, en ella oyeron el divino oficio; y volviéndose a casa, luego que con alegría y fiesta hubieron comido, cantaron y bailaron un tanto y luego, licenciados por la reina, quien quiso ir a descansar, pudo hacerlo. Pero habiendo el sol pasado ya el círculo meridiano, cuando a la reina plugo, para el acostumbrado novelar sentados todos junto a la bella fuente, por mandato de la reina así comenzó Neifile:

Novela primera

Gulfardo toma dineros prestados de Guasparruolo, y concertándose con la mujer de éste para acostarse con ella a cambio de ellos, se los da; y luego, en presencia de él, dice que se los dio a ella, y ella dice que es verdad.

Si así ha dispuesto Dios que deba yo dar comienzo a la presente jornada con mi historia, ello me place; y por ello, amorosas señoras, como sea que mucho se ha dicho de las burlas hechas por las mujeres a los hombres, una hecha por un hombre a una mujer me place contar, no ya porque yo entienda con ella censurar lo que el hombre hizo, o de decir que a la mujer no le estuvo bien empleado, sino por alabar al hombre y reprochar a la mujer, y por mostrar que también los hombres saben burlarse de quienes creen en ellos, como son burlados por aquellas en quienes ellos creen. Aunque, quien quisiese hablar más propiamente, lo que debo contar no llamaría burla sino que llamaría pago, porque como sea que toda mujer debe ser honestísima y guardar su castidad como su vida, y no dejarse ir a mancharla por razón alguna, y no pudiendo esto, sin embargo, completamente hacerse como se debería por nuestra fragilidad, afirmo que es digna del fuego aquella que a esto por dinero llega; mientras que quien por amor (conociendo sus fuerzas grandísimas) llega a ello, por un juez no demasiado riguroso merece ser perdonada, como, hace pocos días, mostró Filostrato que había sucedido a doña Filipa en Prato.

Había en Milán un tudesco a sueldo cuyo nombre fue Gulfardo, arrogante en su persona y muy leal a aquellos a cuyo servicio se ponía, lo que raras veces suele suceder a los tudescos; y porque era, en los préstamos de dinero que se le hacían, lealísimo pagador, muchos mercaderes habría encontrado que por pequeño rendimiento cualquier cantidad de dinero le habrían prestado. Puso éste, viviendo en Milán, su amor en una señora muy hermosa llamada doña Ambruogia, mujer de un rico mercader que tenía por nombre Guasparruolo Cagastraccio, el cual era asaz conocido suyo y amigo; y amándola muy discretamente, sin apercibirse el marido ni otros, le pidió un día hablar con ella, rogándole que le pluguiera ser cortés con su amor, y que él estaba por su parte presto a hacer lo que ella le ordenase.

La señora, luego de muchos discursos, vino a la conclusión de que estaba presta a hacer lo que a Gulfardo pluguiera si de ello se siguiesen dos cosas: una que esto no fuese manifestado por él a nadie; la otra que, como fuese que ella tuviera para alguna hacienda suya necesidad de doscientos florines de oro, quería que él, que era rico, se los diese, y después, siempre estaría a su servicio. Gulfardo, oyendo la codicia de ésta, asqueado por la vileza de quien creía que fuese una mujer valerosa, en odio cambió su ardiente amor; y pensó que tenía que burlarla, y le mandó a decir que de muy buena gana, y que aquello y toda otra cosa que ella quisiese le placería; y por ello que le mandase a decir cuándo quería que fuese a ella, que se los llevaría, y que nunca nadie sabría de esta cosa sino un compañero suyo de quien se fiaba mucho y que siempre andaba en su compañía en lo que hiciese. La señora, como una mala mujer, al oír esto estuvo contenta, y le mandó a decir que Guasparruolo su marido debía, de allí a pocos días, ir por sus negocios hasta Génova, y entonces ella se lo haría saber y le mandaría a buscar. Gulfardo, cuando le pareció oportuno, se fue a Guasparruolo y le dijo así.

—Tengo que hacer un negocio para el que necesito doscientos florines de oro, los cuales quiero que me prestes con el interés con que sueles prestarme otros.

Guasparruolo dijo que de buena gana, y en el momento le contó los dineros. De allí a pocos días Guasparruolo se fue a Génova, como la señora había dicho; por la cual cosa, la señora mandó a decir a Gulfardo que viniese a ella y le trajese los doscientos florines de oro. Gulfardo, tomando a su compañero, se fue a casa de la señora, y encontrándola que lo esperaba, la primera cosa que hizo fue ponerle en la mano los doscientos florines de oro, estando viéndolo su amigo, y así le dijo:

—Señora, tened estos dineros y se los daréis a vuestro marido cuando vuelva.

La señora los tomó, y no se apercibió de por qué Gulfardo hablaba así, sino que creyó que lo hacía para que su compañero no se percatase de que ella se daba a él por dinero; por lo que dijo:

—Lo haré con gusto, pero quiero ver cuántos son.

Y echándolos sobre una mesa y encontrando que eran doscientos, muy contenta los volvió a guardar; y se volvió a Gulfardo, y llevándolo a su alcoba, no solamente aquella vez, sino otras muchas, antes de que su marido volviese de Génova, con su persona le satisfizo. Vuelto Guasparruolo de Génova, enseguida Gulfardo habiéndole hecho espiar para asegurarse de que estaba con su mujer, se fue a verlo y, en la presencia de ella, le dijo:

—Guasparruolo, los dineros que el otro día me prestaste, no los necesité, porque no pude hacer el trato para el que los tomé; y por ello se los traje aquí enseguida a tu mujer y se los di, y por ello cancelarás mi cuenta.

Guasparruolo, vuelto a su mujer, le preguntó si los había recibido. Ella, que allí veía al testigo, no lo pudo negar, sino que dijo:

—Cierto que los recibí, y no me había acordado todavía de decírtelo.

Dijo entonces Guasparruolo:

—Gulfardo, estoy contento; idos con Dios, que yo arreglaré bien vuestra cuenta.

Ido Gulfardo, y la mujer quedando burlada, le dio al marido el deshonesto precio de su maldad; y así el sagaz amante gozó sin costo de su avara señora.

Novela segunda

El cura de Varlungo se acuesta con doña Belcolor, le deja en prenda un tabardo, y pidiéndole un mortero, se lo devuelve y le manda a pedir el tabardo dejado en prenda; se lo devuelve la buena mujer con unas palabras de doble sentido.

Alababan por igual los hombres y las señoras lo que Gulfardo hecho había a la ansiosa milanesa, cuando la reina, a Pánfilo volviéndose, sonriendo le ordenó que siguiese; por la cual cosa Pánfilo comenzó:

Hermosas señoras, se me ocurre contar una historieta contra aquellos que continuamente nos ofenden sin poder por nosotros ser ofendidos de la misma manera; es decir, contra los curas, los cuales contra nuestras mujeres han predicado una cruzada, y les parece no de otra manera haber ganado la indulgencia plenaria cuando a una pueden humillar bajo ellos que si de Alejandría hubieran traído a Aviñón al sultán maniatado. Lo que los desdichados seglares no les pueden hacer a ellos, aunque en sus madres, sus hermanas, sus amigas y sus hijas (con no menos ardor que ellos asaltan a sus mujeres) venguen sus iras. Y por ello entiendo contaros un amartelamiento campesino, más propio de risa por la conclusión que largo en palabras, del cual también podréis recoger como fruto que a los curas no hay que creerles siempre en todo.

Digo, pues, que en Varlungo, pueblo asaz cercano de aquí, como todas vosotras o sabe o puede haber oído, hubo un valeroso sacerdote (y gallardo en su persona) al servicio de las damas que, aunque leer no supiese mucho, sin embargo, con mucho bueno y santo palabreo, los domingos al pie del olmo[277] recreaba a sus parroquianos; y mejor visitaba a sus mujeres (cuando ellos se iban a alguna parte) que ningún otro cura que hubiera habido allí, llevándoles cosas de la fiesta y agua bendita y a veces algún cabo de vela a su casa, dándoles su bendición. Ahora sucedió que, entre las demás parroquianas suyas que primero le habían gustado, una sobre todas le gustó que tenía por nombre doña Belcolor[278], mujer de un labrador que se llamaba Bentivegna del Mazzo, la cual en verdad era una agradable y fresca rusticaza, morenota y maciza y más apropiada para poder moler que ninguna otra; y además de ello era la que mejor sabía tocar el címbalo y cantar El agua va por el barranco y conducir el corro y el saltarelo, cuando se terciaba, de todas las vecinas que tuviese, con un bueno y elegante moquero en la mano. Por las cuales cosas, el señor cura se encaprichó por ella tanto que andaba delirante y todo el día andaba correteando para poder verla; y cuando el domingo por la mañana la sentía en la iglesia, decía un kyrie y un Sanctus esforzándose bien en mostrarse un gran maestro de canto, que parecía un asno que rebuznase mientras que, cuando no la veía allí, salía del lance con bastante facilidad; pero lo sabía hacer tan bien que Bentivegna del Mazzo no se apercibía, ni aún ninguna vecina que ella tuviese. Y para poder gozar más del trato de doña Belcolor, de cuando en cuando le mandaba obsequios, y una vez le mandaba un manojillo de ajos frescos, que tenía los más hermosos del barrio en un huerto suyo que labraba con sus manos, y otra vez una canastilla de habas, y ahora un manojillo de cebollas de mayo o de escalonias; y cuando le parecía oportuno mirándola con rostro adusto, con blandura la reprendía, y ella un tanto salvaje, fingiendo no darse cuenta, se iba a otra parte desdeñosamente; por lo que el señor cura no podía venir al asunto. Ahora, sucedió un día que, andando el cura en pleno mediodía de un lado a otro por el barrio, sin ir a ningún sitio, se encontró con Bentivegna del Mazzo con un burro muy cargado, y dirigiéndole la palabra, le preguntó dónde iba. A quien Bentivegna repuso:

—A fe mía, sire[279], que en verdad voy hasta la ciudad para un trasunto mío, y le llevo estas cosas a sir Bonacotti de Cinestreto, que mi ayuda para no sé qué me ha mandado a pedir para una comparación del parentorio, por su pericolator el juez del dificio.

El cura, contento, dijo:

—Haces bien, hijo; vete con mi bendición y vuelve pronto; y si vieses por casualidad a Lapuccio o Naldino, no se te vaya de la cabeza decirles que me traigan aquellas correas para los mayales.

Bentivegna dijo que lo haría; y viniéndose hacia Florencia, pensó el cura que era el momento de ir a la Belcolor y de probar fortuna; y echándose al camino, no paró hasta que estuvo en su casa, y entrando adentro, dijo:

—Dios os guarde; ¿quién vive?

Belcolor, que había subido al desván, al oírlo dijo:

—Oh, sire, sed bienvenido; ¿qué hacéis por ahí con este calor?

El cura repuso:

—Así Dios me guarde, que me vengo a estar un rato contigo, porque me he encontrado con tu hombre que se iba a la ciudad.

Belcolor, bajando, se sentó y comenzó a escoger simientes de unas coles que su marido había cogido poco hacía. El cura comenzó a decirle:

—Bien, Belcolor, ¿vas a hacerme siempre morir de esta manera?

Belcolor comenzó a reírse y a decir:

—¿Qué os hago?

Dijo el cura:

—No me haces nada, pero no me dejas hacerte lo que yo querría y Dios mandó.

Dijo Belcolor:

—Ah, vaya, vaya: ¿pues los curas hacen tales cosas?

El cura repuso:

—Mejores las hacemos que los demás hombres, ¿pues por qué no? Y te digo más, que nosotros hacemos mucho mejor trabajo; ¿y sabes por qué? Porque molemos sólo cuando el caz está colmado. Pero, en verdad, muy para tu provecho, si te estás quieta y me dejas hacer.

Dijo Belcolor:

—¿Y qué provecho iba yo a sacar de ahí, que sois todos más avaros que el demontre?

Entonces dijo el cura:

—No lo sé; tú pide, ¿quieres un par de escarpines, o quieres una cinta del pelo o quieres un buen cinturón de estambre?, o lo que quieras.

Dijo Belcolor:

—¡Basta, hermano! Esas cosas las tengo; pero si me amáis tanto, ¿por qué no me prestáis un servicio y yo haré lo que queráis?

Entonces dijo el cura:

—Di lo que quieras y lo haré de buena gana.

Belcolor dijo entonces:

—Tengo que ir a Florencia el sábado a entregar una lana que he hilado y a llevar a arreglar el telar; y si me prestáis cinco liras, que sé que las tenéis, recogeré en el usurero mi saya color púrpura y el cinturón de fiesta que traje de dote, que veis que no puedo ir de romería ni a ningún lugar porque no lo tengo; y luego siempre haré lo que queráis.

Repuso el cura:

—Así Dios me dé salud como que no las llevo encima; pero créeme que, antes que llegue el sábado, haré que las tengas de muy buena gana.

—Sí —dijo Belcolor—, todos prometéis mucho y luego no lo mantenéis: ¿creéis que vais a hacerme como le hicisteis a Biliuzza, que se fue con el dominus vobiscum? Por Dios que no lo haréis, que ella es una mujer perdida a cuenta de ello; ¡si no las tenéis, idos a buscarlas!

—¡Ah! —dijo el cura—, no me hagas ahora ir hasta casa, que ves que tengo tan derecha la suerte y hasta que no hay nadie, y tal vez cuando volviese habría aquí alguien que lo impediría; y no sé cuándo va a ponérseme tan bien como ahora.

Y ella dijo:

—Basta: si queréis ir, iros; si no, aguantaos.

El cura, viendo que no estaba dispuesta a hacer nada que él quisiera sino salvum me fac y él lo quería hacer sine custodia, dijo:

—Mira, tú no me crees que te las traiga; para que me creas te dejaré en prenda este tabardo mío de paño turqués.

Belcolor levantó la vista y dijo:

—Así este tabardo, ¿y qué vale?

Dijo el cura:

—¿Cómo qué vale? Quiero que sepas que es de dulleta y hasta de trelleta, y hay en nuestro pueblo quien lo tiene por de cuadralleta; y no hace todavía quince días que me costó en Lotto el revendedor mis buenas siete liras, y me ahorré unas cinco liras por lo que me dijo Buglietto del Erta que sabes que es tan entendido en estos paños turqueses.

—¡Ah!, ¿es así? —dijo Belcolor—, así me ayude Dios como que nunca lo hubiese pensado; pero dádmelo como primicias.

El señor cura, que tenía la ballesta cargada, quitándose el tabardo se lo dio; y ella que lo hubo guardado, dijo:

—Sire, idos a aquella cabaña, que allí nunca entra nadie.

Y así hicieron; y allí el cura, dándole los más dulces besazos del mundo y haciéndola pariente de Dios Nuestro Señor, con ella un gran rato se solazó; luego, yéndose en sotana, que parecía que viniese de oficiar en unas bodas, se volvió a sagrado. Allí, pensando que cuantos cabos de vela recogía en todo el año de oferta no valían la mitad de cinco liras, le pareció haber hecho mal, y se arrepintió de haber dejado el tabardo y comenzó a pensar en qué modo podía recuperarlo sin costos. Y porque era un tanto maliciosillo, pensó muy bien qué debía hacer para recuperarlo, y lo hizo; porque al día siguiente, que era fiesta, mandó a un muchacho de un vecino suyo a casa de esta doña Belcolor y le pidió que le pluguiera prestarle su mortero de piedra, porque almorzaba con él Binguccio del Poggio y Nuto Buglietti, y que quería hacer una salsa. Belcolor se lo mandó; y cuando llegó la hora de almorzar, el cura mandó averiguar cuándo se ponían a la mesa Bentivegna del Mazzo y Belcolor, y llamado su monaguillo, le dijo:

—Coge aquel mortero y devuélvelo a Belcolor, y dile: «Dice el sire que os lo agradece mucho, y que le devolváis el tabardo que el muchachito os dejó en prenda».

El monaguillo fue a casa de Belcolor con el mortero y la encontró con Bentivegna a la mesa almorzando, y dejando allí encima el mortero, dio el recado del cura. Belcolor, al oírse pedir el tabardo quiso contestar; pero Bentivegna, con mal gesto, dijo:

—¿Desde cuándo le tomas nada en prenda al sire? Voto a Cristo que me vienen ganas de darte un gran pescozón; ve y devuélveselo pronto, mala fiebre te dé, y cuida que de nada que quiera alguna vez, aunque quisiese nuestro burro, no ya otra cosa, le digas que no.

Belcolor se levantó barbotando y, yendo al arcón, sacó de allí el tabardo y se lo dio al monaguillo, y dijo:

—Dirás esto al sire de mi parte: «Belcolor dice que promete a Dios que no machacaréis más salsas en su mortero, que no le habéis hecho ningún honor con esto».

El monaguillo se fue con el tabardo y dio el recado al sire; al que el cura, riendo, dijo:

—Le dirás cuando la veas que, si no me presta el mortero yo no le prestaré el mazo; vaya lo uno por lo otro.

Bentivegna creyó que la mujer había dicho aquellas palabras porque él la había reprendido, y no se preocupó por ello; pero Belcolor, que había quedado burlada, se encolerizó con el cura y le negó la palabra hasta la vendimia; después, habiéndola amenazado el cura con hacerla ir a la boca del mayor de los Luciferes, por puro miedo, con el mosto y con las castañas se reconcilió con él, y muchas veces luego estuvieron juntos de juerga; y a cambio de las cinco liras le hizo el cura poner un pergamino nuevo al címbalo y le colgó de él un cascabelillo, y ella se contentó.

Novela tercera

Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone[280] abajo en busca del heliotropo[281], y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él[282].

Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó:

Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello.

En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado Calandrino[283] hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y el otro Buffalmacco[284] hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían. Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso del Saggio[285], el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario[286]; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia[287], tierra de los vascos[288], en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero[289] y un pato además, y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un arroyuelo de vernaza[290] del mejor que puede beberse, sin una gota de agua mezclada.

—¡Oh! —dijo Calandrino—, ése es un buen país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?

Repuso Maso:

—Todos se los comen los vascos.

Dijo entonces Calandrino:

—¿Has ido allí alguna vez?

A quien Maso respondió:

—¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como mil!

Dijo entonces Calandrino:

—¿Y cuántas millas tiene?

—Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón[291]

Dijo Calandrino:

—Pues debe ser más allá de los Abruzzos.

—Ah, sí —dijo Maso—, así de nones[292].

El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:

—Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?

A quien Maso repuso:

—Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.

Entonces Calandrino dijo:

—Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?

A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo Calandrino:

—¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?

Repuso Maso:

—Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.

Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza[293], aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:

—Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.

Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:

—¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.

—Pero bien —dijo Bruno—, ¿cómo es?

Calandrino dijo:

—Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.

A quien Bruno dijo:

—Pero espera.

Y vuelto a Buffalmacco dijo:

—A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.

Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de Hainaut[294], y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:

—¿Dónde está Calandrino?

Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso:

—No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros.

Dijo Bruno:

—¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.

—¡Ah!, qué bien ha hecho —dijo entonces Buffalmacco—, burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?

Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:

—¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?

A quien Bruno respondió:

—Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.

Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:

—¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!

Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:

—¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.

Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor comenzó a gritar:

—¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.

Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los brazos en cruz. Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:

—¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?

Y además de esto, añadieron:

—¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?

Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:

—Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.

A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:

—Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.

Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:

—Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué, me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!

Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa llena de piedras, se fueron.

Novela cuarta

El preboste de Fiésole ama a una mujer viuda; no es amado por ella y, creyendo acostarse con ella, se acuesta con una criada suya, y los hermanos de la señora hacen que su obispo lo descubra[295].

Había llegado Elisa al fin de su historia, no sin gran placer de toda la compañía habiéndola contado, cuando la reina, volviéndose a Emilia, le mostró que quería que ella, después de Elisa, la suya contase; la cual, prestamente, comenzó así:

Valerosas señoras, cuán solicitadores de nuestros pensamientos son los curas y los frailes y todo clérigo, en muchas historias de las contadas recuerdo que se ha demostrado; pero porque nunca podría hablarse de ello tanto que no quedase mucho más por decir, yo, además, entiendo contaros una sobre un preboste el cual, a pesar de todo el mundo, quería que una noble señora viuda le amase, quisiera ella o no; la cual, como muy sabia, le trató tal como se merecía.

Como todas vosotras sabéis, Fiésole, cuya colina podemos desde aquí ver, fue una ciudad antiquísima y grande, aunque hoy esté toda derruida, y no por ello ha dejado de tener obispo propio y todavía lo tiene. Allí, cerca de la iglesia mayor, tenía una noble señora viuda, llamada doña Piccarda, una posesión con una casa no muy grande; y porque no era la mujer más acomodada del mundo, allí vivía la mayor parte del año, y con ella dos hermanos suyos, jóvenes muy de bien y corteses. Ahora, sucedió que frecuentando esta señora la iglesia mayor y siendo todavía asaz joven, y hermosa y agradable, se enamoró de ella tan ardientemente el preboste de la iglesia, que nada más veía aquí ni allí, y luego de algún tiempo fue tan atrevido que él mismo dijo a esta señora su deseo, y le rogó que estuviese contenta de su amor y de amarlo como él la amaba. Era este preboste ya viejo de años pero jovencísimo de juicio, petulante y altanero, y de sí mismo pensaba todo lo mejor, con modos y costumbres llenos de afectación y desagrado, y tan cargante y fastidioso que nadie había que le quisiera bien; y si alguien le quería poco era esta señora misma, que no solamente no le quería nada sino que lo odiaba más que a un dolor de cabeza. Por lo que, como prudente, le repuso:

—Señor, que vos me améis debe serme muy grato, y yo debo amaros y os amaré de buen grado; pero entre vuestro amor y el mío ninguna cosa deshonesta debe suceder jamás. Sois mi padre espiritual y sois sacerdote, y ya os aproximáis mucho a la vejez, las cuales cosas os deben hacer honesto y casto; y por otra parte yo no soy una niña a quien estos enamoramientos sienten ya bien, y soy viuda, que sabéis cuánta honestidad se espera de las viudas; y por ello, tenedme por excusada, que del modo en que me requerís no os amaré nunca ni así quiero ser amada por vos.

El preboste, no pudiendo aquella vez sacar de ella otra cosa, no se dio por desmayado y vencido al primer golpe, sino que usando de su arrogante osadía la solicitó muchas veces con cartas y con embajadas, y aun por sí mismo cuando a la iglesia la veía venir; por lo que, pareciéndole este tábano demasiado pesado y demasiado enojoso a la señora, pensó en quitárselo de encima del modo que merecía, puesto que de otro no podía; pero no quiso hacer cosa alguna que primero no razonase con sus hermanos. Y habiéndoles dicho lo que el preboste hacía con ella y también lo que ella entendía hacer, y recibiendo de ellos plena autorización, de allí a pocos días volvió a la iglesia como acostumbraba; y en cuanto la vio el preboste, vino a ella, y como solía hacer, de modo confianzudo entró con ella en conversación. La señora, viéndole venir y mirando hacia él, le puso alegre gesto, y retirándose a un lado, habiéndole el preboste dicho muchas palabras del modo acostumbrado, la señora luego de un gran suspiro dijo:

—Señor, yo he oído muchas veces que no hay ningún castillo tan fuerte que, siendo combatido todos los días, no llegue a ser tomado alguna vez; lo que veo muy bien que me ha sucedido a mí. Tanto unas veces con dulces palabras y otras con bromas y otras con otras cosas me habéis cercado, que me habéis hecho romper mi propósito; y estoy dispuesta, puesto que tanto os agrado, a ser vuestra.

El preboste, todo contento, dijo:

—Señora, mucho os lo agradezco y a decir verdad, me he maravillado mucho de cómo os habéis resistido tanto, pensando que nunca me ha sucedido esto con ninguna; así he dicho yo algunas veces que, si las mujeres fuesen de plata no valdrían ningún dinero porque ninguna resistiría el martillo[296]. Pero dejemos esto: ¿cuándo y dónde podremos estar nosotros juntos?

A lo que la señora repuso:

—Dulce señor mío, cuándo podría ser la hora que más os agradase porque yo no tengo marido a quien tenga que dar cuenta de mis noches; pero dónde no sé pensarlo.

Dijo el cura:

—¿Cómo no? ¿Y vuestra casa?

Repuso la dama:

—Señor, sabéis que tengo dos hermanos jóvenes, los cuales de día y de noche vienen a casa con sus amistades, y mi casa no es muy grande, y por ello no podría ser, salvo que quisieseis estar allí como si fuerais mudo sin decir palabra ni resollar, y en la oscuridad, a modo de ciego; si quisierais hacerlo así se podría, porque ellos no entran en mi alcoba; pero está la suya tan al lado de la mía que no se puede decir ni una palabrita tan bajo que no se oiga.

Dijo entonces el preboste:

—Señora, que no quede por ello por una noche o dos, en tanto yo piense dónde podemos estar en otra parte con más comodidad.

La señora dijo:

—Señor, esto es cosa vuestra, pero una cosa os ruego, que esto quede tan secreto que no se sepa nunca una palabra.

El preboste dijo entonces:

—Señora, no temáis por ello, y si puede ser, haced que esta noche estemos juntos.

—Me place —y dándole indicaciones de cómo y cuándo venir debía, se fue y se volvió a su casa.

Tenía esta señora una criada, que no era demasiado joven y que tenía el rostro más feo y más contrahecho que nunca se vio; que tenía la nariz muy aplastada y la boca torcida y los labios gruesos y los dientes mal compuestos y grandes, y tiraba a bizca, y nunca estaba sin los ojos malos, y de un color verde y amarillo que parecía que no en Fiésole sino en Sinagalia[297] había pasado el verano; y además de todo esto, era coja y un tanto manca del lado derecho. Y se llamaba Ciuta, y porque tan lívida cara tenía, por todos era llamada Ciutazza[298]; y aunque fuese contrahecha en la figura, era, sin embargo, bastante maliciosa. A la cual, la señora llamó, y le dijo:

—Ciutazza, si quieres hacerme un servicio esta noche, te daré una buena camisa nueva.

Ciutazza, oyendo mentar la camisa, dijo:

—Señora, si me dais una camisa, me arrojaré al fuego, no ya otra cosa.

—Pues bien —dijo la señora—, quiero que esta noche te acuestes con un hombre en mi cama y que lo acaricies, y guárdate de decir palabra, que no te sientan mis hermanos, que sabes que duermen al lado; y luego te daré la camisa.

Ciutazza dijo:

—Así dormiría yo con seis, no con uno, si hiciese falta.

Venida pues la noche, el señor preboste vino, como le había sido fijado; y los dos jóvenes, como la señora había combinado, estaban en su alcoba y hacían mucho ruido; por lo que el preboste, silenciosamente y a oscuras entrando en la alcoba de la señora, se fue a la cama como ella le había dicho, y del otro lado Ciutazza, bien informada por la señora de lo que tenía que hacer. El señor preboste, creyendo tener a su señora al lado, se echó en los brazos de Ciutazza y comenzó a besarla sin decir palabra, y Ciutazza a él; y comenzó el preboste a solazarse con ella, tomando posesión de los bienes largamente deseados. Cuando la señora hubo hecho esto, ordenó a los hermanos que hiciesen el resto de lo que habían planeado; los cuales, calladamente saliendo de su alcoba, se fueron a la plaza, y fue su fortuna para lo que querían hacer más favorable de lo que ellos mismos pedían porque, siendo el calor grande, el obispo había mandado a buscar a los dos jóvenes para ir hasta su casa paseando y beber en su compañía. Pero al verlos venir, diciéndoles su deseo, con ellos se puso en camino; y entrando en un patiecillo fresco que ellos tenían donde había muchas luces encendidas, con gran placer estuvo bebiendo un buen vino de los suyos. Y habiendo bebido dijeron los jóvenes:

—Señor, pues que tanto favor nos habéis hecho, que os habéis dignado visitar esta nuestra pequeña choza a la que veníamos a invitaros, queremos que os plazca ver una cosita que os querríamos mostrar.

El obispo repuso que de buena gana; por lo que uno de los jóvenes, tomando en la mano una pequeña antorcha encendida y yendo por delante, siguiéndole el obispo y todos los demás, se enderezó hacia la alcoba donde el señor preboste yacía con Ciutazza, el cual para llegar pronto se había apresurado a cabalgar y había, antes de que éstos llegasen allí, cabalgado ya más de tres millas; por lo que cansado y teniendo a Ciutazza en brazos a pesar del calor, dormía. Entrando, pues, con luz en la mano el joven en la alcoba, y el obispo detrás de él y todos los otros, les fue mostrado el preboste con Ciutazza en brazos. En esto, despertándose el señor preboste, y viendo la luz y esta gente a su alrededor, avergonzándose mucho y amedrentado metió la cabeza debajo de las sábanas; al cual el obispo injurió grandemente y le hizo sacar la cabeza y ver con quién estaba acostado. El preboste, al ver el engaño de la señora, tanto por él como por el vituperio que le parecía ser, súbitamente se sintió el más dolorido hombre que jamás había existido: y por mandato del obispo, vistiéndose, a sufrir un gran castigo por el pecado cometido, bien custodiado, tuvo que irse a su casa. Quiso luego saber el obispo cómo había sucedido aquello de que aquél hubiese ido a acostarse allí con Ciutazza. Los jóvenes le contaron ordenadamente todas las cosas; lo que oyendo el obispo, mucho alabó a la señora, y también a los jóvenes que, sin querer mancharse las manos con la sangre de un sacerdote, le habían tratado como merecía. Este pecado se lo hizo el obispo llorar cuarenta días, pero el amor y la vergüenza le hicieron llorar más de cuarenta y nueve; sin contar con que, por mucho tiempo después no podía andar por la calle sin ser señalado con el dedo por los muchachitos, los cuales decían:

—¡Mira al que se acuesta con Ciutazza!

Lo que le dolía tanto que estuvo a punto de enloquecer; y de tal manera la valerosa señora se quitó de encima el fastidio del importuno preboste y Ciutazza ganó una camisa.

Novela quinta

Tres jóvenes le quitan los calzones a un juez de las Marcas en Florencia, mientras él, estando en el estrado, administraba justicia.

Había dado Emilia fin a su razonar, habiendo sido la viuda alabada por todos, cuando la reina, mirando a Filostrato, dijo:

—A ti te toca ahora narrar.

Por la cual cosa él prestamente repuso que estaba dispuesto, y comenzó:

Deleitosas señoras, el joven a quien Elisa hace poco nombró, es decir, Maso del Saggio, me hará dejar una historia que pensaba contar para contar una sobre él y algunos de sus compañeros, la cual, aunque deshonesta no sea por decirse palabras en ella que vosotras os avergonzáis de decir, no por ello deja de ser tan divertida que a pesar de todo la contaré.

Como todas podéis haber oído, a nuestra ciudad vienen con frecuencia podestás de las Marcas, los cuales son generalmente hombres de ánimo apocado y de vida tan pobre y miserable que todas sus acciones no son sino cicaterías, y por su innata miseria y avaricia traen consigo a jueces y notarios que parecen hombres más bien arrancados al arado o sacados de las zapaterías que de las escuelas de leyes. Ahora bien, habiendo venido uno como podestá, entre los muchos otros jueces que trajo consigo, trajo a uno que se hacía llamar micer Niccola de San Lepidio, el cual parecía más bien un cerrajero que otra cosa: y fue puesto éste entre los demás jueces a oír las cuestiones criminales[299]. Y como con frecuencia sucede que, aunque los ciudadanos no tengan nada que hacer en palacio a veces van por allí, sucedió que Maso del Saggio una mañana, buscando a un amigo suyo allá se fue; y acaeciéndole mirar a donde micer Niccola estaba sentado, pareciéndole que era un pajarraco raro, todo él lo iba considerando. Y como le viese el armiño todo pringoso en la cabeza, y un tintero colgado del cinto, y más largo el faldellín que la toga y otras muchas cosas todas inusitadas en un hombre ordenado y bien educado, y además de éstas, una más notable que ninguna de las otras, a su parecer, le vio, y fue un par de calzones que, estando él sentado y las ropas, por estrechez, quedándole abiertas por delante, vio que el fondo de ellos le llegaba hasta media pierna. Por lo cual, sin quedarse mucho mirándole, dejando lo que andaba buscando, comenzó una búsqueda nueva, y encontró a dos de sus compañeros, de los cuales uno tenía por nombre Ribi y el otro Mateuzzo[300], hombres los dos no menos ocurrentes que Maso, y les dijo:

—¡Ah, si me queréis bien, venid conmigo hasta palacio, que quiero mostraros allí el más extraordinario patán que nunca habéis visto!

Y yéndose con ellos a palacio, les mostró aquel juez y sus calzones. Éstos, desde lejos comenzaron a reírse de aquel asunto, y avecinándose a los escaños sobre los que estaba el señor juez, vieron que muy fácilmente podía andarse bajo aquellos escaños; y además de ello vieron rota la tabla sobre la cual el señor juez tenía puestos los pies, tanto que con gran comodidad se podía meter por ella la mano y el brazo. Y entonces dijo Maso a sus compañeros:

—Quiero que le quitemos del todo esos calzones, porque con mucha facilidad se puede.

Habían ya los compañeros visto cómo; por lo que, arreglando entre ellos lo que tenían que hacer y decir, a la mañana siguiente volvieron allí, y estando el tribunal muy lleno de hombres, Mateuzzo, sin que nadie lo advirtiese, entró debajo del banco y se fue derecho bajo el lugar donde el juez posaba los pies; Maso, por uno de los lados acercándose al señor juez, lo cogió por la orla de la toga, y acercándose Ribi del otro lado y haciendo lo mismo, comenzó Maso a decir:

—Señor, o señores, yo os pido por Dios que antes de que ese ladroncillo que está ahí al lado se vaya a otra parte, que le hagáis devolverme un par de borceguíes míos que me ha birlado y dice que no: y los he visto, no hace todavía un mes, que les hacía echar suelas nuevas.

Ribi, del otro lado, gritaba alto:

—Micer, no le creáis, que es un bribonzuelo, y porque sabe que he venido a querellarme contra él por una valija que me ha robado, ha venido ahora mismo a hablar de los borceguíes que los tengo en casa desde antañazo; y si no me creéis, puedo poneros por testigo a la verdulera de al lado y a la tripera Grassa y a uno que va recogiendo la basura de Santa María de Verzaia, que lo vi cuando volvía del pueblo.

Maso, por el otro lado, no dejaba hablar a Ribi, gritando también; y Ribi gritaba más. Y mientras el juez estaba de pie y más cerca de ellos para oírles mejor, Mateuzzo, aprovechando la ocasión, metió la mano por el agujero de la tabla y cogió los calzones del juez por abajo, y tiró de ellos fuertemente. Los calzones salieron incontinenti, porque el juez era flaco y escurrido; el cual, sintiendo lo que pasaba y no sabiendo qué fuese, queriendo tirar de las ropas hacia adelante y taparse y sentarse, Maso de un lado y Ribi del otro sin embargo, sujetándole y gritando fuerte:

—Micer, hacéis mal en no hacerme justicia y no querer oírme y querer iros a otra parte; ¡de cosa tan pequeña como ésta es no se levanta acta en esta ciudad! —y tanto con estas palabras le tiraron de las ropas que cuantos en el tribunal estaban se apercibieron de que le habían quitado las calzas. Mateuzzo, luego de que algún tiempo le hubo sujetado, dejándole, se salió fuera y se fue sin que le viesen. Ribi, pareciéndole haber hecho bastante, dijo:

—¡Voto a Dios que me resarciré en la corporación! —y Maso, del otro lado, soltándole la toga, dijo:

—¡No, pues yo volveré tantas veces hasta que os encuentre menos impedido que habéis aparecido esta mañana! —y el uno por aquí, el otro por allá, lo antes que pudieron se fueron. El señor juez, poniéndose los calzones en presencia de todo el mundo como si se levantase de la cama, y dándose cuenta entonces de lo que había pasado, preguntó dónde habían ido aquellos que de los borceguíes y de la valija se querellaban; pero no encontrándolos, comenzó a jurar por las entrañas de Cristo que tenía que conocer y saber si era costumbre en Florencia quitarle los calzones a los jueces cuando se sentaban en el estrado de justicia. El podestá, por otra parte, habiéndole oído, armó un gran alboroto; después, habiéndole mostrado sus amigos que aquello no se lo habían hecho sino para mostrarle que los florentinos sabían que en lugar de haber llevado jueces había llevado allí zopencos para que le saliese más barato, por las buenas se calló y no fue más adelante la cosa aquella vez.

Novela sexta

Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a Calandrino; le hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de jengibre y vino de garnacha y le dan dos de éstas, una tras de la otra, hechas de boñigas de perro contitadas con áloe, y parece que él mismo se ha quedado con él, le hacen, además, obsequiarles si no quiere que a su mujer se lo digan.

No había la historia de Filostrato dado fin, la cual mucho fue reída, cuando la reina ordenó a Filomena que seguidamente narrase; la cual comenzó:

Graciosas señoras, como Filostrato fue llevado a contar la historia que habéis oído por el nombre de Maso, así ni más ni menos soy llevada yo por el de Calandrino y de sus compañeros a contar otra de ellos, la cual, tal como creo, os gustará.

Quién Calandrino, Bruno y Buffalmacco fueron no necesita seros mostrado por mí, que asaz lo habéis oído antes; y por ello, pasando más adelante, digo que Calandrino tenía una pequeña tierra no lejos de Florencia, que había recibido como dote de su mujer, de la cual, entre las demás cosas que le daba, sacaba cada año un cerdo; y era su costumbre que siempre en diciembre se iban allí al pueblo su mujer y él, y lo mataban y lo hacían salar allí. Ahora bien, sucedió una vez entre las otras que, no estando la mujer bien de salud, Calandrino se fue solo a hacer la matanza; la cual cosa oyendo Bruno y Buffalmacco, y sabiendo que su mujer no iba, se fueron a ver a un cura vecino de Calandrino y grandísimo amigo suyo, y a estarse con él algunos días. Había Calandrino, la mañana en que éstos llegaron allí, matado el cerdo, y viéndolos con el cura los llamó y les dijo:

—Sed bienvenidos; quiero que veáis qué amo de casa soy.

Y llevándolos a su casa les mostró aquel cerdo. Vieron ellos que el cerdo era hermosísimo, y le oyeron a Calandrino que lo iba a poner en salazón para su familia. Y Bruno le dijo:

—¡Ah, qué bruto eres! Véndelo y disfruta los dineros: y a tu mujer dile que te lo han robado.

Calandrino dijo:

—No, no lo creería, y me echaría de casa; no os empeñéis, que no lo haré nunca.

Las palabras fueron muchas pero de nada sirvieron. Calandrino les invitó a cenar con tal desgana que no quisieron cenar y se separaron de él. Dijo Bruno a Buffalmacco:

—¿Por qué no le robamos el cerdo esta noche?

Dijo Buffalmacco:

—¿Pues cómo podríamos?

Dijo Bruno:

—El cómo bien lo veo si no lo quita del sitio donde lo tenía ahora mismo.

—Pues —dijo Buffalmacco— hagámoslo: ¿por qué no vamos a hacerlo? Y luego lo disfrutaremos aquí junto con el dómine.

El cura dijo que le gustaba mucho la idea. Dijo entonces Bruno:

—Aquí se necesita un poco de arte. Tú sabes, Buffalmacco, qué avaro es Calandrino y con cuánto gusto bebe cuando los demás pagan; vamos y llevémoslo a la taberna; allí, que el cura haga semblante de pagar todo por invitarnos y no le deje pagar nada a él: se ajumará y luego será muy fácil porque está solo en casa.

Como lo dijo Bruno, así lo hicieron. Calandrino, viendo que el cura no le dejaba pagar, se dio a la bebida, y bien que no lo necesitase mucho, se cargó bien; y siendo ya avanzada la noche cuando se fue de la taberna, sin querer cenar nada se metió en su casa, y creyendo haber cerrado la puerta, la dejó abierta y se fue a la cama. Buffalmacco y Bruno se fueron a cenar con el cura y cuando hubieron cenado, tomando los instrumentos para entrar en casa de Calandrino por donde Bruno había planeado, se fueron allí calladamente; pero encontrando la puerta abierta entraron dentro y cogiendo el cerdo, a casa del cura lo llevaron, y colgándolo, se fueron a dormir. Calandrino, habiéndosele ido el vino del cuerpo, se levantó por la mañana y, al bajar, miró y no vio el cerdo, y vio la puerta abierta; por lo que, preguntando a éste y a aquél si sabían quién le había quitado el cerdo, y no encontrándolo, comenzó a hacer un gran alboroto, ¡ay de él!, ¡desdichado de él!, que le habían robado el cerdo. Bruno y Buffalmacco, levantándose, se fueron hacia Calandrino para oír lo que decía del cerdo; el cual, al verlos, casi llorando llamándolos, dijo:

—¡Ay de mí, compañeros míos, que me han robado el cerdo!

Bruno, acercándose, le dijo en voz baja:

—¡Maravilla que hayas sido listo una vez!

—¡Ay! —dijo Calandrino—, que digo la verdad.

—Dices bien —decía Bruno—, grita fuerte para que parezca que ha sido así.

Calandrino gritaba entonces más fuerte y decía:

—¡Cuerpo de Cristo, que digo verdad al decir que me lo han robado! Y Bruno decía:

—Dices bien, dices bien; y hay que decirlo así, grita fuerte, hazte oír bien para que parezca verdadero.

Dijo Calandrino:

—Me harás dar el alma al enemigo; digo que no me creerás, así no me cuelguen, que me lo han robado.

Dijo entonces Bruno:

—¡Ah!, ¿cómo va a poder ser esto? Yo lo he visto ayer, ¿quieres hacerme creer que te lo han robado?

Dijo Calandrino:

—Es tal como te digo.

—¡Ah! —dijo Bruno—, ¿es posible?

—Ciertamente —dijo Calandrino—, es así; por lo que estoy perdido y no se como voy a volver a casa; la parienta no me creerá, y si me cree, no tendré paz con ella en todo el año.

Dijo entonces Bruno:

—Así me ayude Dios, eso está mal si es verdad; pero sabes, Calandrino, que ayer te enseñé yo a decir eso; no querría que tú en el mismo punto te burlases de tu parienta y de nosotros.

Calandrino comenzó a gritar y a decir:

—¡Ah!, ¿por qué me hacéis desesperar y blasfemar contra Dios y los santos y todo lo que existe? Os digo que esta noche me han robado el cerdo.

Dijo entonces Buffalmacco:

—Si es así, se debe ver el modo, si podemos, de recuperarlo.

—¿Y qué modo —dijo Calandrino— podremos encontrar?

Dijo entonces Buffalmacco:

—Por cierto que no ha venido de la India nadie a quitarte el cerdo; alguno de estos vecinos tuyos debe haber sido, y por ello, si los pudieses reunir, yo sé hacer la prueba del pan y el queso[301], y veremos de un golpe quién lo ha robado.

—¡Sí —dijo Bruno—, mucho vas a hacerle con pan y con queso a ciertos caballerazos que tenemos alrededor!, que estoy seguro de que alguno de ellos lo ha cogido, y se daría cuenta del caso y no querría venir.

—¿Qué vamos a hacer, entonces? —dijo Buffalmacco.

Repuso Bruno:

—Habría que hacerse con buenas pastas de jengibre y con buen vino dulce e invitarlos a beber; no pensarían que era por eso y vendrían; y lo mismo pueden bendecirse las pastas de jengibre que el pan y el queso.

Dijo Buffalmacco:

—Por cierto dices verdad; y tú, Calandrino, ¿qué dices?, ¿lo hacemos?

Dijo Calandrino:

—Os lo ruego por el amor de Dios; que, si yo supiese quién se lo ha llevado me parecería sentirme medio consolado.

—Pues venga —dijo Bruno—, estoy listo para ir hasta Florencia a por esas cosas para ayudarte, si me das los dineros.

Tenía Calandrino unos cuarenta sueldos, que le dio. Bruno, yéndose a Florencia a ver a un amigo suyo boticario, compró una libra de buenas pastas e hizo hacer dos de estiércol de perro que hizo confitar con áloe recién exprimido[302]; después, las hizo rebozar en azúcar como estaban las otras, y para no equivocarlas ni cambiarlas les hizo poner cierta señalecita por la cual muy bien las conocía; y comprando un frasco de buen vino dulce, se volvió al pueblo con Calandrino, y le dijo:

—Hace falta que mañana por la mañana invites a beber contigo a todos aquellos de quienes sospeches: es fiesta y todos vendrán de buen grado, y yo esta noche, junto con Buffalmacco, haré el encantamiento sobre las pastas y te las traeré mañana por la mañana a casa, y por tu amor yo mismo se las daré, y haré y diré lo que haya que decir y que hacer.

Calandrino lo hizo así. Reunida, pues, una buena compañía entre jóvenes florentinos que estaban en el pueblo y labradores, al venir la mañana, junto a la iglesia y alrededor del olmo, Bruno y Buffalmacco vinieron con una caja de pastas y con el frasco de vino, y haciéndoles poner en corro, dijo Bruno:

—Señores, me es necesario decir la razón por la que estáis aquí para que, si algo sucediese que no os agradase, no tengáis que quejaros de mí. A Calandrino, que aquí está, le quitaron ayer noche su hermoso cerdo y no puede encontrar quién se lo haya cogido; y porque otro distinto de quienes estamos aquí no se lo habrá podido quitar, él, para encontrar quién lo haya cogido os da a tomar estas pastas, una para cada uno, y de beber; y desde ahora sabed que quien haya cogido el cerdo no podrá tragar la pasta sino que le parecerá más amarga que el veneno y la escupirá; y para ello, a fin de que esta vergüenza no le suceda en presencia de tantos, es tal vez mejor que aquel que lo hubiese cogido lo diga al sire en confesión, y yo me abstendré de este asunto.

Todos los que allí había dijeron que querían comer de buen grado; por lo que Bruno, poniéndolos en fila y puesto a Calandrino entre ellos, comenzando en uno de los extremos comenzó a dar a cada uno la suya; y al estar junto a Calandrino, tomando una de las perrunas, se la puso en la mano. Calandrino prestamente se la echó a la boca y comenzó a masticar, pero tan pronto como la lengua notó el áloe, Calandrino, no pudiendo soportar el amargor, la escupió. Allí todos se miraban la cara el uno al otro, para ver quién escupía la suya; y no habiendo todavía Bruno terminado de darlas no haciendo semblante de enterarse de aquello, oyó decir a sus espaldas.

—Vamos, Calandrino, ¿qué quiere decir esto?

Por lo que, prestamente volviéndose, y viendo que Calandrino había escupido la suya, dijo:

—Espérate, tal vez alguna otra cosa se la hizo escupir: ten otra.

Y tomando la segunda, se la puso en la boca y proveyó a dar las otras que tenía que dar. Calandrino, si la primera le había parecido amarga, ésta le pareció amarguísima; pero, sin embargo, avergonzándose de escupirla, masticándola, un tanto la tuvo en la boca, y teniéndola comenzó a arrojar lágrimas que parecían nueces, tan gruesas eran; y por último, no pudiendo resistir más, la arrojó fuera como lo había hecho con la primera. Buffalmacco servía de beber a la compañía y a Bruno; los cuales, juntos con los demás al ver esto, todos dijeron que por cierto Calandrino se había quitado el cerdo a él mismo, y hubo muchos de ellos que ásperamente le reprendieron. Pero, luego que se hubieron ido, quedándose Bruno y Buffalmacco con Calandrino, le comenzó a decir Buffalmacco:

—He estado siempre seguro de que tú mismo lo habías robado y que nos querías mostrar que te lo habían robado para no darnos de beber ni una vez con los dineros que habías sacado.

Calandrino, que todavía no había escupido el amargor del áloe, comenzó a jurar que él no lo había robado.

Dijo Buffalmacco:

—¿Pero cuánto sacaste, socio?, dímelo de buena fe, ¿sacaste seis?

Calandrino, al oír esto comenzó a desesperarse; a quien Bruno dijo:

—Oye bien, Calandrino, que en la compañía hubo quien comió y bebió con nosotros y me dijo que tenías no sé dónde una jovencita que tenías a tu disposición, y le dabas lo que podías reunir, y que él estaba seguro de que le habías mandado el tal cerdo, tan buen burlador has aprendido a ser. Tú nos llevaste una vez por el Muñone abajo recogiendo piedras negras, y cuando nos hubiste embarcado te volviste, luego nos querías hacer creer que lo habías encontrado; y ahora semejantemente te crees que con tus juramentos nos haces creer igual que el cerdo, que has regalado o has vendido, te lo han robado. Ya estamos acostumbrados a tus burlas y las conocemos; no podrías gastarnos más: y por ello, para decir verdad, nos hemos pasado el trabajo de hacer el encantamiento, porque queremos que nos des dos pares de capones y, si no, se lo diremos todo a doña Tessa.

Calandrino, viendo que no era creído, pareciéndole haber tenido ya bastante sufrimiento, no queriendo además el acaloramiento de su mujer, les dio dos pares de capones. Y ellos, habiendo salado el cerdo, se lo llevaron a Florencia, dejando a Calandrino cornudo y apaleado.

Novela séptima

Un escolar ama a una señora viuda, la cual, enamorada de otro, una noche de invierno le hace sentarse sobre la nieve esperándola, a la cual él, después, por consejo suyo, todo un día de mediados de julio hace estar desnuda sobre una torre expuesta a las moscas y a los tábanos y al sol.

Mucho se habían reído las señoras del desdichado de Calandrino, y más se hubieran reído todavía si no hubiesen sentido enojo de ver que también le quitaban los capones los mismos que le habían quitado el cerdo. Pero luego que llegó el fin, la reina ordenó a Pampínea que contase la suya; y ella prestamente, así comenzó:

Carísimas señoras, muchas veces sucede que las artimañas son con artimañas vengadas, y por ello es de poco juicio el deleitarse en escarnecer a otros. Nosotros nos hemos reído mucho (con muchas historietas contadas de las burlas que han sido hechas, de las cuales ninguna venganza que se haya tomado se ha contado; pero yo entiendo haceros sentir alguna compasión por la justa retribución hecha a una conciudadana nuestra, a la cual su burla, al ser burlada, casi con la muerte le recayó sobre la cabeza; y oírlo no os dejará de ser útil porque así mejor os guardaréis de burlaros de otro y mostraréis buen juicio.

No han pasado todavía muchos años desde que hubo en Florencia una joven hermosa de cuerpo y altanera de ánimo y de linaje muy noble y en los bienes de la fortuna convenientemente abundante, y llamada Elena; la cual, habiendo quedado viuda de su marido nunca más quiso casarse, habiéndose enamorado de ella, a elección suya, un joven apuesto y cortés; y de cualquiera otra preocupación olvidada, con la ayuda de una criada suya de quien se fiaba mucho, muchas veces con él, con maravilloso deleite se daba buena vida. Sucedió en este tiempo que un joven llamado Rinieri, hombre noble de nuestra ciudad, habiendo largamente estudiado en París no para luego vender su ciencia a granel como muchos hacen, sino para saber la razón de las cosas y sus motivos (lo que óptimamente sienta a un noble) volvió de París a Florencia; y allí, muy honrado tanto por su nobleza como por su ciencia, señorilmente vivía. Pero como sucede muchas veces que quienes más entendimiento de las cosas profundas tienen más fácilmente se dejan uncir por el amor, le sucedió a este Rinieri: al cual, habiendo ido él un día por vía de entretenimiento a una fiesta, delante de los ojos se le puso esta Elena, vestida de negro como van nuestras viudas, llena de tanta hermosura a su juicio, y de tanta amabilidad como ninguna otra le había parecido ver; y estimó para sí que podría llamarse feliz a quien Dios le hiciese la gracia de poder tenerla desnuda en los brazos. Y una vez y otra mirándola cautamente, y conociendo que las cosas grandes y preciosas no se pueden conseguir sin trabajo, decidió poner todo su esfuerzo y toda su solicitud en agradarle, para que agradándole consiguiese su amor, y por ello poder tomar posesión de ella. La joven señora, que no tenía los ojos puestos en el infierno sino que, teniéndose en tanto y más de lo que era, moviéndolos con arte miraba alrededor y prestamente conocía a quien con deleite la miraba, apercibiéndose de Rinieri, riéndose para sí misma, dijo:

—No habré venido hoy aquí en vano que, si no me equivoco, he cogido a un pavo por la nariz.

Y comenzando a mirarle alguna vez con el rabillo del ojo, cuanto podía, se ingeniaba en demostrarle que se ocupaba de él, o pensando por otra parte que cuanto más atrajese y prendiese con sus encantos, tanto era su hermosura de mayor precio, y máximamente para quien ella junto con su amor la había entregado. El sabio escolar, dejando aparte los pensamientos filosóficos, todo el ánimo volvió a ella; y creyendo que le agradaba, aprendiendo cuál era su casa, comenzó a pasar delante de ella, con varias razones excusando aquellas idas. Al cual, la señora, por la razón ya dicha vanagloriándose de aquello, mostraba verlo de muy buena gana; por la cual cosa el escolar, encontrando la manera, se aproximó a su criada y le descubrió su amor, rogándole que con su señora obrase de tal manera que él pudiese obtener su gracia. La criada prometió mucho y a su señora lo contó, la cual, con la mayor risa del mundo lo escuchó y dijo:

—¿Has visto dónde éste ha venido a perder el seso que ha conseguido en París? Pues vamos, digámosle lo que va buscando. Le dirás, cuando sea que te hable otra vez, que yo le amo mucho más de lo que él me ama; pero que debo guardar mi honra para junto a las otras damas poder llevar la frente alta; por lo que él, si es tan sabio como dice, debe amarme más.

¡Ay desdichada, desdichada! No sabía ella, señoras mías, lo que es ponerse a provocar a los escolares. La criada al encontrarlo, hizo lo que su señora le había ordenado. El escolar, contento, procedió a ruegos más calurosos y a escribir cartas y a mandar regalos, y todo era aceptado, pero en recompensa no venían respuestas sino vagas; y de esta guisa lo tuvo mucho tiempo dándole largas. Por último, habiendo ella descubierto todo a su amante y habiéndose él enojado con ella alguna vez y sentido algunos celos, para mostrarle que equivocadamente sospechaba de ella, solicitándola mucho el escolar, le envió a su criada, la cual de su parte le dijo que ella no había tenido ocasión nunca de hacer nada que a él le agradase, después de que le había asegurado de su amor, pero que, para la fiesta de Navidad que se acercaba, esperaba poder estar con él; y que por ello la noche siguiente a la fiesta, si él quería, viniese a su patio, donde ella a buscarle, lo antes que pudiera, iría.

El escolar, más contento que ningún otro hombre, a la hora ordenada se fue a casa de la señora, y llevado por la criada a un patio y encerrándole dentro, allí comenzó a esperar a la señora. La señora, habiendo aquella noche hecho venir a su amante y habiendo cenado alegremente con él, lo que entendía hacer aquella noche le contó, añadiendo:

—Y podrás ver cuánto y cuál es el amor que le tengo y he tenido a aquel de quien neciamente has tenido celos.

Estas palabras las escuchó el amante con gran contento de ánimo, deseoso de ver con obras lo que la señora con palabras le daba a entender. Y había por acaso el día anterior a aquél nevado mucho, y todo estaba cubierto de nieve; por la cual cosa, el escolar había poco estado en el patio cuando empezó a sentir más frío del que habría querido; pero esperando calentarse, lo soportaba pacientemente. La señora a su amante dijo después de un rato:

—Vamos a la alcoba y desde una ventanilla miremos lo que hace ese de quien has sentido celos, y lo que le contestará a la criada, que he mandado a hablar con él.

Se fueron, pues, a una ventanilla y viendo sin ser vistos, oyeron a la criada hablar con el escolar y decir:

—Rinieri, mi señora es la mujer más afligida que nunca ha habido, porque esta noche ha venido uno de sus hermanos y ha estado mucho rato halando con ella, y luego quiso cenar con ella y todavía no se ha ido, pero creo que se irá pronto; y por ello no ha podido venir ella todavía, pero ya vendrá pronto; te ruega que no te enoje el esperar.

El escolar, creyendo que era verdad, repuso:

—Di a mi señora que no se ocupe nada en mí hasta que pueda cuando le sea oportuno venir a por mí, pero que lo haga lo antes que pueda.

La criada, volviéndose dentro, se fue a dormir.

La señora, entonces, dijo a su amante:

—Bien, ¿qué dices?, ¿crees que yo, si le quisiera como tú temes, iba a sufrir que estuviera allí abajo congelándose?

Y esto dicho, con su amante, que ya en parte estaba contento, se fue a la cama, y grandísimo rato estuvieron gozando y disfrutando, riéndose del mísero escolar y burlándose de él. El escolar, dando vueltas por el patio, se movía para calentarse y no tenía dónde sentarse ni en dónde refugiarse del sereno, y maldecía el largo entretenimiento del hermano con la señora, y todo lo que oía creía que sería una puerta que la señora abría, pero en vano esperaba. Ésta, por fin, cerca de la medianoche, solazándose con su amante, le dijo:

—¿Qué piensas, alma mía, de nuestro escolar? ¿Qué te parece mayor, su sabiduría o el amor que yo le tengo?, ¿hará el frío que le estoy haciendo pasar salirle del pecho lo que con mis palabras le entró en él el otro día?

El amante repuso:

—Corazón mío, sí, bien conozco que así como tú eres mi bien y mi reposo y mi deleite y toda mi esperanza, así soy yo los tuyos.

—Pues —decía la señora— bésame mil veces para ver si dices la verdad.

Por la cual cosa el amante, abrazándola apretadamente, no mil sino cien mil veces la besaba; y luego de que en tal razonar estuvieron algún tanto, dijo la señora:

—¡Ah!, levantémonos un poco y vayamos a ver si se ha apagado el fuego en el cual este raro amante mío cada día me escribía que estaba ardiendo.

Y levantándose, a la ventanilla acostumbrada fueron; y mirando al patio vieron al escolar bailando una tarantela al tocar de un castañetear de dientes, que por el demasiado frío era tan salteada y rápida que nunca habían visto cosa igual. Entonces dijo la señora:

—¿Qué dices, mi dulce esperanza?, ¿te parece que sé hacer bailar a los hombres sin música de trompetas y cornamusas?

A quien el amante respondió:

—Deleite mío, sí.

Dijo la señora:

—Quiero que vayamos abajo hasta la puerta, tú te estarás callado y yo le hablaré y oiremos lo que dice, y puede que no nos divirtamos menos que de verlo.

Y abriendo la alcoba silenciosamente bajaron a la puerta, Y allí, sin abrirla, la señora en voz baja, por un agujerito que allí había le llamó. El escolar, al oírse llamar, alabó a Dios, creyendo demasiado pronto que iba a entrar dentro, y acercándose a la puerta, dijo:

—Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me muero de frío.

La señora dijo:

—¡Ah, sí, que ya sé que eres friolero! y también que el frío es muy grande porque ha caído un poco de nieve. Bien sé yo que en París las hay mucho mayores. No puedo abrirte todavía porque este maldito hermano mío, que ayer por la noche vino a cenar conmigo, no se va todavía; pero se irá pronto, y vendré incontinenti a abrirte. Acabo de separarme de él con mucho trabajo para venir a consolarte y que la espera no te enoje.

Dijo el escolar:

—¡Ah, señora!, os ruego, por Dios que me abráis, para que pueda estar ahí adentro al abrigo, porque hace un poco ha empezado a caer la nevada más espesa del mundo, y todavía nieva; y yo os esperaré ahí cuanto queráis.

Dijo la señora:

—¡Ay, dulce bien mío, que no puedo, que esta puerta hace tanto ruido cuando se abre que fácilmente la oiría mi hermano si la abriese!, pero quiero ir a decirle que se vaya para que pueda yo volver a abrirte.

Dijo el escolar:

—Pues andad pronto, y os ruego que hagáis encender un buen fuego para que, en cuanto entre, pueda calentarme, que he cogido tanto frío que apenas me siento.

Dijo la señora:

—No puede ser eso, si es verdad lo que me has escrito muchas veces de que ardes todo por mi amor; pero estoy segura de que te burlas de mí. Ahora vengo; espérame y ten ánimo.

El amante, que oía todo, se divertía mucho, volviendo a la cama con ella, poco aquella noche durmieron sino que casi toda la consumieron en sus placeres y en burlarse del escolar. El desdichado escolar, convertido en cigüeña por el fuerte castañeteo de dientes que tenía, dándose cuenta que se burlaban de él, muchas veces trató de abrir la puerta y miró a ver si por algún otro sitio podía salir; y no viendo cómo, como un león enjaulado maldecía el mal tiempo, la maldad de la mujer y la duración de la noche junto con su propia simpleza; y muy enfurecido contra ella, el largo y ferviente amor que le tenía súbitamente cambió en crudo y amargo odio, y pensaba muchas y grandes cosas con las que tomar venganza, la cual ahora mucho más deseaba que antes había deseado estar con la mujer. Pero la noche, luego de mucha y larga espera, se aproximó al día y comenzó a aparecer el alba; por la cual cosa la criada, advertida por la señora, bajando, abrió el patio, y mostrando sentir compasión por él le dijo:

—¡Malaventura pueda tener el que vino anoche!, toda la noche te ha tenido en vilo y ha hecho que te congeles: ¿pero sabes?, llévalo con calma, que lo que esta noche no ha podido ser otra vez será; bien sé que nada podría haber sucedido que tanto hubiese desagradado a mi señora.

El escolar, airado como sabio que conocía que de nada sirven las amenazas sino para armar al amenazado, encerró en su pecho lo que su destemplada ira trataba de echar fuera, y en voz tranquila, sin mostrarse nada enojado, dijo:

—En verdad que he pasado la peor noche que he tenido nunca, pero bien he visto que de ello la señora no tiene ninguna culpa, porque ella misma, compadecida de mí, vino hasta aquí abajo a excusarse y a consolarme; y como dices, lo que esta noche no ha sido otra noche será; encomiéndame a ella y quédate con Dios.

Y casi por completo entumecido, como pudo se volvió a su casa; donde, estando cansado y muerto de sueño, sobre la cama se echó a dormir y se despertó casi por completo impedido de brazos y piernas; por lo que, mandando por un médico y contándole el frío que había pasado, a su salud hizo proveer. Los médicos, con grandísimas y rápidas curas ayudándolo, poco tiempo después pudieron curarle los nervios y hacer de tal manera que se distendiesen; y si no hubiese sido porque era joven y porque llegaba el buen tiempo, mucho habría tenido que soportar; pero de nuevo sano y fresco, guardando dentro de sí su odio, se mostraba mucho más que nunca enamorado de su viuda. Ahora, sucedió después de cierto tiempo, que la fortuna le proporcionó ocasión de poder satisfacer su deseo al escolar. Porque habiéndose el joven amado por la viuda (sin tener ninguna consideración al amor que ésta le tenía) enamorado de otra mujer, y no queriendo ni poco ni mucho decir ni hacer nada que fuese de su agrado, ella en lágrimas y amargura se consumía; pero su criada, que gran lástima sentía por ella, no encontrando modo de apartar a su señora del dolor sentido por el perdido amante, viendo al escolar que del modo acostumbrado pasaba por el barrio, dio en un necio pensamiento, y fue que se podría obligar al amante de su señora a amarla como antes hacía con alguna operación nigromántica y que en ello el escolar debía ser gran maestro; y se lo dijo a su señora. La señora, poco discreta, sin pensar en que, si el escolar hubiese sabido de nigromancia la habría usado en su propio provecho, dio oídos a las palabras de su criada y prontamente le dijo que le preguntase si quería hacerlo y con seguridad le prometiese que, en recompensa, ella haría todo lo que él quisiera. La criada hizo la embajada bien y diligentemente; y oyéndola el escolar, todo contento dijo:

—Alabado seas, Dios mío; ha llegado el momento en que con tu ayuda podré castigar a esa malvada mujer por las injurias que me ha hecho en re compensa del gran amor que le tenía.

Y dijo a la criada:

—Dirás a mi señora que no sufra por eso, que si su amante estuviera en la India se lo haría yo venir prestamente a pedirle gracia de lo que contra su gusto hubiera hecho; pero lo que tiene que hacer entiendo decírselo a ella cuándo y dónde más le plazca, y díselo así y confórtala de mi parte.

La criada dio la respuesta y se arregló de manera que se viesen los dos en Santa Lucía del Prado. Viniendo allí la señora y el escolar, y hablando ellos dos solos, no acordándose ella de que casi lo había llevado a él a la muerte, le contó abiertamente todas sus cosas y lo que deseaba, y se lo rogó por su salvación; y el escolar le dijo:

—Señora, es verdad que entre las demás cosas que yo aprendí en París estuvo la nigromancia, de la que por cierto sé bien lo que es; pero porque ofende a Dios muchísimo, había jurado nunca ponerla en obra ni para mí ni para otros. Pero es verdad que el amor que os tengo es tan fuerte que no sé cómo pueda negarme a nada que queráis que haga; y por ello, aunque por ello deba ir a la casa del diablo, estoy dispuesto a hacerlo puesto que os place. Pero os recuerdo que es cosa más molesta de hacer de lo que por ventura pensáis, y máximamente cuando una mujer quiere recuperar el amor de un hombre o un hombre el de una mujer, porque esto no puede hacerlo sino la misma persona a quien le interesa, y para hacerlo hace falta que quien lo haga sea de ánimo valiente porque hay que hacerlo de noche y en lugares solitarios y sin compañía, las cuales cosas no sé si estáis dispuesta a hacerlas.

A quien la señora, más enamorada que prudente, repuso:

—Amor me espolea de tal manera que no hay ninguna cosa que no hiciese por recuperar a aquel que me ha abandonado sin deberlo; pero, si te place, dime en qué tengo que ser valiente.

El escolar, que con mal pelo tenía la cola marcada, dijo:

—Señora, tendré que hacer yo una imagen de estaño en nombre de aquel a quien deseáis recuperar, la cual cuando os la haya enviado, vos, cuando esté la luna menguante, debéis bañaros con ella siete veces en un río de aguas corrientes, completamente desnuda y sola a la hora del primer sueño, y después, estando así desnuda, tenéis que subiros a un árbol o en lo alto de alguna casa deshabitada: y mirando hacia el norte con la imagen en la mano, siete veces diréis algunas palabras que os daré escritas, y cuando las hayáis dicho, vendrán hacia vos dos damiselas de las más hermosas que nunca hayáis visto, y os saludarán y placenteramente os preguntarán lo que queréis que hagan. A éstas debéis decirles bien y plenamente vuestros deseos; y guardaos de que digáis una cosa por otra; y cuando lo hayáis dicho, ellas se irán y vos podréis bajar al lugar donde hayáis dejado vuestras ropas y vestiros y volver a casa. Y tened por cierto que no estará mediada la noche siguiente cuando vuestro amante, llorando, vendrá a pediros gracia y perdón; y sabed que desde aquel momento en adelante no os dejará nunca por ninguna otra.

La señora, oyendo estas cosas y prestándoles completa fe, pareciéndole que a su amante tenía ya en los brazos, ya medio contenta, dijo:

—No os preocupéis, que estas cosas muy bien las haré; y para ello tengo la mayor comodidad del mundo, que tengo una tierra hacia el Valdarno de arriba, que está bastante cerca del río, y ya estamos casi en julio, que será agradable bañarse. Y también me acuerdo que no lejos del río hay una torrecilla deshabitada salvo que, por algunas escalas de palos de castaño que hay allí, suben de vez en cuando los pastores a un terrado que tiene, para ver si descubren desde allí a sus animales extraviados, lugar muy solitario y a trasmano al cual yo subiré, y allí lo mejor del mundo espero hacer lo que mandéis.

El escolar, que muy bien conocía el lugar de la señora y la torrecilla, contento de cerciorarse de su intención, dijo:

—Señora, yo no he estado nunca en esas comarcas, y por ello no conozco la tierra ni la torrecilla; pero si es tal como decís no puede haber nada mejor en el mundo; y por ello, cuando sea oportuno os mandaré la imagen y la oración; pero mucho os ruego que, cuando hayáis satisfecho vuestro deseo y veáis que os he servido bien, que os acordéis de cumplir la promesa que me habéis hecho.

A quien la señora le contestó que lo haría sin falta; y tomando licencia de él se volvió a su casa. El escolar, alegre de que su plan parecía que iba a llevarse a efecto, hizo una imagen con sus caracterísmos[303] y escribió un invento suyo en lugar de una oración; y cuando le pareció oportuno la mandó a la señora, y le mandó a decir que a la noche siguiente sin más dilación debía hacer lo que le había dicho; y luego, secretamente, con un criado suyo se fue a casa de un amigo que muy cerca vivía de la torrecilla, para poder llevar a cabo su proyecto. La señora, por otra parte, con su criada se puso en camino; y al llegar la noche, fingiendo que se iba a la cama, mandó a la criada a dormir, y a la hora del primer sueño, de casa calladamente saliendo, se fue a la torrecilla junto a la ribera del Arno, y mirando mucho a su alrededor, no viendo ni sintiendo a nadie, despojándose de sus ropas y escondiéndolas bajo unas malezas, siete veces se bañó con la imagen y luego, desnuda, con la imagen en la mano hacia la torrecilla se fue. El escolar, que a la caída de la noche, con su criado entre los sauces y los demás árboles cerca de la torrecilla se había escondido y había visto todas aquellas cosas pasándole ella al lado así desnuda, y viéndola con la blancura de su cuerpo vencer las tinieblas de la noche, y mirándole luego el pecho y las otras partes del cuerpo, y viéndolas hermosas y pensando cómo iban a estar en poco tiempo, sintió alguna lástima de ella; y por otra parte, el aguijón de la carne le asaltó súbitamente e hizo levantarse a quien estaba echado, y lo animaba a salir del escondite e ir a ella y hacer su gusto; y estuvo a punto de ser vencido por la una y el otro. Pero acordándose de quién era él y cuál fuese la ofensa recibida y por qué y de quién y encendiéndose por ello nuevamente en odio, echando de sí la compasión y el carnal apetito, mantuvo firme su propósito y la dejó ir. La señora, subiendo a la torre y vuelta hacia el norte, comenzó a decir las palabras que el escolar le había dado; el cual poco después, entrando en la torrecilla, silenciosamente y poco a poco quitó la escala por la que se subía al terrado donde la señora estaba, y luego esperó a ver qué decía y hacía ella. La señora, siete veces dichas sus oraciones, comenzó a esperar a las dos damiselas y tan larga fue la espera que, sin contar con que sentía mucho más fresco del que habría querido, vio aparecer la aurora; por lo que, triste de que no hubiese sucedido lo que el escolar había dicho, se dijo:

«Temo que éste haya querido darme una noche como la que yo le di a él; pero si por ello me ha hecho esto mal ha sabido vengarse porque no ha sido ni la tercera parte de larga de lo que fue la suya; sin contar con que el frío fue de otra clase».

Y para que el día no la cogiese allí, fue a bajar de la torre, pero se encontró con que la escala no estaba allí. Entonces, casi como si el mundo bajo los pies le hubiese fallado, le desapareció el valor; y, vencida, cayó sobre la tierra apisonada de la torre. Y luego de que le volvieron las fuerzas, míseramente comenzó a llorar y a quejarse, y demasiado bien conociendo que aquello tenía que ser obra del escolar, comenzó a apesadumbrarse de haber ofendido al prójimo, y luego de haberse fiado demasiado de aquel a quien merecidamente debía tener por enemigo: y en eso pasó larguísimo tiempo. Luego, mirando si había alguna manera de bajar y no viéndola, recomenzó el llanto Y dio en un amargo pensamiento, diciéndose a sí misma:

«Oh, desventurada, ¿qué dirán tus hermanos, tus parientes y vecinos y en general todos los florentinos cuando sepan que has sido encontrada desnuda? Tu honestidad, está contenta, se verá que era falsa; y si a estas cosas quisieras encontrar excusas mentirosas (que las habría), el maldito escolar, que sabe todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Ay, mísera de ti, que en una hora habrás perdido al mal amado joven y tu honor!».

Y luego de esto sintió tanto dolor que casi estuvo por arrojarse desde la torre a tierra; pero habiendo ya salido el sol y acercándose ella un poco más a una de las partes del muro, mirando a ver si algún muchacho por allí con sus animales se acercase a quien pudiera ella mandar por su criada, sucedió que el escolar, habiendo dormido un poco junto a unas matas, al despertar la vio, y ella a él; a la cual el escolar dijo:

—Buenos días, señora, ¿han venido ya las damiselas?

La señora, viéndolo y oyéndolo, volvió a llorar fuertemente y le rogó que viniese junto a la torre para que pudiera ella hablarle. El escolar fue en esto muy cortés. La señora, echándose bocabajo sobre el terrado, sólo asomó la cabeza a su repecho, y llorando dijo:

—Rinieri, si yo te di una mala noche, puedes estar seguro de haberte vengado bien, porque aunque estemos en julio, estando desnuda me he creído yo congelar esta noche; sin contar con que he llorado tanto el engaño que te hice y mi necedad en creerte que es maravilla que los ojos no se me hayan caído de la cara. Y por ello te ruego, no por amor a mí, a quien no debes amar, sino por amor tuyo, que eres noble, que te contente, en venganza de la injuria que yo te hice, lo que hasta este punto me has hecho, y haz que me den mis ropas y que pueda bajar de aquí, y no quieras quitarme lo que después, aunque quisieras, no podrías devolverme, es decir, mi honra; que, si aquella noche te privé de estar conmigo, siempre que te sea grato puedo devolverte ciento por una. Bástete, pues, esto y como hombre valeroso ten por bastante haberte podido vengar y habérmelo hecho conocer; no quieras probar tus fuerzas con las de una mujer: ninguna gloria es para un águila haber vencido a una paloma; así pues, por el amor de Dios y por tu honor, compadécete de mí.

El escolar, con duro ánimo pensando en la injuria recibida y viéndola llorar y rogarle, a la vez sentía placer y desagrado en el ánimo: placer por la venganza que más que ninguna otra cosa deseado había, y desagrado sentía al moverlo su humanidad a compadecer la miseria. Pero no pudiendo su humanidad vencer a la fiereza de su apetito, repuso:

—Doña Elena, si mis ruegos, que en verdad no supe bañar en lágrimas ni hacerlos melosos como tú sabes hacer los tuyos, me hubiesen impetrado, la noche que en tu patio lleno de nieve me moría de frío, haber sido puesto por ti un poco al abrigo, fácil cosa me sería ahora complacer los tuyos; pero si tanto más que en el pasado te ocupas ahora de tu honor, y te es tan duro el estar así desnuda, eleva estas súplicas a aquel en cuyos brazos no te enojó estar desnuda aquella noche que bien recuerdas, sintiendo cómo yo andaba por tu patio castañeteando los dientes y pataleando la nieve, y hazte ayudar por él, hazte por él traer tus ropas, pídele a él la escala por donde bajes, pon en él el cuidado de tu honor, aquel por quien ahora y otras mil veces no has dudado en ponerlo en peligro. ¿Cómo no lo llamas que venga a ayudarte? ¿Y a quién le corresponde más que a él? Eres suya: ¿y qué cosas guardará o cuidará si no te guarda y te ayuda a ti? Llámalo, estúpida, y prueba si el amor que le tienes y tu sabiduría junto con la suya pueden librarte de mi necedad; la cual, solazándote con él le preguntaste qué le parecía mayor si mi necedad o el amor que le tenías. Y no me hagas ahora cortesía de lo que no deseo ni podrías negármelo si lo desease; guarda para tu amante tus noches, si sucede que salgas de aquí viva; son tuyas y suyas: yo tuve bastante con una y me basta haber sido burlado una vez. Y ahora, usando tu astucia al hablar, te ingenias en alabarme para conquistar mi benevolencia y me llamas noble y valeroso, y tácitamente te ingenias en que yo, como magnánimo, me abstenga de castigarte de tu maldad; pero tus lisonjas no me oscurecen ahora los ojos del intelecto, como hicieron antes tus desleales promesas; yo me conozco, y sobre mí mismo no aprendí tanto mientras estuve en París cuanto tú me hiciste saber en una noche de las tuyas. Pero presuponiendo que yo fuese magnánimo, no eres tú de aquellas en quienes la magnanimidad deba mostrar sus efectos: el fin del castigo en las fieras salvajes como eres tú (e igualmente de la venganza) debe ser la muerte, mientras en los hombres debe bastar lo que tú has dicho. Por lo que, aunque yo no sea águila, sabiendo que tú eres no paloma sino venenosa serpiente, como a antiquísimo enemigo, con todo odio y con toda la fuerza entiendo perseguirte; y con todo, esto que te hago no puede muy propiamente llamarse venganza sino mucho mejor castigo, en cuanto la venganza debe sobrepasar a la ofensa y esto ni llegará a igualarla; por lo cual, si yo quisiese vengarme mirando en qué partido pusiste mi vida, no me bastaría quitarte la vida ni otras ciento iguales a la tuya, porque sólo mataría a una vil y abyecta y mala hembra. ¿Y por qué diablo, si quitas tu poquito rostro, al que unos pocos años estropearán llenándolo de arrugas, eres más tú que cualquier triste sierva? ¡Y no quedó por ti hacer morir a un hombre valeroso, como me has llamado poco antes, cuya vida aún podrá en un día ser más útil al mundo que cien mil iguales a la tuya podrán mientras el mundo dure! Aprenderás ahora con este dolor que sufres qué es escarnecer a los hombres que tienen algún sentimiento, y qué es escarnecer a los escolares, y te dará materia para no caer nunca más en tal locura, si sales de ésta. Pero si tienes tan grande deseo de bajar, ¿por qué no te arrojas de ahí? Y en un punto, con la ayuda de Dios, quebrándote el cuello, saldrás del dolor en el que te parece estar y me darás la mayor alegría del mundo. No voy a decirte más ahora: tanto pude yo que hasta ahí te hice subir; haz tú ahora de manera que bajes, como supiste burlarte de mí.

Mientras el escolar esto decía, la desdichada mujer lloraba continuamente y el tiempo pasaba, subiendo más alto aún el sol. Pero cuando vio que se callaba, dijo:

—¡Ah!, cruel, si tan dura te fue aquella maldita noche y te parece mi pecado tan grande que no pueden moverte a compasión ni mi joven hermosura ni las amargas lágrimas ni los humildes ruegos, muévate al menos algo (y disminuya tu severa rigidez este solo acto mío) el haberme recientemente confiado a ti y descubierto todos mis secretos, con los que he dado lugar a tu deseo de poder hacerme conocedora de mi culpa, como sea que si no me hubiese fiado yo de ti ningún camino tenías para poderte vengar, lo que muestras haber deseado con tanto ardor. ¡Ah!, deja tu ira y perdóname ya: estoy dispuesta, si me perdonas y me haces bajar de aquí, a abandonar por completo al desleal joven y tenerte a ti solo por amador y por señor, por mucho que aborrezcas mi belleza, mostrando que es corta y poco valiosa: la cual, tal cual es, como la de las demás, digna es de estima, aunque sólo fuera porque la vanidad y el juego y el placer son propios de la juventud de los hombres, y tú no eres viejo. Y aunque cruelmente me estás tratando, no puedo creer por ello que quisieras verme morir de muerte tan deshonrosa como sería la de arrojarme desde aquí como una desesperada delante de tus ojos, a los cuales, si no eras entonces ya mentiroso como lo has sido ahora, tanto agradé. ¡Ah! Apiádate de mí, por Dios y por piedad; el sol comienza a calentar demasiado, y como el poco fresco de esta noche me ofendió, así el calor comienza a darme ahora grandísima molestia.

A lo que el escolar, que por divertirse le daba conversación, repuso:

—Señora, tu confianza no se ha puesto ahora en mis manos porque sintieras amor por mí sino por recuperar lo que habías perdido, y por ello nada merece sino un mal mayor; y locamente crees si crees que sólo este camino se me ofrecía para la deseada venganza. Tenía otros mil, y mil trampas con fingir que te amaba te había tendido bajo los pies, y poco tiempo era preciso para que por necesidad (si esto no hubiese sucedido) hubieras caído en una de ellas y en mayor dolor y vergüenza del que ahora sientes; y seguí éste no por concederte ventajas, sino por contentarme más pronto. Y si todas me hubiesen fallado no me fallaba la pluma, con la cual tales y tantas cosas hubiera escrito de ti y de tal manera que, enterándote tú de ellas (que te enterarías), habrías deseado no haber nacido mil veces al día. La fuerza de la pluma es mucho mayor de lo que creen aquellos que con su conocimiento no la han experimentado. Juro ante Dios (y así él me conceda terminar esta venganza como la he empezado) que habría escrito de ti cosas que no ante las demás personas, sino ante ti misma avergonzándote, te habrías sacado los ojos para no verte más; y por ello, no reproches al mar haber crecido con un pequeño arroyo. En tu amor y en que seas mía no tengo, como ya te he dicho, ningún interés; sé de quién has sido, si puedes, al cual tal como lo he odiado antes lo quiero ahora, pensando en lo que te ha hecho. Vosotras andáis enamorando y deseando el amor de los jóvenes, porque los veis con las carnes un poco más vivas y con las barbas más negras, y muy erguidos ir a danzar y ajustar; las cuales cosas todas las tuvieron los que son de más edad, y además saben ya lo que aquéllos tienen que aprender. Y además de ello, los juzgáis mejores caballeros y que hacen jornadas de más millas que los hombres más maduros. Ciertamente confieso yo que con más fuerza sacuden ellos las pellizas; pero los de más edad, como experimentados saben mejor dónde están las pulgas, y con mucho ha de elegirse antes lo poco y sabroso que lo mucho e insípido; y el trotar mucho rompe y cansa a cualquiera, aunque sea joven, mientras el andar suavemente, aunque un poco más tarde haga llegar a otros a casa, por lo menos los conduce con descanso. Vosotras no os apercibís, animales sin inteligencia, cuán grande mal bajo aquella poca hermosura está escondido. No se contentan los jóvenes con una sino que a cuantas ven a tantas desean, de tantas les parece ser dignos; por lo que su amor no puede ser estable, y tú ahora como prueba puedes verte de ello veracísimo testigo. Y les parece ser dignos de ser reverenciados y mimados por las mujeres y no tienen por mayor otra gloria que alabarse de las que han gozado, fallo que ya ha conducido a muchas bajo los frailes, que no lo cuentan. Y aunque digas tú que nunca supo nadie tus amores sino tu criada y yo, mal informada estás y mal crees si así lo crees. En su barrio no se habla sino de ello, y en el tuyo; pero la mayoría de las veces es el último a quien tales cosas llegan a los oídos, aquel a quien se refieren. Ellos, además, os roban, mientras los de edad os regalan. Tú, pues, que mal elegiste, sé de aquel a quien te entregaste, y a mí, a quien escarneciste, déjame ser de otra, que he encontrado mujer de mucho mayor bien que lo eres tú, que mejor me ha conocido de lo que tú hiciste. Y para que del deseo de mis ojos puedas llevarte al otro mundo mayor seguridad que la que parece que te dan mis palabras, arrójate de ahí pronto, y tu alma, como espero, recibida en los brazos del diablo, podrá ver si mis ojos de haberte visto cabeza abajo caer se turban o no. Pero como creo que con tanto no querrás alegrarme, te digo que si el sol comienza a quemarte te acuerdes del frío que me hiciste sufrir, y si lo mezclas con este calor, sin falta sentirás el sol templado.

La desconsolada mujer, viendo que a pesar de todo a un fin cruel iban a parar las palabras del escolar, volvió a llorar de nuevo y dijo:

—Mira, pues que nada de lo mío te mueve a piedad, muévate el amor que tienes a esa mujer más discreta que yo que dices que has encontrado y de quien dices que eres amado, y perdóname por amor suyo y tráeme mis ropas para que pueda cubrirme, y haz que me bajen de aquí.

El escolar entonces se echó a reír, y viendo que ya la hora de tercia había pasado hacía rato, contestó:

—Mira, ahora no sé decir que no, pues por tal mujer me lo has rogado: dime dónde están y yo iré por ellas y te haré bajar de ahí.

La mujer, creyéndole, algo se consoló y le enseñó el lugar donde había puesto sus ropas. El escolar, saliendo de la torre, mandó a su criado que no se fuese de allí, sino que se quedase cerca y todo lo que pudiera vigilase para que nadie entrara hasta que él no hubiese vuelto; y dicho esto, se fue a casa de su amigo y allí almorzó con gran calma y luego, cuando le pareció oportuno, se fue a dormir. La mujer, sobre la torre quedándose, aunque estuviese algo consolada por una necia esperanza, sobremanera dolorida se enderezó y se sentó apoyándose en la parte del muro donde había un poco de sombra, y se puso a esperar acompañada de amarguísimos pensamientos; y ora pensando ora llorando, y ora desesperando de la vuelta del escolar con las ropas, y saltando de un pensamiento a otro, como quien por el dolor estaba vencida y que nada había dormido la noche anterior, se quedó dormida. El sol, que era ardentísimo, habiendo ya subido al mediodía, hería derecho y a la descubierta el tierno y delicado cuerpo de ella, y también su cabeza, que estaba descubierta, con tanta fuerza que no solamente le quemó todo lo que se veía de las carnes, sino que se las abrió en diminutas llagas; y fue tal la quemadura que aunque dormía profundamente, la hizo despertarse. Y sintiendo que se quemaba, moviéndose un tanto, le pareció que toda la quemada piel se le abría y estallaba, tal como vemos sucederle a un pergamino quemado si alguien tira de él; y además de esto, le dolía tan fuertemente la cabeza que parecía que se rompiese a pedazos, lo que ninguna maravilla era. Y el terrado de la torre estaba tan hirviente que ni con el pie ni con otra cosa podía en él hallar lugar; por lo cual, sin estarse quieta, de aquí para allá se cambiaba de lugar llorando. Y además de esto, no haciendo nada de viento, había allí moscas y tábanos en cantidad abundante, los cuales, poniéndosele sobre las carnes abiertas, tan fieramente la aguijoneaban que cada una le parecía la punzada de un espetón, por lo que de mover las manos de un lado para otro no descansaban, maldiciéndose a sí misma y a su vida, a su amante y al escolar. Y estando así angustiada y espoleada y atravesada por el incalculable calor, por el sol, por las moscas, por los tábanos y también por el hambre, pero mucho más por la sed, y por la añadidura de mil desagradables pensamientos, poniéndose en pie, comenzó a mirar por si veía cerca de sí u oyese a alguna persona, completamente dispuesta a, sucediese lo que sucediese, llamarla y pedirle ayuda. Pero también esto le había quitado su enemiga fortuna. Los labradores se habían ido del campo por el calor y además aquel día ninguno había ido allí cerca a trabajar porque junto a sus casas estaban trillando la mies; por lo que ninguna otra cosa oía sino cigarras, y veía el Arno, el cual, despertándole deseo de sus aguas, no disminuía su sed, sino que la acrecentaba. Veía, también, en muchos lugares bosques y sombras y casas, todas las cuales deseándolas por igual, la angustiaban. ¿Qué diremos más de la desventurada viuda? El sol por arriba y el ardor del terrado por abajo, y las heridas de las moscas y los tábanos por los lados, de tal manera la habían puesto que ella, que la noche pasada con su blancura vencía a las tinieblas, entonces, roja como el almagre y toda manchada de sangre, habría parecido a quien la hubiese visto la cosa más fea del mundo. Y estando así, sin nada pensar ni esperar, más esperando la muerte que otra cosa, siendo ya pasada la mitad de nona, el escolar, levantándose de dormir y acordándose de su señora, para ver lo que era de ella se volvió a la torre, y a su criado, que estaba todavía en ayunas, lo mandó a comer; al cual, habiéndolo la mujer sentido, débil y angustiada por el grave dolor, vino sobre el saledizo y, sentándose, comenzó a decir llorando:

—Rinieri, bien y fuera de toda medida te has vengado que, si yo te hice congelarte de noche en mi patio, tú me has hecho asar de día sobre esta torre, y aun quemar, y además de ello, morir de hambre y de sed; por lo que te ruego por el único Dios que subas aquí, y puesto que no me sufre el ánimo darme a mí misma la muerte, dámela tú, que la deseo más que otra cosa, tanto y tal es el tormento que siento. Y si esta gracia no quieres hacerme, al menos hazme traer un vaso de agua, que pueda mojarme la boca, a la que no bastan mis lágrimas de tanta sequedad y ardor que tengo por dentro.

Bien conoció el escolar en la voz su debilidad, y también vio su cuerpo todo abrasado al sol, por las cuales cosas y por sus humildes ruegos un poco de compasión sintió por ella; pero, sin embargo, respondió:

—Mujer malvada, no morirás tú a mis manos; morirás por las tuyas si ganas te dan; y tanta agua recibirás de mí para aliviar tu calor cuanto fuego yo tuve para mitigar mi frío. Y mucho lamento que la enfermedad que me causó a mí el frío con el calor del hediondo estiércol tuvo que curarse, mientras la de tu calor se curará con el frescor de la olorosa agua de rosas; y mientras yo estuve a punto de perder los nervios y la vida, tú, despellejada con este calor, no de otro modo quedarás hermosa que como hace la serpiente al dejar la vieja piel.

—¡Oh mísera de mí! —dijo la mujer—, esta hermosura conseguida de tal manera otorgue Dios a las personas que mal me quieren; pero tú, más cruel que fiera alguna, ¿cómo has podido sufrir desgarrarme de esta manera? ¿Qué debía esperar yo de ti ni de ningún otro si bajo crueles tormentos hubiese matado a todos tus parientes? Ciertamente no sé qué crueldad mayor podría haberse usado con un traidor que toda una ciudad hubiese pasado a cuchillo, que la que tú has tenido conmigo al hacerme asar al sol y ser comida por las moscas; y además de esto, no querer darme un vaso de agua, pues a los homicidas condenados por los tribunales cuando van a su muerte se les da a beber vino muchas veces si ellos lo piden. Ahora bien, puesto que te veo firme en tu acerba crueldad y que mi sufrimiento no te conmueve, con paciencia me dispondré a recibir la muerte para que Dios tenga misericordia de mi alma, al cual ruego que con justicieros ojos esta tu acción contemple.

Y dichas estas palabras, se arrastró con dura pena hasta el centro del terrado, desesperando de poder escapar a tan ardiente calor; y no una vez sino mil, además de sus otros dolores, creyó morir de sed, llorando siempre fuerte y de su desgracia doliéndose. Pero llegado ya el crepúsculo y pareciéndole al escolar haber hecho bastante, haciendo recoger las ropas de ella y envolviéndolas en la capa del criado, se fue a la casa de la mísera mujer y allí, desconsolada y triste y sin saber qué hacer encontró a su criada sentada a la puerta; a la cual dijo:

—Buena mujer, ¿qué es de tu señora?

A quien la criada respondió:

—Señor, no lo sé; esta mañana creí que la encontraría en la cama adonde ayer por la noche me había parecido verla irse, pero no la he encontrado ni allí ni en ningún otro lugar y no sé qué le habrá sucedido, por lo que vivo con grandísimo dolor; pero vos, señor, ¿sabríais decirme algo de ella?

A lo que el escolar repuso:

—¡Así te hubiese tenido a ti junto con ella donde la he tenido, para haberte castigado de tu culpa como la he castigado a ella de la suya! Pero seguramente no te me escaparás sin que te pague tan bien por tus obras que nunca te burles de ningún hombre bueno sin acordarte de mí.

Y dicho esto, dijo a su criado:

—Dale esas ropas y dile que vaya a buscarla si quiere.

El criado hizo lo que le mandaba; por lo que la mujer, cogiéndolas y reconociéndolas, oyendo lo que le habían dicho, mucho temió que la hubiese matado, y a duras penas se contuvo de gritar; y echándose a llorar, habiéndose ya ido el escolar, con ellas se fue corriendo hacia la torre. Había, por desventura, aquel día, un labrador de esta señora extraviado dos cerdos, y andando en su busca, poco después de la partida del escolar llegó a aquella torrecilla, y mirando por todas partes a ver si veía sus cerdos, sintió el miserable llanto de la desventurada mujer; por lo que, subiendo allí cuanto pudo, gritó:

—¿Quién está llorando ahí?

La señora conoció la voz de su labrador, y llamándolo por el nombre, dijo:

—¡Ah, vete a por mi criada y haz de manera que ella pueda venir aquí arriba a buscarme!

El labrador, conociéndola, dijo:

—¡Ay, señora!, ¿y quién os subió ahí? Vuestra criada está todo el día buscándoos; ¿pero quién hubiera pensado que estuvieseis ahí?

Y cogiendo los largueros de la escala, comenzó a ponerla en donde estar solía y a atarlos con vilortas y palos de un lado a otro; y en éstas, la criada apareció y, entrando en la torre, no pudiendo ya contener la voz, dándose golpes con las palmas de las manos, comenzó a gritar:

—¡Ay, dulce señora mía!, ¿dónde estáis?

La señora, oyéndola, lo más fuerte que pudo, dijo:

—¡Oh, hermana mía, estoy aquí arriba! No llores sino que tráeme pronto mis ropas.

Cuando la criada la oyó hablar, casi por completo consolada, subió por la escala ya casi completamente arreglada por el labrador, y ayudada por él, llegó al terrado; y viendo a su señora que no parecía tener cuerpo humano sino ser el tronco de una vid achicharrado por el fuego, toda vencida, toda inerte, yaciendo desnuda en tierra, arañándose el rostro comenzó a llorar sobre ella no de otra manera que si estuviese muerta. Pero la señora le rogó por Dios que se callara y le ayudase a vestirse; y habiendo sabido por ella que nadie sabía dónde había estado sino los que le habían llevado las ropas y el labrador que al presente estaba allí, un tanto consolada por ello, les rogó por Dios que nunca a nadie dijesen nada de aquello. El labrador, luego de mucha charla, llevando a la señora en brazos, porque no podía andar, seguramente la sacó de la torre. La desdichada criada, que detrás se había quedado, bajando menos cuidadosamente, se torció un pie y cayó de la escala al suelo rompiéndose una cadera, y con el dolor que sentía comenzó a bramar que parecía un león. El labrador, dejando a la señora en un prado, fue a ver qué tenía la criada, y hallándola con la cadera rota, igualmente la llevó al prado y la dejó junto a su señora; la cual, viendo esto añadirse a sus males, y haberse roto la cadera aquella por quien esperaba ser ayudada más que por nadie, triste sin medida comenzó de nuevo su llanto tan miserablemente que no sólo el labrador no pudo consolarla sino que también él comenzó a llorar. Pero estando ya bajo el sol, para que aquí no les cogiese la noche, tal como plugo a la desconsolada señora, fue a su casa y llamando a dos de sus hermanos y a la mujer, y volviendo allí con una tabla, sobre ella colocaron a criada y señora y a casa las llevaron; y reconfortada la señora con un poco de agua fresca y con buenas palabras, cogiéndola el labrador en brazos, la llevó a su alcoba. La mujer del labrador, habiéndole dado de comer pan ensopado y desnudándola luego, la metió en la cama, y organizaron las cosas de manera que ella y su criada fuesen de noche llevadas a Florencia; y así se hizo. Allí, la señora, que gran acopio de embustes tenía, inventando una fábula muy diferente de las cosas sucedidas, tanto de ella como de su criada hizo creer a sus hermanos, y a sus cuñadas y a todas las demás personas, que por arte de los demonios esto les había sucedido. Los médicos fueron prestamente y no sin grandísimo dolor y sufrimiento de la señora, que toda la piel dejó muchas veces pegada a las sábanas, de una grave fiebre y de otros accidentes la curaron, y semejantemente a la criada de la cadera; por la cual cosa la señora, olvidado su amante, de entonces en adelante de hacer burlas y de amar se guardó prudentemente; y el escolar, oyendo que a la criada se le había roto la pierna y pareciéndole haber logrado completa venganza, contento, dejó las cosas así. Así pues, esto fue lo que sucedió a la necia joven por sus burlas, por creer que podía divertirse con un escolar como habría podido con otros, no sabiendo que éstos (no digo todos pero sí la mayor parte) saben dónde tiene la cola el diablo. Y, por ello, señoras, guardaos de las burlas, y especialmente a los escolares.

Novela octava

De dos amigos que siempre están juntos uno se acuesta con la mujer del otro, este otro, apercibiéndose, de acuerdo con su mujer lo encierra en un arcón sobre el cual, estando aquél dentro, con la mujer de él se acuesta.

Graves y dolorosos habían sido los casos de Elena a los oídos de las señoras, pero porque en parte estimaban que le habían ocurrido justamente, con más moderada compasión los habían sobrellevado, aunque inflexible y fieramente constante, así como cruel, reputasen al escolar. Pero habiendo Pampínea llegado al fin, la reina ordenó a Fiameta que continuase; la cual, deseosa de obedecer, dijo:

Amables señoras, como me parece que os ha causado alguna amargura la severidad del ofendido escolar, estimo que sea conveniente ablandar con alguna cosa más deleitable los exasperados espíritus; y por ello entiendo contaros una historieta sobre un joven que con ánimo más manso recibió una injuria, y la vengó con una acción más moderada; por la cual podréis comprender que cada uno debe contentarse, como el asno, con recibir cuanto ha dado contra la pared, sin desear (sobrepasando las conveniencias de la venganza) injuriar cuando lo que pretende es vengar la recibida injuria.

Debéis, pues, saber, que en Siena, como he oído decir, hubo dos jóvenes asaz acomodados y de buenas familias plebeyas, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio de Távena y el otro Zeppa de Mino, y los dos eran vecinos en Cainollia[304]. Estos dos jóvenes siempre estaban juntos y, a lo que parecía se amaban como si fuesen hermanos o más; y cada uno tenía por mujer a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que yendo Spinelloccio muy frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin estar, de tal manera intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con ella; y así continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese. Pero al cabo, estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer, Spinelloccio vino a buscarlo. La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que Spinelloccio, subiendo prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y viendo que nadie más había, abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa, que esto vio, no dijo palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde llegaba aquel juego; y en breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así abrazados a la alcoba y encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero sabiendo que ni por hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa, sino que crecería el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que, sin divulgarse, tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar, pareciéndole haber encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto Spinelloccio estuvo con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su alcoba, donde encontró a su mujer que todavía no había terminado de colocarse en la cabeza la toca, que jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y dijo:

—Mujer, ¿qué haces?

A lo que la mujer respondió:

—¿No lo ves?

Dijo Zeppa:

—Bien lo veo, ¡y también he visto otra cosa que no querría!

Y con ella empezó a hablar de las cosas ocurridas; y ella, con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas, habiéndole confesado lo que claramente negar no podía de su intimidad con Spinefloccio, llorando comenzó a pedirle perdón. A quien Zeppa dijo:

—Mira, mujer, has hecho mal; y si quieres que te lo perdone piensa en hacer obedientemente lo que voy a ordenarte, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la mañana hacia la hora de tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y venir contigo; y cuando esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en este arcón y enciérralo dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo demás que tienes que hacer; y en hacer esto no tengas ningún temor porque te prometo que no le haré ningún mal.

La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a aquella hora, dijo a Zeppa:

—Esta mañana tengo que ir a almorzar con un amigo a quien no quiero hacer esperar, así que quédate con Dios.

Dijo Zeppa:

—Todavía no es hora de almorzar hasta dentro de un rato.

Spinelloccio dijo:

—No importa; tengo también que hablar con él de un asunto mío; de manera que me conviene estar temprano.

Separándose, pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una vuelta, se fue a su casa con su mujer; y había acabado de entrar en la alcoba cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo la mujer, mostrándose muy miedosa, le hizo meterse en el arcón que su marido le había dicho, y lo encerró dentro y salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba, dijo:

—Mujer, ¿es hora de almorzar?

La mujer respondió:

—Si, ya es.

Dijo entonces Zeppa:

—Spinelloccio ha ido a almorzar con un amigo suyo y ha dejado sola a su mujer; asómate a la ventana y llámala, y dile que venga a almorzar con nosotros.

La mujer, temiendo por ella misma, y por eso muy obediente, hizo lo que el marido le ordenaba. La mujer de Spinelloccio, rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino allí al oír que su marido no venía a almorzar; y cuando ella hubo llegado, Zeppa, haciéndole grandes halagos y cogiéndola familiarmente por la mano, mandó en voz baja a su mujer que se fuese a la cocina, y a ella se la llevó a la alcoba; y cuando estuvo allí quedándose atrás, cerró la alcoba por dentro. Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro, dijo:

—¡Ay, Zeppa!, ¿qué quiere decir esto? ¿Éste es el amor que tenéis a Spinelloccio y la leal compañía que me hacéis?

A quien Zeppa, acercándose al arcón donde estaba encerrado su marido y agarrándola bien, dijo:

—Señora, antes de quejarte, escucha lo que voy a decirte: yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano; y ayer, sin saberlo él, me encontré con que la confianza que yo tenía en él había llegado a que él con mi mujer se acuesta como lo hace contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo tomar otra venganza contra él sino la que iguale a la ofensa: él ha tenido a mi mujer y yo entiendo tenerte a ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello y como no pienso dejar esta ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni él estaréis nunca contentos.

La mujer, al oír esto, y luego de muchas confirmaciones que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:

—Zeppa mío, puesto que esta venganza debe caerme encima, estoy contenta de ello, siempre que hagas que esto que debemos hacer no me enemiste con tu mujer tal como yo espero seguir en paz con ella a pesar de lo que me ha hecho.

A quien Zeppa contestó:

—Con seguridad eso haré; y además de ello te daré una joya tan hermosa y preciada como ninguna otra tienes.

Y dicho esto, abrazándola y comenzando a besarla, la echó sobre el arcón donde estaba encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo se solazó con ella y ella con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había oído todas las palabras dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego había sentido la danza trevisana[305] que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato grandísimo sintió tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a Zeppa, le habría gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba. Luego, pensando mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía razón en hacerle lo que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente y como amigo, se dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si éste quería. Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón, y pidiéndole la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su mujer, la cual no dijo otra cosa sino:

—Señora me habéis dado un pan por unas tortas —y lo dijo riéndose.

A quien Zeppa dijo:

—Abre ese arcón —y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a la señora a su Spinelloccio. Y largo sería de decir cuál de los dos se avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa y sabiendo que sabía lo que él había hecho, o la mujer viendo a su marido y conociendo que él había oído y sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.

A la cual dijo Zeppa:

—Aquí está la joya que te doy.

Spinelloccio, saliendo del arcón, sin gastar muchas palabras, dijo:

—Zeppa, estamos igualados, y por ello está bien, como le decías antes a mi mujer, que sigamos siendo amigos como solíamos: y no teniendo entre nosotros nada que no sea común sino las mujeres, que también las mujeres compartamos.

Zeppa estuvo contento, y en la mayor paz del mundo almorzaron los cuatro juntos; y de entonces en adelante cada una de aquellas mujeres tuvo dos maridos y cada uno de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran nunca ninguna discusión ni enfado por aquello.

Novela novena

El maestro Simón, médico, habiendo sido hecho ir por Bruno y Buffalmacco (para entrar en una compañía que van de corsarios) de noche a cierto lugar, es arrojado por Buffalmacco en una fosa de inmundicias y abandonado allí.

Luego de que las señoras un rato hubieron hablado de la comunidad de mujeres establecida por los dos sieneses, la reina, a quien sólo quedaba el novelar (si no quería hacerse injuria a Dioneo), comenzó:

Muy merecidamente, amorosas señoras, ganó Spinelloccio la burla que le fue hecha por Zeppa; por la cual cosa no me parece que agriamente deba ser reprendido, como Pampínea quiso hace poco demostrar, quien burla a quien lo va buscando o que se lo mereció. Spinelloccio se lo mereció, y yo entiendo hablar de uno que lo fue buscando, estimando que quienes se la gastaron no fueron dignos de reproche sino de alabanzas. Y aquel a quien se la gastaron fue un médico que de Bolonia volvió a Florencia todo cubierto de pieles de armiño.

Tal como todos los días vemos, nuestros conciudadanos vuelven aquí de Bolonia cuál juez, cuál médico, cuál notario, con las ropas largas y anchas y con las escarlatas y con los armiños[306] y con otras muchas apariencias de grandeza, a las cuales cómo siguen los hechos también lo vemos todos los días. Entre los cuales, un maestro Simón de la Villa, más rico en bienes paternos que en ciencia, no hace mucho tiempo, vestido de escarlata y con una gran beca, doctor en medicina como él mismo se decía, aquí volvió, y se aposentó en la calle que nosotros llamamos hoy Vía del Cocomero[307]. Este maestro Simón, recientemente llegado, como se ha dicho, entre sus otras costumbres notables tenía la costumbre de preguntar a quien con él estuviese quién era cualquier hombre que hubiese visto pasar por la calle; y como si de los actos de los hombres debiese componer la medicina que tenía que dar a sus enfermos, en todos se fijaba y lo recordaba todo. Y entre los demás en quienes con más interés puso los ojos, hubo dos pintores sobre los que aquí se ha hablado hoy dos veces, Bruno y Buffalmacco, que siempre estaban juntos y eran sus vecinos. Y pareciéndole que estos dos menos preocupaciones que nadie en el mundo tenían y vivían muy alegremente, cómo vivían y cuál era su condición preguntó a muchas personas; y oyéndoles a todos que aquéllos eran hombres pobres y pintores, se le metió en la cabeza que no debía poder ser que tan alegremente viviesen en su pobreza sino que pensó (porque había oído que eran hombres astutos) que de algún otro lugar no sabido por los hombres lograban grandísimos beneficios, y por ello dio en el deseo de querer, si podía, con los dos o por lo menos con uno tener amistad, y le ocurrió hacer amistad con Bruno. Y Bruno, conociendo en las pocas veces que con él había estado que este médico era un animal, comenzó a divertirse con él cuanto podía con sus historias; y semejantemente el médico comenzó a tomar de él maravilloso placer. Y habiéndolo una vez invitado a comer con él y por ello creyendo que podía hablar con él en confianza, le dijo la maravilla que le causaban él y Buffalmacco que, siendo hombres pobres, tan alegremente vivían, y le rogó que le enseñase cómo hacían. Bruno, oyendo al médico y pareciéndole la pregunta una de las suyas, necias e insípidas, comenzó a reírse y pensó en responderle según a su borreguez correspondía, y dijo:

—Maestro, no le diría a muchas personas lo que hacemos, pero de decírselo a vos, que sois amigo y que sé que a nadie más lo diréis, no me guardaré. Es verdad que mi compañero y yo vivimos tan alegremente y tan bien como os parece, y mucho más; y no es de nuestro oficio ni de ningún otro fruto que podamos sacar de nuestras posesiones, de donde no podríamos pagar ni siquiera el agua que necesitamos; y no quiero por ello que creáis que andamos robando sino que andamos de corsarios, y de esto todo lo que necesitamos y nos gusta, sin daño de un tercero, lo sacamos todo; y de esto viene el alegre vivir que nos veis.

El médico, al oír esto, y sin saber qué era, creyéndolo, se maravilló mucho, y súbitamente entró en ardentísimo deseo de saber qué era andar de corsarios, afirmándole que por cierto nunca se lo diría a ninguna persona.

—¡Ay! —dijo Bruno—, maestro, ¿qué me pedís? Es un secreto demasiado grande el que queréis saber, y es cosa que me destruiría y me arrojaría del mundo y también que me pondría en boca del Lucifer de San Gallo[308] si otra persona lo supiese: pero es tan grande el amor que siento por vuestra cualitativa melonez de Legnaia[309] y la fe que en vos tengo, que no puedo negaros nada que queráis; y por ello os lo diré, con la condición de que me juréis por la cruz de Montesori que nunca, como lo habréis prometido, lo diréis.

El maestro afirmó que no lo haría.

—Debéis, pues, saber —dijo Bruno—, endulzado maestro mío, que no hace mucho que hubo en esta ciudad un gran maestro de nigromancia que tuvo por nombre Michele Scotto[310], porque era de Escocia y que de muchos gentileshombres de los cuales pocos están hoy vivos, recibió grandísimo honor; y queriendo irse de aquí, a instancia de sus ruegos dejó a dos de sus capaces discípulos, a quienes ordenó que a todos los gustos de estos tales gentileshombres que le habían honrado estuviesen siempre dispuestos. Éstos, pues, servían a los dichos gentileshombres en ciertos amores suyos y en otras cosas libremente; luego, gustándoles la ciudad y las costumbres de los hombres, se dispusieron a estar siempre unidos en grande y estrecha amistad con algunos, sin mirar que fuesen más o menos nobles que no nobles, ni más ricos que pobres, solamente que fuesen hombres conforme a su gusto. Y por complacer a estos tales amigos suyos, organizaron una compañía de unos veinticinco hombres, los cuales al menos dos veces al mes tuvieran que reunirse en algún lugar concertado entre ellos; y estando allí, cada uno les dice a éstos su deseo y prestamente ellos lo satisfacen por aquella noche; con los cuales dos teniendo Buffalmacco y yo singular amistad y confianza, por ellos en la tal compañía fuimos incluidos, y somos. Y os digo que siempre que sucede que nos reunamos, es cosa maravillosa de ver los tapices que cuelgan en torno a la sala donde comemos y las mesas puestas a la real y la cantidad de nobles y apuestos servidores, tanto hombres como mujeres, al servicio de todos cuantos están en la compañía, y las palanganas, los aguamaniles, los frascos y las copas y las demás vajillas de oro y de plata en las cuales comemos y bebemos; y además de esto los muchos y variados manjares, según lo que cada uno desea, que traen delante de cada uno a su tiempo. No podré jamás pintaros cuántos y cuáles son los dulces sones de los instrumentos infinitos y los cantos llenos de armonía que se oyen allí, ni os podré decir cuánta sea la cera que arde en estas cenas ni cuántos sean los dulces que en ellas se consumen y qué preciados son los vinos que allí se beben. Y no querría, sabrosa calabaza mía, que creyerais que estamos nosotros allí con este traje o con estas ropas que veis; no hay allí ninguno tan desdichado que no parezca un emperador, pues así estamos con ricos vestidos y hermosas cosas adornados. Pero sobre todos los demás placeres que hay allí está el de las mujeres bellas, las cuales inmediatamente, si uno las quiere, le son traídas de cualquier parte del mundo. Veríais allí a la señora de los barbáricos, la reina de los vascos, la mujer del sultán, la emperatriz de Osbech, la charlánfora de Norrueca[311], la seminstante de Berlinzonia y la astuciertra de Narsia. ¿Y por qué enumerarlas? Están allí todas las reinas del mundo, digo que hasta la chinchimurria del Preste Juán[312]: ¡así que mirad! Y después de que han bebido y han comido dulces, bailado una danza o dos, cada una con aquel a cuyas instancias se la ha hecho venir se va a la alcoba; ¡y sabed que aquellas alcobas parecen un paraíso a la vista, de bellas que son! Y no son menos odoríferas que los tarritos de especias de vuestra tienda cuando mandáis machacar el comino; y tienen camas que parecen más hermosas que las del dogo de Venecia, y a ellas van a reposar. ¡Pues el tejemaneje con las estriberas y las viaderas que se traen las tejedoras para hacer el paño cerrado, os dejaré que lo imaginéis! Pero entre quienes mejor están, según mi parecer, estamos Buffalmacco y yo, porque Buffalmacco la mayoría de las veces hace venir para él a la reina de Francia y yo a la de Inglaterra, las cuales son dos de las más hermosas reinas del mundo; y tanto hemos sabido hacer que no miran más que por nuestros ojos; por lo que por vos mismo debéis juzgar si es que podemos y debemos vivir y andar mucho más contentos que los demás hombres pensando que tenemos el amor de tales dos reinas; sin contar que, cuando queremos que nos den mil o dos mil florines, no los conseguimos. Y esto es lo que vulgarmente llamamos «ir de corsarios» porque como los corsarios les cogen las cosas a todos, así hacemos nosotros; sino que somos diferentes de ellos en que ellos jamás las devuelven mientras que nosotros las devolvemos en cuanto las usamos. Ahora habéis, maestro mío bueno, entendido lo que decíamos por «ir de corsario», pero lo secreto que esto debe quedar, podéis verlo vos mismo, y por ello más no os digo ni os ruego.

El maestro, cuya ciencia no llegaba tal vez sino para medicar las pupas de los niños, prestó tanta fe a las palabras de Bruno cuanta sería debida a cualquier verdad, y en tan gran deseo se inflamó de que le recibiesen en esta compañía cuanto en cualquier otra cosa más deseable podría haberse encendido. Por la cual cosa, repuso a Bruno que con certeza no era maravilla que estuviesen tan contentos y con gran trabajo se contuvo de pedirle que lo hiciera entrar allí hasta tanto que, habiéndole hecho mayores honores, pudiera con más confianza exponerle sus súplicas. Habiéndose, pues, contenido, comenzó a frecuentarlo mucho y a tenerlo mañana y tarde comiendo en su casa y a mostrarle desmesurado amor; y era tan grande y tan continua esta intimidad suya que no parecía sino que sin Bruno el maestro no podía ni sabía vivir. Bruno, pareciéndole que le iba bien, para no parecer ingrato a este honor que le hacía el médico, le habla pintado en el comedor suyo a la Cuaresma, y un agnus dei a la entrada de la alcoba y sobre la puerta de entrada de la calle un orinal, para que quienes tuviesen necesidad de su consejo pudieran distinguirla de las otras[313]; y en un balconcito le habla pintado la batalla de los ratones y los gatos, que cosa muy hermosa parecía al médico; y además de esto, decía algunas veces al maestro, cuando no había cenado con él:

—Anoche estuve con la compañía, y habiéndome cansado un poco de la reina de Inglaterra, me hice traer la gudmedra del Gran Kahn de Altarisi[314].

Decía el maestro:

—¿Qué quiere decir gudmedra? No conozco esa palabra.

—Oh, maestro mío —decía Bruno—, no me maravillo de ello, que bien he oído decir que ni Hipograto ni Vanacena dicen nada de ello.

Dijo el maestro:

—Quieres decir Hipócrates y Avicena.

Dijo Bruno:

—Por mi madre que no lo sé, de vuestros nombres entiendo tan poco como vos de los míos; pero «gudmedra» en la lengua del Gran Khan quiere decir tanto como «emperatriz» en la nuestra. ¡Ah, qué buena hembra os parecería! Bien sé deciros que os haría olvidar las medicinas y las lavativas y todos los emplastos.

Y así diciéndole alguna vez por más azuzarlo, sucedió que, pareciéndole al señor maestro (una noche que estaba de conversación con Bruno mientras le sostenía la luz para que pintase la batalla de los ratones y de los gatos) que bien lo había conquistado con sus honores, se dispuso a abrirle su ánimo; y estando solos, dijo:

—Bruno, sabe Dios que no hay nadie por quien no hiciese yo cualquier cosa que haría por ti: y por poco, si me dijeses que fuera andando de aquí a Perétola, creo que iría; y por ello no quiero que te maravilles de lo que familiarmente y humildemente y con confianza voy a pedirte. Como bien sabes, no hace mucho que me hablaste de los modos de vuestra alegre compañía, a la que me ha entrado tan gran deseo de pertenecer, que ninguna otra cosa he deseado tanto. Y no está fuera de razón, como verás, que pertenezca, porque desde ahora quiero que te burles de mí si no hago que venga allí la más hermosa criatura que has visto hace mucho tiempo, que yo he visto el año pasado en Cacavincigli[315], a la que quiero todo el bien del mundo; y por el cuerpo de Cristo que querría darle diez boloñeses[316] gordos si me los consintiera, y no lo consiente. Y por ello lo más que puedo te ruego que me enseñes lo que tengo que hacer para poder entrar en ella, y que además hagas y obres de manera que entre; y en verdad tendréis conmigo un buen y fiel compañero y honorable. Tú aquí mismo puedes ver qué apuesto soy y cómo tengo las piernas bien plantadas, y que tengo una cara que parece una rosa; y además de ello soy doctor en medicina, que no creo que tengáis ninguno, y sé muchas buenas cosas y bellas cancioncillas, y voy a decirte una —y de golpe se puso a cantar. Bruno tenía tan grande gana de reír que no cabía en sí, pero se contuvo.

Y terminada la canción dijo el maestro:

—¿Qué te parece?

Dijo Bruno:

—Por cierto que con vos perderían las cítaras de saína[317], tan ortogóticamente recancanilláis[318].

Dijo el maestro:

—Digo que no lo habrías creído nunca si no me hubieseis oído.

—Por cierto decís verdad —dijo Bruno.

Dijo el maestro:

—Muchas otras sé; pero dejemos ahora esto. Así como me ves, mi padre fue hombre noble, aunque viviese en el campo, y también por parte de madre he nacido de los de Vallecchio; y como has podido ver, tengo mejores libros y mejores ropas que ningún médico en Florencia. A fe que tengo ropa que costó, todas las cuentas echadas, cerca de cien liras de bagatines[319], ya hace más de diez años. Por lo que lo más que puedo te ruego que hagas que entre; y a fe que si lo haces, si te pones enfermo alguna vez, nunca por mi oficio te cobraré un dinero.

Bruno, oyéndole, y pareciéndole, tal como otras veces ya le había parecido, un babieca, dijo:

—Maestro, acercad un poco más la luz acá, y no os canséis hasta que les haya pintado el rabo a estos ratones, y luego os responderé.

Terminados los rabos, Bruno, haciendo que mucho le pesaba la petición, dijo:

—Maestro mío, grandes cosas son las que haríais por mí, y yo lo sé; pero aun la que me pedís, aunque para la grandeza de vuestro cerebro sea pequeña, para mí es grandísima, y no sé de nadie en el mundo por quien, pudiendo yo, la hiciera si no la hiciese por vos, tanto porque os amo como es debido cuanto por vuestras palabras, las cuales están condimentadas con tanto buen juicio que quitarían las sandalias a las penitentes, no ya a mí mi propósito; y cuanto más os trato más sabio me parecéis. Y os digo ahora que, si otra cosa no me hiciera amaros, os amo tanto porque veo que estáis enamorado de cosa tan bella como me habéis dicho. Pero sólo quiero deciros: en estas cosas yo no tengo el poder que pensáis, y por ello no puedo hacer por vos lo que necesitaría hacerse; pero si me prometéis por vuestra grande y cauterizada fe guardarme el secreto, os diré el modo en que debéis obrar y me parece estar seguro, teniendo vos tan buenos libros y las demás cosas que antes me habéis dicho, que lo conseguiréis.

A quien el maestro dijo:

—Di con confianza. Veo que no me conoces bien y no sabes todavía cómo sé guardar un secreto. Había pocas cosas que micer Guasparruolo de Saliceto hiciese, cuando era juez del podestá de Forimpópoli, que no me las comunicase, tan buen secretario me encontraba[320]. ¿Y quieres saber si digo la verdad? Yo fui el primer hombre a quien dijo que iba a casarse con Bergamina: ¡mira tú!

—Pues está muy bien —dijo Bruno— si ese tal se fiaba, bien puedo fiarme yo. Lo que tenéis que hacer será esto: en nuestra compañía tenemos siempre un capitán con dos consejeros, que de seis en seis meses cambian, y sin falta Buffalmacco será capitán en las calendas, y así está establecido; y quien es capitán mucho poder tiene para hacer entrar o hacer que entre quien él quiera; y por ello me parece a mí que vos, lo antes que podáis, os hagáis amigo de Buffalmacco y le honréis. Él es hombre que viéndoos tan sabio se enamorará de vos incontinenti; y cuando le hayáis, con vuestro juicio y con estas cosas buenas que tenéis, un poco ablandado, se lo podréis pedir: él no podrá decir que no. Yo le he hablado ya de vos y os quiere lo más del mundo; y cuando hayáis hecho esto, dejadme a mí con él.

Entonces dijo el maestro:

—Mucho me place lo que dices; y si él es hombre que se deleite con los hombres sabios, y habla conmigo un poco, haré de manera que me estará siempre buscando, porque tanto juicio tengo que podría abastecer a una ciudad entera y seguir siendo sapientísimo.

Arreglado esto, Bruno le contó, por su orden, todo a Buffalmacco; con lo que a Buffalmacco le parecían mil años lo que faltaba para poder hacer lo que este maestro arrope andaba buscando. El médico, que desmesuradamente deseaba ir de corsario, no cejó hasta que se hizo amigo de Buffalmacco, lo que le fue fácil hacer, y comenzó a ofrecerle las mejores cenas y los mejores almuerzos del mundo, y a Bruno junto con él, y se garapiñaban como señores, probando bonísimos vinos y gordos capones y otras muchas cosas buenas, no se le separaban; y sin esperar a que los invitase, diciendo siempre que con ningún otro lo harían, se quedaban con él. Pero cuando pareció oportuno al maestro, como había hecho con Bruno requirió a Buffalmacco; con lo que éste se mostró muy enojado y le hizo a Bruno un gran alboroto, diciendo:

—Voto al alto Dios de Pasignano[321] que me tengo en poco si no te doy tal en la cabeza que te hunda la nariz hasta los calcañares, traidor, que nadie sino tú ha podido manifestar estas cosas al maestro.

Pero el maestro lo excusaba mucho, diciendo y jurando que lo había sabido por otro lado; y luego de muchas de sus sabias palabras, lo pacificó. Buffalmacco, volviéndose al maestro, dijo:

—Maestro mío, bien se ve que habéis estado en Bolonia y que a esta ciudad habéis traído la boca cerrada; y aún os digo más: que no habéis aprendido el abecé en una manzana, como quieren hacer muchos necios, sino que en un melón la aprendisteis bien, que es tan largo; y si no me engaño, fuisteis bautizado en domingo[322]. Y aunque Bruno me había dicho que habíais estudiado allí medicina, me parece a mí que lo que aprendisteis fue a domesticar a los hombres, lo que mejor que ningún hombre que yo haya visto sabéis hacer con vuestro juicio y vuestras palabras.

El médico, cortándole la palabra en la boca, dijo a Bruno:

—¡Qué cosa es hablar y tratar con los sabios! ¿Quién habría tan pronto comprendido todas las particularidades de mi sentimiento como lo ha hecho este hombre de valer? Tú no te enteraste tan pronto de lo que yo valía como ha hecho él; pero al menos di lo que te dije yo cuando me dijiste que Buffalmacco se deleitaba con los hombres sabios: ¿te parece que lo he conseguido?

Dijo Bruno:

—¡Aun mejor!

Entonces el maestro dijo a Buffalmacco:

—Otra cosa hubieras dicho si me hubieses visto en Bolonia, donde no había ninguno, grande ni pequeño, ni doctor ni escolar, que no me amase lo más del mundo, tanto podían aprender con mi razonar y con mi sabiduría. Y te digo más, que nunca dije palabra que no hiciese reír a todos, tanto les agradaba; y cuando me fui de allí todos lloraron el mayor llanto del mundo, y todos querían que me quedase, y a tanto llegó la cosa para que me quedase que quisieron dejarme a mí solo para que leyese, a cuantos escolares allí había, la medicina, pero no quise porque estaba dispuesto a venirme aquí a recibir la grandísima herencia que aquí tenía que ha sido siempre de los de mi familia; y así lo hice.

Dijo entonces Bruno a Buffalmacco:

—¿Qué te parece? No me lo creías cuando te lo decía. ¡Por el Evangelio, no hay en esta ciudad médico que entienda de orina de asno como éste, y ciertamente no encontrarías otro de aquí a París! ¡Vete y cuídate de ahora en adelante de no hacer lo que dice!

Dijo el médico:

—Bruno dice verdad, pero aquí no soy estimado. Vosotros sois más bien gente ruda, pero querría que me vieseis entre los doctores como suelo estar.

Entonces dijo Buffalmacco:

—Verdaderamente, maestro, sabéis mucho más de lo que yo habría creído, y hablándoos como debe hablarse a sabios como lo sois Vos, faramalladamente[323] os digo que conseguiré sin falta que seáis de nuestra compañía.

Los honores hechos por el médico a éstos después de esta promesa se multiplicaron; por lo que ellos, divirtiéndose, le hacían comulgar con las mayores necedades del mundo, y prometieron darle por mujer a la condesa Civillari[324], que era la cosa más hermosa que podía encontrarse en todas las culeras de la generación humana. Preguntó el médico quién era esta condesa; al cual dijo Buffalmacco:

—Gran pepino mío[325], es una gran señora y pocos casos hay en el mundo en los que ella no tenga una gran jurisdicción; y no digo otros, sino hasta los frailes menores con repique de atabales le rinden tributo[326]. Y suele decirse que cuando anda por la calle bien se hace sentir por muy encerrada que vaya; y no hace mucho que os pasó por delante de la puerta una noche que iba al Arno a lavarse los pies y para tomar un poco el aire; pero su más continua habitación es Laterina[327]. Muchos de sus sargentos van por ahí de guardia, y todos, para mostrar su señorío, llevan la vara y la bola[328]. Por todas partes se ven a sus barones, como Tamañin de la Puerta[329], don Boñiga, Mango de la Escoba, Diarrea y otros, los cuales creo que son conocidos vuestros, pero ahora no os acordáis. A tan gran señora, pues (dejando a un lado a la de Cacavincigli), si el pensamiento no nos engaña, pondremos en vuestros dulces brazos.

El médico, que había nacido y crecido en Bolonia, no entendía los vocablos de éstos, por lo que con aquello de la mujer se tuvo por contento; y no mucho después de estas historias le dijeron los pintores que había sido admitido. Y llegado el día cuya noche siguiente debían reunirse, el maestro les invitó a los dos a almorzar, y cuando hubieron almorzado, les preguntó el modo que tenía que seguir para entrar en aquella compañía. Al cual Buffalmacco dijo:

—Mirad, maestro, a vos os conviene encontrar la manera de estar esta noche a la hora del primer sueño sobre uno de esos sepulcros altos que hace poco tiempo han puesto fuera de Santa María la Nueva[330], con uno de vuestros trajes mejores puesto para que comparezcáis por primera vez honorablemente ante la compañía; y también porque, por lo que se ha dicho (que nosotros no hemos estado allí) como sois noble, la condesa entiende haceros caballero bañado[331] a su costa, y allí esperad hasta tanto que vaya a por vos quien mandemos. Y para que estéis informado de todo vendrá a por vos una bestia negra y cornuda no muy grande, e irá haciendo por la plaza, delante de vos, gran soplar y gran saltar para espantaros; pero luego, cuando vea que no os espantáis, se os acercará despacio; y cuando esté a vuestro lado, vos, entonces, sin ningún miedo bajaos del sepulcro, y sin acordaros de Dios ni de los santos, saltad encima, y en cuanto estéis acomodado encima, a modo de hacer cortesía, poneos las manos sobre el pecho sin más tocar a la bestia. Ella entonces se moverá suavemente y os traerá a nosotros; pero desde ahora os digo que si os acordáis de Dios o los santos, o si sentís miedo, podrá arrojaros o golpearos en algún lugar que lo sentiríais; y por ello, si os da el corazón que vais a sentir temor no vengáis, que os haréis daño a vos sin hacernos a nosotros ningún favor.

Entonces dijo el médico:

—No me conocéis aún: miráis tal vez que llevo puestos guantes y ropas largas. Si supierais lo que he hecho yo de noche en Bolonia, cuando a veces iba de mujeres con mis compañeros os maravillaríais. A fe que hubo una noche, no queriendo una venir con nosotros (y era una desgraciadilla, lo que es peor, que no levantaba un palmo del suelo) y le di primero muchos puñetazos, luego, cogiéndola en vilo creo que la llevaría, así como un tiro de ballesta y en fin, hice de manera que tuvo que venirse con nosotros. Y otra vez me acuerdo de que, sin estar conmigo más que un criado, allá un poco después del avemaría pasé junto al cementerio de los frailes menores: y aquel mismo día habían enterrado allí a una mujer y no sentí ningún miedo; así que no desconfiéis de mí, que soy muy valiente y sin miedo. Y os digo que, para estar bien honorable, me pondré la toga escarlata con la que me doctoré, y veréis si la compañía se alegra cuando me vea y si me hacen enseguida capitán. Ya veréis cómo va el negocio cuando haya estado yo allí si sin haberme visto esa condesa quiere ya hacerme caballero bañado, tanto se ha enamorado de mí, ¿y es que la caballería me sentará mal?, ¿y la sabré llevar tan mal, o bien? Dejadme hacer a mí.

Buffalmacco dijo:

—Muy bien decís; pero cuidad de no burlarnos y no venir allí, o que no os encuentren en el lugar cuando mandemos a por vos; y os digo esto porque hace frío y vosotros los señores médicos os guardáis mucho de él.

—¡No quiera Dios! —dijo el médico—. Yo no soy de esos frioleros, no me preocupa el frío; pocas veces hay que me levante de noche para hacer de cuerpo, como hay que hacer a veces, y me ponga más de una pelliza sobre el jubón; y por ello, con seguridad estaré allí.

Yéndose, pues, éstos, cuando se iba haciendo de noche, el maestro encontró excusas en su casa, para decirle a su mujer; y llevándose ocultamente su bella toga, cuando le pareció oportuno, poniéndosela encima, se subió a uno de los dichos sepulcros; y encogido sobre aquellos mármoles, siendo grande el frío, comenzó a esperar a la bestia. Buffalmacco, que era grande y robusto de persona, encargó una de esas máscaras que suelen usarse en algunos juegos que hoy no se hacen[332], y se puso encima una pelliza negra del revés, y se la puso de tal manera que parecía un oso, a no ser que la máscara tenía el rostro del diablo y era cornuda. Y así preparado, viniendo Bruno detrás para ver cómo iba el asunto, se fue a la plaza nueva de Santa María la Nueva; y cuando se dio cuenta de que el señor médico estaba allí, empezó a brincar de tal manera y a dar tales saltos grandísimos por la plaza y a resoplar y a gritar y a chillar de guisa que parecía endemoniado. Al cual, como el maestro sintió y vio, todos los pelos se le pusieron de punta, y comenzó a temblar todo él como quien era más miedoso que una hembra, y hubo un momento en que hubiese querido más estar en su casa que allí; pero, sin embargo, puesto que había ido allí, se esforzó en tener valor, pues tanto podía el deseo de llegar a ver las maravillas contadas por aquéllos. Pero después de que Buffalmacco hubo diableado un tanto, como se ha dicho, pareciendo que se tranquilizaba se acercó al sepulcro sobre el que estaba el maestro y se quedó quieto. El maestro, como quien todo temblaba de miedo, no sabía qué hacerse, si montar encima o quedarse. Por último, temiendo que le hiciera daño si no se subía, con el segundo miedo venció el primero y, bajando del sepulcro diciendo en voz baja: «¡Dios me asista!», se subió encima, y se dispuso muy bien; y siempre temblando cruzó los brazos en forma cortés como le habían dicho. Entonces Buffalmacco comenzó a enderezarse despacio hacia Santa María de la Scala, y yendo a cuatro patas lo llevó hasta las señoras de Rípoli[333]. Estaban entonces por aquel barrio los fosos donde los labradores de aquellos campos hacían echar a la condesa de Civillari para abonar sus campos; a los cuales, cuando Buffalmacco se acercó, acercándose a la boca de uno y buscando el momento oportuno, poniendo una mano bajo uno de los pies del médico y con ella levantándolo en vilo, de un empujón lo tiró de cabeza allí y comenzó a gruñir mucho y a saltar y a parecer endemoniado, y por Santa María de la Scala se fue hacia el prado de Ognisanti, donde se encontró con Bruno que, por no poder contener la risa, se había escapado; y haciéndose fiestas el uno al otro, se pusieron a mirar desde lejos lo que hacía el médico rebozado. El señor médico, al sentirse en aquel lugar tan abominable, se esforzó en levantarse y en intentar salir, y ora aquí, ora allí volviendo a caer, todo rebozado de pies a cabeza, doloroso y desdichado, habiéndose tragado algunos gramos, pudo salir fuera, y dejó allí el capuchón; y desempastándose con las manos como mejor podía, no sabiendo qué otra cosa hacer, se volvió a su casa y tanto llamó que le abrieron. Y no acababa de entrar así de hediondo cerrándose la puerta de nuevo, cuando Bruno y Buffalmacco estaban allí para oír cómo era acogido el maestro por su mujer; y estando escuchando oyeron a la mujer decirle los mayores insultos que nunca se han dicho a un desgraciado, diciendo:

—¡Ah, qué bien te está! Te has ido con cualquiera otra y querías aparecer muy honorable con la toga escarlata. ¿Pues no te bastaba yo? Hermano, yo sería suficiente a un barrio entero, no ya a ti. ¡Ah, si como te tiraron allí donde eras digno de que te tirasen, te hubieran ahogado! ¡Aquí está el médico honrado, tiene mujer y anda por la noche tras las mujeres ajenas!

Y con estas y con otras muchas palabras, haciéndose el médico lavar todo entero, hasta la medianoche no calló su mujer de atormentarlo. Después, a la mañana siguiente, Bruno y Buffalmacco, habiéndose pintado todo el cuerpo bajo las ropas de cardenales como los que suelen hacer los golpes, vinieron a casa del médico y lo encontraron ya levantado; y, entrando a verle, sintieron que todas las cosas hedían, que todavía no se había podido limpiar todo de manera que no hediese. Y oyéndolos venir el médico, salió a su encuentro diciéndoles que Dios les diese buenos días; al cual Bruno y Buffalmacco, como habían acordado, respondieron con airado gesto:

—Esto no os lo decimos nosotros, sino que rogamos a Dios que os dé tan mala ventura que seáis muerto a espada, como el mayor desleal y el mayor traidor vivo, porque por vos no ha quedado (queriendo nosotros honraros y daros gusto) que no hayamos sido muertos como perros. Y por vuestra deslealtad nos han dado tantos golpes esta noche que con menos andaría un burro hasta Roma; sin contar con que hemos estado en peligro de ser echados de la compañía en la que habíamos arreglado que os recibiesen. Y si no nos creéis, mirad nuestras carnes cómo están.

Y a una luz macilenta que allí había abriéndose las ropas, le mostraron los pechos todos pintados y se los taparon sin tardanza. El médico quería excusarse y hablar de sus desgracias y de cómo y dónde lo habían arrojado; al cual Buffalmacco dijo:

—Yo querría que os hubiesen tirado al Arno desde el puente; ¿por qué invocasteis a Dios o los santos?, ¿no os lo habíamos dicho antes?

Dijo el médico que a fe no se acordaba.

—¡Cómo! —dijo Buffalmacco—, ¿no os acordáis? Bien los invocabais, que nos dijo nuestro mensajero que temblabais como una vara y que no sabíais dónde estabais. Pues vos bien nos la habéis jugado, pero jamás nos la jugará nadie; y a vos os daremos vuestro merecido.

El médico comenzó a pedirles por Dios que no lo difamaran, y con las mejores palabras que pudo se ingenió en calmarlos; y por miedo de que su vergüenza descubriesen si hasta entonces los había honrado, mucho más los honró y regaló con convites y otras cosas de allí en adelante. Así pues, como habéis oído, se enseña a quien tanto no aprendió en Bolonia.

Novela décima

Una siciliana quita arteramente a un mercader lo que éste ha llevado a Palermo, el cual, fingiendo haber vuelto con mucha más mercancía que la primera vez, tomando de ella dineros prestados, le deja agua y borra[334].

Cuánto hizo reír a las señoras la historia de la reina en distintas ocasiones, no hay que preguntarlo: no había ninguna allí a quien la incontenible risa no le hubiese hecho venir a los ojos las lágrimas doce veces. Pero luego que ella terminó, Dioneo, que sabía que a él le tocaba el turno, dijo:

Graciosas señoras, manifiesta cosa es que tanto más gustan las artimañas cuanto a artífice más apurado artificiosamente burlan. Y por ello, aunque hermosísimas cosas todas hayáis contado, entiendo yo contaros una que tanto más que algunas de las contadas deba agradar cuanto que quien en ella fue burlada era mayor maestra en burlar a otros que fue ninguno de aquellos o de aquellas de quienes habéis contado que fueron burlados.

Solía haber (y tal vez todavía la hay hoy) en todas las ciudades marinas que tienen puerto, la costumbre de que todos los mercaderes que llegan a ellas con sus mercancías, al descargarlas, todas las llevan a un almacén al que en muchos lugares llaman aduana, que es del ayuntamiento o del señor de la ciudad; y allí, dando a aquellos que están a su cargo, por escrito, toda la mercancía y el precio de ésta, es dado por los dichos al mercader una bodega en la cual pone su mercancía y la cierra con llave; y los dichos aduaneros luego escriben en el libro de la aduana a cuenta del mercader toda su mercancía, haciéndose luego pagar sus derechos por el mercader o de toda o de parte de la mercancía que éste saque de la aduana. Y por este libro de la aduana muchas veces se informan los corredores de la calidad y la cantidad de las mercancías que hay allí, y también están allí los mercaderes que las tienen, con quienes después ellos, según les viene a mano, hablan de los cambios, los trueques, y de las ventas y de otros asuntos. La cual costumbre, como en muchos otros lugares, la había en Palermo de Sicilia; donde también había, y todavía hay, muchas mujeres de hermosísimo cuerpo pero enemigas de la honestidad, las cuales, por quienes no las conocen serían y son tenidas por grandes y honestísimas damas. Y estando dedicadas por completo no a rasurar sino a desollar a los hombres, en cuánto ven a un mercader forastero allí, en el libro de la aduana se informan de lo que tiene y de cuanto puede ganar, y luego con sus placenteros y amorosos actos y con palabras dulcísimas se ingenian en seducir y en atraer su amor; y ya a muchos han atraído a quienes buena parte de sus mercancías han quitado de las manos, y a bastantes toda ella; y de ellos ha habido quienes no sólo la mercancía, sino también el navío y las carnes y los huesos les han dejado, tan suavemente la barbera ha sabido pasarles la navaja. Ahora bien, no hace mucho tiempo sucedió que aquí, mandado por sus maestros, llegó uno de nuestros jóvenes florentinos llamado Niccolo de Cignano, aunque Salabaetto fuese llamado, con tantas piezas de paño de lana que le habían entregado en la feria de Salerno que podían valer unos quinientos florines de oro; y entregando la tasa de ellos a los aduaneros, los metió en una bodega, y sin mostrar mucha prisa en despacharlos, comenzó a irse algunas veces de diversión por la ciudad. Y siendo él blanco y rubio y muy apuesto, y de muy gentil talle, sucedió que una de estas mujeres barberas, que se hacía llamar madama Iancofiore, habiendo algo oído de sus asuntos, le puso los ojos encima; de lo que apercibiéndose él, estimando que ella era una gran señora, pensó que por su hermosura le agradaba, y pensó en llevar muy cautamente este amor; y sin decir cosa alguna a nadie, comenzó a pasear por delante de la casa de aquélla. La cual, apercibiéndose, luego de que un tanto le hubo bien inflamado con sus miradas, mostrando que se consumía por él, secretamente le mandó una mujer de su servicio que óptimamente conocía el arte de la picardía, la cual, casi con las lágrimas en los ojos, luego de muchas historias, le dijo que con su hermosura y su amabilidad había conquistado a su señora de tal manera que no encontraba reposo ni de día ni de noche; y por ello, cuando le pluguiese, deseaba más que otra cosa poder encontrarse con él secretamente en un baño; y después de esto, sacando un anillo de la bolsa, de parte de su señora se lo dio. Salabaetto, al oír esto fue el hombre más alegre que nunca hubo; y cogiendo el anillo y frotándose con él los ojos y luego besándolo, se lo puso en el dedo y repuso a la buena mujer que, si madama Iancofiore le amaba, que estaba bien retribuida porque él la amaba más que a su vida propia, y que estaba dispuesto a ir donde a ella le fuese grato y a cualquier hora. Vuelta, pues, la mensajera a su señora con esta respuesta, a Salabaetto le dijeron enseguida en qué baño al día siguiente, después de vísperas, debía esperarla; el cual, sin decir nada a nadie, prontamente a la hora ordenada allí se fue, y encontró que la sala de baños había sido alquilada por la señora. Y casi acababa de entrar en ella cuando aparecieron dos esclavas cargadas de cosas: la una llevaba sobre la cabeza un grande y hermoso colchón de guata y la otra un grandísimo cesto lleno de cosas; y extendiendo este colchón sobre un catre en una alcoba de la sala, pusieron encima un par de sábanas sutilísimas listadas de seda y luego un cobertor de blanquísimo cendal de Chipre con dos almohadones bordados a maravilla; y después de esto, desnudándose y entrando en el baño, lo lavaron y barrieron óptimamente. Y poco después la señora, seguida por otras dos esclavas, vino al baño; donde ella, en cuanto pudo, hizo grandes fiestas a Salabaetto, y luego de los mayores suspiros del mundo, después de que mucho lo hubo abrazado y besado, le dijo:

—No sé quién hubiera podido traerme a esto más que tú; que me has puesto fuego al arma, chiquillo toscano.

Después de esto, cuando ella quiso, los dos desnudos entraron en el baño, y con ellos dos de las esclavas. Allí, sin dejar que nadie más le pusiera la mano encima, ella misma con jabón almizclado y con uno perfumado con clavo, maravillosamente y bien lavó por completo a Salabaetto, y luego se hizo lavar y refregar por sus esclavas. Y hecho esto, trajeron las esclavas dos sábanas blanquísimas y sutiles de las que salía tan grande olor a rosas que todo lo que había parecía rosas; y una le envolvió en una a Salabaetto y la otra en la otra a la señora, y cogiéndolos en brazos a los dos llevaron a la cama preparada. Y allí, luego que hubieron dejado de sudar, quitándoles las esclavas aquellas sábanas, se quedaron desnudos sobre las otras. Y sacando del cesto pomos de plata bellísimos y llenos cuál de agua de rosas, cuál de agua de azahar, cuál de agua de flor de jazmines y cuál de aguanafa, todas aquellas aguas derramaron; y luego, sacando cajas de dulces y preciadísimos vinos, un tanto se confortaron. A Salabaetto le parecía estar en el paraíso; y mil veces había mirado a aquélla, que con certeza era hermosísima, y cien años le parecía cada hora para que las esclavas se fuesen y poder encontrarse en sus brazos. Las cuales, después de que, por mandato de la señora, dejando una antorcha encendida en la alcoba, se fueron de allí, ésta abrazó a Salabaetto y él a ella; y con grandísimo placer de Salabaetto, a quien parecía que se derretía por él, estuvieron una larga hora. Pero después de que a la señora le pareció tiempo de levantarse, haciendo venir las esclavas, se vistieron, y de nuevo bebiendo y comiendo dulces se reconfortaron un poco, y habiéndose lavado el rostro y las manos con aquellas aguas odoríferas, y queriendo irse, dijo la señora a Salabaetto:

—Si te agradase, me parecería un favor grandísimo que esta noche vinieras a cenar conmigo y a dormir.

Salabaetto, que ya de la hermosura y de las amables artimañas de ella estaba preso, creyendo firmemente que era para ella como el corazón del cuerpo amado, repuso:

—Señora, todo vuestro gusto me es sumamente grato, y por ello tanto esta noche como siempre entiendo hacer lo que os plazca y lo que por vos me sea ordenado.

Volviéndose, pues, la señora a casa, y haciendo bien adornar su alcoba con sus ropas y sus enseres, y haciendo preparar de cenar espléndidamente, esperó a Salabaetto; el cual, cuando se hizo algo oscuro, allá se fue, y alegremente recibido, con gran fiesta y bien servido cenó con la señora. Después, entrando en la alcoba, sintió allí un maravilloso olor de madera de áloe y vio la cama adornadísima con pajarillos de Chipre, y muchas buenas ropas colgando de las vigas; las cuales cosas, todas juntas y cada una por sí sola le hicieron pensar que debía ser aquélla una grande y rica señora; y por mucho que hubiese oído hablar sobre su vida y sus costumbres, no quería creerlo por nada del mundo, y si llegaba a creer algo en que a alguno hubiese burlado, por nada del mundo podía creer que esto pudiese pasarle a él. Con grandísimo placer se acostó aquella noche con ella, inflamándose más cada vez. Venida la mañana, le ciñó ella un hermoso y elegante cinturón de plata con una bella bolsa, y le dijo así:

—Dulce Salabaetto mío, me encomiendo a ti; y así como mi persona está a tu disposición, así está todo lo que hay, y lo que yo puedo, a lo que gustes mandar.

Salabaetto, contento, besándola y abrazándola, salió de su casa y fue a donde acostumbraban estar los demás mercaderes. Y yendo una vez y otra con ella sin que le costase nada, y enviscándose cada día más, sucedió que vendió sus paños al contante y con buenas ganancias; lo que la buena mujer no por él, sino por otros supo incontinenti. Y habiendo ido Salabaetto a su casa una tarde, comenzó ella a bromear y a retozar con él, y a besarlo y a abrazarlo, mostrándose tan inflamada de amor que parecía que iba a morírsele en los brazos; y quería darle dos bellísimas copas de plata que tenía, las cuales Salabaetto no quería coger, como quien entre unas veces y otras bien había recibido de ella lo que valdría sus treinta florines de oro sin haber podido hacer que ella recibiera de él nada que llegase a valer un grueso. Al final, habiéndole bien inflamado con el mostrarse inflamada y desprendida, una de sus esclavas, tal como ella lo había preparado, la llamó; por lo que ella, saliendo de la alcoba y estando fuera un poco, volvió dentro llorando, y echándose sobre la cama boca abajo, comenzó a lanzar los mas dolorosos lamentos que jamás lanzase mujer alguna. Salabaetto maravillándose, la cogió en brazos y comenzó a llorar con ella y a decirle:

—¡Ah!, corazón de mi cuerpo, ¿qué tenéis tan de repente?, ¿cuál es la razón de este dolor? ¡Ah, decídmelo, alma mía!

Luego de que la mujer se hubo hecho rogar bastante, dijo:

—¡Ay, dulce señor mío! No sé qué hacer ni qué decir. Acabo de recibir cartas de Mesina, y me escribe mi hermano que, aunque debiese vender y empeñar todo lo que tengo, que sin falta le mande antes de ocho días mil florines de oro y que si no le cortarán la cabeza; y yo no sé qué puedo hacer para poder tenerlos tan rápidamente; que, si tuviese al menos quince días de tiempo, encontraría el modo de proveerme de ellos de un lugar donde debo tener muchos más, o vendería algunas de nuestras posesiones; pero no pudiendo, querría estar muerta antes de que me llegase aquella mala noticia.

Y dicho esto, mostrándose grandemente atribulada, no dejaba de llorar. Salabaetto, a quien las amorosas llamas habían quitado gran parte del debido conocimiento, creyendo aquellas lágrimas veracísimas y las palabras de amor más verdaderas, dijo:

—Señora, yo no podré ofreceros mil, pero sí quinientos florines de oro, si creéis podérmelos devolver de aquí a quince días; y vuestra ventura es que precisamente ayer vendí mis paños: que, si no fuese así, no podría prestaros ni un grueso.

—¡Ay! —dijo la mujer—, ¿así que has sufrido incomodidad de dinero? ¿Por qué no me lo pedías? Porque si no tenía mil sí tenía ciento y hasta doscientos para darte; me has quitado el valor para aceptar el servicio que me ofreces.

Salabaetto, mucho más que apresado por estas palabras, dijo:

—Señora, por eso no quiero que lo dejéis; que si tanto los hubiese necesitado como los necesitáis vos, bien os los habría pedido.

—¡Ay! —dijo la señora—, Salabaetto mío, bien sé que tu amor por mí es verdadero y perfecto cuando, sin esperar a que te lo pidiese, con tan gran cantidad de dinero espontáneamente me provees en tal necesidad. Y con certeza era yo toda tuya sin esto, y con esto lo seré mucho mayormente; y nunca dejaré de agradecerte la cabeza de mi hermano. Pero sabe Dios que de mala gana la tomo considerando que eres mercader y que los mercaderes necesitan el dinero para sus negocios; pero como me aprieta la necesidad y tengo firme esperanza de devolvértelo pronto, lo cogeré, y por lo que falta, si otro modo más rápido no encuentro, empeñaré todas estas cosas mías.

Y dicho esto, derramando lágrimas, sobre el rostro de Salabaetto se dejó caer. Salabaetto comenzó a consolarla; y pasando la noche con ella, para mostrarse bien magnánimamente su servidor, sin esperar a que se lo pidiese le llevó quinientos buenos florines de oro, los cuales ella, riendo con el corazón y llorando con los ojos tomó, contentándose Salabaetto con una simple promesa suya. En cuanto la mujer tuvo los dineros empezaron a mudar las indicciones; y cuando antes la visita a la mujer era libre todas las veces que a Salabaetto le agradaba, empezaron a aparecer razones por las cuales de siete veces le sucedía no poder entrar ni una, ni le ponían la cara ni le hacían las caricias ni las fiestas que antes. Y pasado en un mes y en dos el plazo (no ya llegado) en que sus dineros debían serle devueltos, al pedirlos le daban palabras en pago; por lo que, percatándose Salabaetto del engaño de la malvada mujer y de su poco juicio, y conociendo que de aquello nada que pudiese serle provechoso podía decir, como quien no tenía de ello escritura ni testimonio, y avergonzándose de lamentarse con nadie, tanto porque le habían prevenido antes como por las burlas que merecidamente por su brutalidad le vendrían de ello, sobremanera doliente, consigo mismo lloraba su necedad. Y habiendo recibido muchas cartas de sus maestros para que cambiase aquellos dineros y se los mandase, para que, por hacerlo no fuese descubierta su culpa, deliberó irse, y montándose en un barquito, no a Pisa como debía, sino a Nápoles se vino. Estaba allí en aquel tiempo nuestro compadre Pietro del Canigiano[335], tesorero de madama la emperatriz de Constantinopla, hombre de gran talento y sutil ingenio, grandísimo amigo de Salabaetto y de los suyos; con el cual, como persona discretísima, lamentándose Salabaetto luego de algunos días, le contó lo que había hecho y su desdichada aventura, y le pidió ayuda y consejo para poder allí ganarse la vida afirmando que nunca entendía volver a Florencia. Canigiano, entristecido por estas cosas, dijo:

—Mal has hecho, mal te has portado, mal has obedecido a tus maestros, demasiado dinero de un golpe has gastado en molicies; pero ¿qué? Está hecho, y hay que pensar en otra cosa.

Y como hombre avisado prestamente hubo pensado lo que había que hacer y se lo dijo a Salabaetto; al cual, gustándole el plan, se lanzó a la aventura de seguirlo. Y teniendo algún dinero y habiéndole prestado Canigiano un poco, mandó hacer varios embalajes bien atados y bien ligados, y comprar veinte toneles de aceite y llenarlos, y cargando con todo ello se volvió a Palermo; y entregando la relación de los embalajes a los aduaneros y semejantemente la de los toneles, y haciendo anotar todas las cosas a su cuenta, las metió en las bodegas, diciendo que hasta que otra mercancía que estaba esperando no llegase no quería tocar aquélla. Iancofiore, habiéndose enterado de esto y oyendo que valía bien dos mil florines de oro o más, aquello que al presente había traído, sin contar lo que esperaba, que valía más de tres mil, pareciéndole que había apuntado a poco, pensó en restituirle los quinientos para poder tener la mayor parte de los cinco mil; y mandó a buscarle. Salabaetto, ya con malicia, allí fue; al cual ella, fingiendo no saber nada de lo que había traído, hizo maravillosa acogida, y dijo:

—Aquí tienes, si te habías enojado conmigo porque no te devolví en el plazo preciso tu dinero…

Salabaetto se echó a reír y dijo:

—Señora, en verdad me desagradó un poco, como que me hubiese arrancado el corazón para dároslo si creyese que os habría complacido con ello; pero quiero que sepáis lo enojado que estoy con vos. Es tanto y tal el amor que os tengo que he hecho vender la mayor parte de mis posesiones, y ahora he traído aquí tanta mercancía que vale más de dos mil florines, y espero de Occidente tanta que valdrá más de tres mil, y quiero hacer en esta ciudad un almacén y quedarme aquí para estar siempre cerca de vos, pareciéndome que estoy mejor con vuestro amor que creo que nadie pueda estar con el suyo.

A quien la mujer dijo:

—Mira, Salabaetto, todo este arreglo tuyo me place mucho, como de quien amo más que a mi vida, y me place mucho que hayas vuelto con intención de quedarte porque espero pasar todavía muchos buenos ratos contigo; pero quiero excusarme un poco porque, en aquellos tiempos en que te fuiste algunas veces quisiste venir y no pudiste, y algunas viniste y no fuiste tan alegremente recibido como solías, y además de esto, de que en el plazo convenido no te devolví tu dinero. Debes saber que entonces estaba yo en grandísima aflicción; y quien está en tal estado, por mucho que ame a otro no le puede poner tan buena cara ni atender aun a él como quisiera; y además debes saber que es muy penoso a una mujer poder encontrar mil florines de oro, y todos los días le dicen mentiras y no se cumple lo que se ha prometido, y por esto necesitamos también nosotras mentir a los demás; y de ahí viene, y no de otro defecto, que yo no te devolviese tu dinero. Pero lo tuve poco después de tu partida y si hubiera sabido dónde mandártelo ten por cierto que te lo habría hecho mandar; pero como no lo supe, te lo he guardado.

Y haciéndose traer una bolsa donde estaban aquellos mismos que él le había dado, se la puso en la mano y dijo:

—Cuenta si son quinientos.

Salabaetto nunca se sintió tan contento, y contándolos y viendo que eran quinientos, y volviéndolos a guardar, dijo:

—Señora, sé que decís verdad, pero bastante habéis hecho; y os digo que por ello y por el amor que os tengo nunca solicitaríais de mí para cualquiera necesidad vuestra una cantidad que pudiese yo dar que no os la diera; y en cuanto me haya establecido podréis probarme en ello.

Y de esta guisa restablecido con ella el amor en palabras, comenzó de nuevo Salabaetto a frecuentarla galantemente, y ella a darle los mayores gustos y hacerle los mayores honores del mundo, y mostrarle el mayor amor. Pero Salabaetto, queriendo con su engaño castigar el engaño que ella le había hecho, habiéndole ella invitado un día para que fuese a cenar y a dormir con ella, fue tan melancólico y tan triste que parecía que quisiera morirse. Iancofiore, abrazándolo y besándolo, comenzó a preguntarle que por qué tenía aquella melancolía. Él, luego de que un buen rato se había hecho rogar, dijo:

—Estoy arruinado, porque el barco en que está la mercancía que yo esperaba ha sido apresado por los corsarios de Mónaco y para rescatarlo se necesitan diez mil florines de oro, de los cuales yo tengo que pagar mil; y no tengo un dinero porque los quinientos que me devolviste los mandé incontinenti a Nápoles para invertirlos en telas que traer aquí. Y si quisiera ahora vender la mercancía que tengo aquí, como no es la temporada apenas me darán un dinero por dos géneros; y todavía no soy aquí lo bastante conocido para que encuentre quien me preste, y por ello no sé qué decir ni qué hacer; y si no mando pronto los dineros me llevarán a Mónaco la mercancía y nunca más la recuperaré.

La mujer, muy contrariada por esto, como a quien le parecía perder todo, pensando qué podía ella hacer para que no fuese a Mónaco, dijo:

—Dios sabe lo que me duele por amor tuyo; ¿pero de qué sirve atribularse tanto? Si yo tuviese esos dineros sabe Dios que te los prestaría incontinenti, pero no los tengo; es verdad que hay una persona que hace tiempo me proveyó de quinientos que me faltaban, pero con fuerte usura, que no quiere menos de a razón de treinta por cien; si de esa tal persona los quisieras, necesitarías de garantía un buen empeño; y en cuanto a mí yo estoy dispuesta a empeñar todas estas ropas y mi persona por cuanto quieran prestarme, para poder servirte, pero el remanente, ¿cómo lo asegurarías?

Vio Salabaetto la razón que movía a ésta a hacerle tal servicio y se percató de que de ella debían ser los dineros prestados; lo que, placiéndole, primero se lo agradeció y luego dijo que ya por grueso interés no lo dejaría, pues le apretaba la necesidad; y luego dijo que lo aseguraría con la mercancía que tenía en la aduana, haciéndola escribir a nombre de quien el dinero le prestase, pero que quería conservar la llave de la bodega, tanto para poder mostrar su mercancía si se lo pedían como para que nada le pudiera ser tocado ni permutado ni cambiado. La mujer dijo que esto estaba bien dicho y era muy buena garantía; y por ello, al venir el día mandó a buscar a un corredor de quien se fiaba mucho y hablando con él sobre este asunto le dio mil florines de oro, los cuales el corredor prestó a Salabaetto, e hizo inscribir a su nombre lo que Salabaetto tenía dentro, y habiendo hecho sus escrituras y contraescrituras juntos, y quedando en concordia, se fueron a sus demás asuntos. Salabaetto, lo antes que pudo, subiendo a un barquito, con mil quinientos florines de oro se fue a ver a Pietro del Canigiano a Nápoles, y desde allí les mandó una fiel y completa cuenta a Florencia a sus maestros, los que le habían enviado con los paños; y pagando a Pietro y a cualquiera otro a quien debiese algo, muchos días con Canigiano lo pasó bien con el engaño hecho a la siciliana; después, de allí, no queriendo ya ser mercader, se vino a Ferrara. Iancofiore, no encontrando a Salabaetto en Palermo empezó a asombrarse y entró en sospechas; y luego de que le hubo esperado unos buenos dos meses, viendo que no venía, hizo que el corredor mandase desclavar las bodegas. Y primeramente examinando los toneles que se creía que estaban llenos de aceite, encontró que estaban llenos de agua del mar, habiendo en cada uno como un barril de aceite encima, junto a la boca; luego, desatando los embalajes, todos menos dos, que eran paños, llenos los encontró de borra; y en breve, entre todo lo que había no valía más de doscientos florines; por lo que Iancofiore, sintiéndose burlada, largamente lloró los quinientos florines devueltos y mucho más los mil prestados, diciendo muchas veces:

—Quien trata con toscano no puede ser cegato.

Y así, quedándose con la pérdida y las burlas, se encontró con que tan listos eran el uno como el otro.

Al terminar Dioneo su novela, Laureta, conociendo que había llegado el límite más allá del cual reinar no podía, alabados los consejos de Pietro Canigiano, que por sus efectos se habían visto ser buenos, y la sagacidad de Salabaetto, que no fue menor al ponerlo en obra, quitándose de la cabeza el laurel lo puso en la cabeza de Emilia, señorilmente diciendo:

—Señora, no sé cuán placentera reina tendremos en vos, pero la tendremos hermosa, haced, pues, que a vuestra hermosura respondan vuestras obras.

Y volvió a sentarse. Emilia, no tanto por haber sido hecha reina como por verse así alabar en público en aquello de que las mujeres suelen ser más deseosas, un poquillo se avergonzó y tal se volvió su rostro cual sobre la aurora son las nubecillas rosas; pero sin embargo, luego de que hubo tenido los ojos bajos un tanto y hubo pasado el sonrojo, habiendo con sus senescales organizado los asuntos pertinentes a la compañía, así comenzó a hablar:

—Deleitables señoras, asaz manifiestamente vemos que, luego de que los bueyes se han cansado durante parte del día, sujetos al yugo, son del yugo aliviados y desuncidos, y libremente donde más les agrada, se les deja por los bosques ir a pastar; y vemos también que no son menos hermosos, sino mucho más, los jardines con varias plantas frondosos que los bosques en los cuales solamente vemos encinas; por las cuales cosas estimo yo, considerando los días que bajo una firme ley hemos hablado, que, como a quien está necesitado de vagar algún tanto, y vagando recuperar las fuerzas para someterse de nuevo al yugo, no solamente sea útil, sino también oportuno. Y por ello, lo que mañana, siguiendo vuestro deleitoso razonar deba decirse, no entiendo limitaros bajo ninguna especificación, sino que quiero que cada uno según guste hable, firmemente creyendo que la variedad de las cosas que se cuenten no menos graciosa será que el haber hablado solamente de una; y habiendo hecho así, quien venga después de mí en el reinado, como a más fuertes podrá con mayor seguridad constreñirnos a las acostumbradas leyes.

Y dicho esto, hasta la hora de la cena concedió libertad a todos.

Todos alabaron a la reina por las cosas dichas, como a prudente; y poniéndose en pie, quién a un entretenimiento y quién a otro se entregó: las señoras a hacer guirnaldas y a solazarse, los jóvenes a jugar y a cantar; y así estuvieron hasta la hora de la cena, venida la cual, en torno a la hermosa fuente con regocijo y con placer cenaron, y después de cenar, del modo acostumbrado un buen rato se divirtieron cantando y bailando. Al final la reina, para seguir el estilo de sus predecesores, sin reparar en las que voluntariamente habían cantado muchos de ellos, ordenó a Pánfilo que cantase una; el cual, libremente comenzó así:

Tanto es, Amor, el bien

y el contento que estoy por ti sintiendo

que soy feliz en tus llamas ardiendo.

Mi corazón tal alegría rebosa,

tan de gozo está lleno

por lo que me has donado,

que esconderlo sería grave cosa

y en el rostro sereno

muestra mi alegre estado:

que estando enamorado

de un bien tan elevado y estupendo

leve se me hace estar en él ardiendo.

Yo no sé con mi canto demostrar

ni indicar con el dedo,

Amor, el bien que siento;

y aunque supiera debería callar

que, sin dejarlo quedo,

se volvería tormento:

pues estoy tan contento

que todo hablar iría palideciendo

antes de un poco irlo descubriendo.

¿Quién pensaría ya que estos mis brazos

podrían retornar

donde los he tenido,

y que mi rostro sin sufrir rechazos

volvería a acercar

a donde es bendecido?

Nunca hubiera creído

mi fortuna, aunque esté todo yo ardiendo

y mi placer y gozo esté escondiendo.

La canción de Pánfilo terminaba; la cual, por mucho que fuese por todos debidamente coreada, no hubo ninguno que, con más atenta solicitud que le correspondía, no tomase nota de sus palabras, esforzándose en adivinar aquello que él cantaba que le convenía tener escondido; y aunque varios anduviesen imaginando varias cosas, ninguno llegó por ello a la verdad del asunto. Y la reina, después que vio que la canción de Pánfilo había terminado y a las jóvenes señoras y los hombres deseosos de descansar, mandó que todos se fuesen a dormir.

TERMINA LA octava JORNADA

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